Capítulo 40

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Volvimos otra vez a nuestra cueva de siempre, una penumbra calurosa y maloliente que irónicamente era nuestro mayor refugio, transmitía más luz que las salas donde teníamos que afrontar la realidad a la que nos habían sometido, aunque físicamente era imposible, claro.

El colchón viejo y gastado siempre le había pertenecido a Lucía, habíamos llegado todas a ese acuerdo, pero esta vez coincidimos todas en que le tocaba usarlo a Valeria, lo necesitaba mil veces más.

Depositamos con mucho cuidado su cuerpo y ella se dejó caer derrotada. Las demás nos colocamos cerca de ella, preparadas ante cualquier sonido o presencia que nos hiciera ponernos alerta y marchar por fin del lugar. Solo nosotras tres sabíamos lo que iba a suceder y nos sentíamos muy culpables por ello. Los rostros de las demás integrantes de la habitación mostraban muchos sentimientos y emociones, pero ninguno positivo, habían perdido cualquier esperanza de salir de aquí.

Curiosamente, durante el tiempo que llevaba aquí me sentía cómoda cuando oía hablar a las chicas, cuando conversábamos sobre cualquier aspecto de nuestra vida cotidiana. Sin embargo, ahora necesitaba que hubiera un silencio sepulcral, quería oír todo lo que sucediera al otro lado de la puerta y saber cuándo vendrían a buscarnos.

Mi cuerpo se tensó cuando empecé a escuchar el sonido de unas pisadas de forma acelerada, como si corrieran. Todas empezaron a chillar asustadas cuando ese sonido fue remplazado por el de unas pistolas disparando, parecía una escena de terror.

Escuché el sonido de un portazo de forma lejana, quizá habían entrado más agentes al lugar, seguramente tres policías dentro del lugar no eran suficientes. Mi corazón se aceleró cuando unos pasos empezaron a sonar cada vez más cerca de donde nos encontrábamos, el eco resonaba por el pasillo y se colaba por la rendija de debajo de nuestra puerta.

Cuando abrieron, cuatro siluetas nos contemplaron, seguramente con sorpresa al ver como diez chicas se encontraban juntas, prácticamente pegadas, con cara de susto.

—Somos de la policía, hemos venido a salvaros. Venid con nosotros de forma calmada, nosotros os escoltaremos.

Las chicas empezaron a levantarse como pudieron, confusas al no entender nada. Decidieron dividirnos en grupos de dos y de tres para agilizar la caminata y poder dispersarse por los pasillos sabiendo que podrán protegernos.

Miré a Valeria preocupada, aún se encontraba tirada en el colchón seguramente sin percatarse de lo que estaba sucediendo a su alrededor. Giré la cabeza mirando hacia Lucas, era uno de los policías que nos iba a guiar hasta la salida. Al comprender lo que quería decirle me hizo una seña, entrando en el lugar. Noté como se tapaba la nariz inconscientemente al llegar el fétido olor hasta sus fosas nasales, pero en seguida la destapó y cogió a Lucía con cautela en brazos, como si fuera un saco de patatas.

—Ven conmigo, y la pequeña también.

Miré a Lucía, tenía miedo de que también necesitara ayuda para llegar hasta el final, aunque trataba de disimularlo sabía lo débil que se encontraba y me daba mucho miedo que se desmayara por el camino, pero ella me negó la cabeza y se fue con otro de los policías por su cuenta.

—Poneos a mi espalda y seguid mis pasos, todo saldrá bien.

Ana y yo asentimos, la cogí de la mano y avanzamos detrás de Lucas, el cual iba apuntando como podía con la pistola mientras sujetaba a Valeria.

Cada paso era una agonía, se escuchaban ruidos por todos lados sin asegurar de que todo estuviera saliendo como era debido. Cuando estábamos girando a la derecha, Lucas se detuvo en seco, había alguien enfrente de nosotros.

—¿Dónde te crees que vas, bella?

Mi cuerpo se tensó al escuchar esa voz y más aún cuando la orden de Lucas llegó en forma de susurro a nuestros oídos.

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