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Capítulo VI: La salvación

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Corrí hacia las puertas, escuchando poco más que mis pasos apresurados y el latir de mi corazón. Las lágrimas se agolpaban una tras otra, nublándome la vista casi por completo.

Las limpié fieramente con el dorso de mi chaqueta en más de una ocasión. Eso no podía estarme pasando a mí. Empujé todas y cada una con todas las fuerzas que poseía. Ya me había lastimado las piernas y el costado, y caminaba con dificultad.

-¿Qué hice para merecer esto? ¡Dime!

Gritaba, acusando a una figura de yeso que recibía mi odio con los brazos abiertos. Sentí el sufrimiento de todos y cada uno de los rostros en la iglesia. Me miraban impávidos, totalmente conscientes de mi pérdida de conciencia.

La cordura se me escapaba por los dedos, ahora con los nudillos deshechos de golpear el suelo, con tanta fuerza y desprecio que mis dientes parecían estallar. A la cabeza no me llegaba otro pensamiento que el canto de la muerte haciendo crescendo en mis oídos, llenándome de notas de una canción de ira los pulmones. Faltaba poco para sentirme totalmente desamparado.

Ahí escuché claramente el crepitar de la madera quemándose por primera vez. Lo escuché como un presagio de ausencia. Callado, paciente. Pero destructor.

Eso era una venganza bien planeada.

Mi cuerpo se estremecía en oleadas de culpabilidad y confusión, mientras la oscuridad cubría mi sombra de dolor.

Yo no hice nada, nunca he hecho nada malo.

-Diles que me dejen. Si existes, perdóname -me acerqué de rodillas al altar. La desesperación me invadía por completo- Te ruego por mi alma.

No podría estar más convencido de que mi cordura se había ido con la luz del atardecer. Rogaba por mi vida después de la muerte, pero sabía que quería seguir vivo. Quería entender, volver a ver la sonrisa de Miranda. Abrazar a Cillah.

Pero Lisa...

El único pensamiento esperanzador que había tenido en días acudió a mí como una brisa fresca, en medio del calor del incendio que comenzaba a expandirse. Siendo optimista y creyendo como venía haciéndolo desde que me encerraron adentro de la iglesia, tal vez la encontraría en el más allá. No podría comprenderlo en su totalidad, pero nos prometían una vida feliz.

Algo que trascendería el sufrimiento de la vida en la tierra. Una esperanza.

Pero yo nunca había sido bueno. Lo único bueno en mi vida se había ido.

Lloré de nuevo. Sin desesperación. Un profundo sentimiento de resignación me embargó por completo. Caminé hacia donde estaba mi violín, mientras el humo comenzaba a llenar la estancia. La cúpula de la iglesia aun me protegía de las llamas, pero ¿cuánto más tardaría mi suerte?

Me equivocaba. No tenía nada desde el día en el que Lisa se había ido. Olvidaría a mi madre en pocos años. A mi padre en pocos días. El calor de sus ojos y el amor que sentí cuando estuve entre sus brazos se perdieron por completo de mi mente.

El dolor se había ido cuando conocí a Lisa, y ahora solo recordaba sus labios, el olor en su cabello. Y su silueta, roja como el fuego. En un vestido que ahora cobraba la forma de su cuerpo. Estaba completamente loco, porque ahí estaba mi esposa.

Mi mente estaba protegiéndome del sufrimiento, regalándome una visión celestial antes de morir.

-¿Lisa? -logré articular entre sollozos.

Ahí estaba, frente a mí. Me miró a los ojos con una sonrisa preciosa, cálida. El amor rebosaba en sus facciones. Recordé las noches que lloré entre sus brazos como un niño mientras me cantaba al oído.

Sobre el abismoDonde viven las historias. Descúbrelo ahora