Capítulo #27: El confidente inesperado

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La última semana de vacaciones de verano consistió en pequeños ajustes en su alimentación, de modo que ganase los nutrientes necesarios para contrarrestar el efecto debilitante de toser demasiadas flores a la vez. El viernes, también, fue al café con Suga y Asahi para gastar sus cupones gratis en lo que nunca hubiesen comido de haber tenido que pagar. El sábado se reunió con Suga para hacer revisiones finales en sus tareas y el domingo lo pasó en familia, pues a su padre le tocaba salir el lunes de la ciudad por unos días por razones laborales.

Con las prácticas matutinas de vuelta, Daichi esperaba estar lo suficientemente saludable para aguantar el ejercicio; consideraría estar bien si la agitación lo hacía solo escupir flores sin quitarle fuerzas. Los primeros dos días fluyeron con normalidad y sin malestares, pero el miércoles fue otra historia. El aliento se le iba con solo algo de esfuerzo continuo; de vez en cuando le salía una tos débil, incapaz de expulsar el contenido intruso de sus pulmones. Se vio forzado a tomar unos cuantos descansos para recuperar la respiración, ya que la deficiencia de oxígeno lo mareaba. Quizás, esas pausas fueron las que lo ayudaron a resistir hasta terminada la práctica.

Al haber notado su estado, Suga fue precavido y echó a todos del gimnasio tan pronto como fue posible, diciendo que esa mañana serían los mayores quienes se encargarían de la limpieza —cuando la verdad era que solo él y Asahi lo harían, porque Daichi se había dirigido hacia los bebederos—. Agradecía su colaboración, aunque le habría gustado que sus órdenes hubiesen sido un poco más específicas. «Los mayores» no solo se limitaba a los tres jugadores de tercero, sino que la mánager también iba incluida en el combo. Descuidar ese detalle le costó una inhalación aguda al oír una pregunta a sus espaldas:

—Sawamura, ¿de dónde salieron esos crisantemos?

Suspiró justo después. Ni siquiera había estabilizado su respiración y ya alguien la alteraba de nuevo. No estaba tan mal; fueron solo dos crisantemos rojos, flor que conocía de hacía unos meses y que casi siempre le daba algo de dificultad toser por sus numerosos pétalos; solo que recién acababa de liberarlos y no le había dado tiempo de normalizarse.

Resignado, Daichi giró sobre sus talones para darle la cara a Kiyoko, uno de los crisantemos en su mano izquierda. Antes de que lograra articular palabra, ella agregó:

—¿Eras el que tosía?

—Sí, era yo.

—¿Es hanahaki? —Su rostro se mostraba tan apaciguado como siempre, como si su consulta hubiese tratado de lo que planeaba reforzar en la práctica de la tarde.

—Sí. —Viéndola bien, le pareció identificar discreción en su postura.

—¿Puedo preguntar cuánto tiempo...? —habló en voz baja.

—Sí, sí. Cerca de cuatro meses. —Kiyoko abrió un poco más los ojos—. Sigo bien, solo tengo algunas molestias muy de vez en cuando.

—¿Por eso es que desmejoró tu resistencia? —Inclinó muy ligeramente la cabeza.

—Ah, ¿se nota mucho? —Sintió una punzada directa a su orgullo—. Se supone que podía durar de seis a diez meses, así que espero aún estar bien para las eliminatorias en octubre.

—Estarías rozando los seis meses en ese momento.

—Lo sé, eso me preocupa, pero no me detendré por eso. Seguiré jugando hasta que mis pulmones no aguanten más.

—Sé cuidadoso, Sawamura.

—Lo soy —le aseguró con una tenue sonrisa.

—Parece que no quieres que esto se sepa mucho, así que no le diré a nadie sobre esto.

Cuando las flores hablen por él¡Lee esta historia GRATIS!