Habían pasado unos días desde el incidente en el callejón. Scarlett había decidido no darle importancia e intentar olvidar todo lo ocurrido, aunque Larissa no parase de hacerle preguntas al respecto. La señora Pania parecía más huraña que de costumbre aquellos días y se dedicaba a pasear por la granja refunfuñando para el cuello de su vestido.

Era un jueves por la noche, con un cielo inusualmente oscuro, lleno de nubes que tapaban las estrellas y las dos lunas. Se veía un ligero resplandor rojo y azul por detrás de la capa de nubes que te indicaba que estaban ahí escondidas.

Scarlett cepillaba al caballo, amarrado afuera, mientras buscaba a la pareja de tímidas lunas.

—La señora Pania ha estado de un humor de perros estos días...

El caballo relinchó plácidamente.

—Quiero decir, siempre está de mal humor, pero más que de costumbre. Quizá hice algo que la molestó y no me di cuenta. ¿Tú que crees?—dijo mirando a los ojos negros del animal. Este la ignoró.—Tengo que quitarme la costumbre de hablar sola.

Le dio unas palmaditas en el lomo y guardó el cepillo y al caballo en su cuadra. Este protestó, no conforme con ser encerrado.

—Lo sé, lo sé, ¿vale? No seas así. Te tenemos aquí metido por tu propio bien. Si te marchases quizá no sabrías volver, o te harías daño. No sabes nada del mundo exterior...—dijo con voz triste—Eres como yo, fortachón...

Le dio una zanahoria de regalo y salió al exterior. Una ligera brisa otoñal le revolvió las trenzas pelirrojas. Scarlett cerró los ojos y respiró profundo. Los olores que tan bien conocía llegaron a su nariz: el establo con el fuerte olor de los animales, la huerta llena de vegetales y hortalizas, las flores silvestres que crecían en la hierba salvaje...

Pero extrañaba otros olores. Recordó el olor del pan recién hecho en la ciudad, los perfumes de las mujeres que pasaban por la calle, el licor de las tabernas, la esencia de los tulipanes en el mercado de flores...

Sonrió. Era un mundo tan lleno de cosas nuevas por descubrir. Los colores, las personas, los ruidos. Todo. Veía grupos de gente de su edad conversando en las plazas, riendo a carcajadas, chismorreando. Ella tenía a Larissa, pero a veces, aunque quería a su amiga, se sentía sola. ¿Era algo egoísta de su parte querer más amigos? ¿Querer reír y charlar siendo amparada por el calor de un grupo? Quizás. También recordaba niños con sus padres. Ella tenía a la señora Pania, pero no era lo mismo. Le estaría agradecida siempre por haberle dado comida y un techo bajo el cual vivir, mas no era una madre.

Abrió los ojos, enfadada consigo misma al saber a dónde la conducirían esos pensamientos.

Le ocurría de vez en cuando, de repente, a veces a punto de quedarse dormida o mientras trabajaba, pensaba en por qué la habían abandonado.

—No sirve de nada pensar en eso.—se dijo a sí misma, dándose palmadas en las mejillas—Si no me quisieron antes, tampoco lo harían ahora.

Un deslumbrante brillo le alumbró el rostro. Alzó la mirada y vio que las lunas comenzaban a salir de las nubes. Eran hermosas. No podría decidir cuál más, pues eran bellezas diferentes. Larissa a veces decía que la luna roja estaba maldita, que simbolizaba la sangre vertida en las guerras. Scarlett, al observarla con paciencia, no estaba de acuerdo con ella. Le agradaba ese astro. La ninfa solía hacer bromas al respecto, comparándolas.

—Roja cual sangre seca, como tu pelo.—decía.

Podía parecer una comparación bastante asquerosa, pero muy acertada. Scarlett sonrió de nuevo al recordarlo y se desató las trenzas, dejando caer mechones de larga cabellera pelirroja sobre sus hombros.

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