La decisión final

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Tú estás sentada en la estación del Bahnhoffstrasee, esperando el tren que llega de Viena en quince minutos. Lo esperas con impaciencia. Llevas un abrigo rojo grueso y unas panties de invierno bajo el pantalón de jean. Una ola de frío de Moscú llegó a Zurich a penas unos horas atrás. Te cubres la cabeza con un gorro de lana y te pones unos guantes también de la lana tejidos a mano en Perú. Miras a tu alrededor y ves llegar más gente a la estación para recibir a los pasajeros del tren que recorre el maravilloso paso entre los Alpes austriacos y los suizos. No deseas otra taza de café y comienzas a pensar en la persona que te gustaría llegue en ese tren.
Leíste cartas suyas durante los últimos dos años. Al comienzo llegaba una cada semana, para luego extenderse la espera de sus noticias a un mes y luego a ninguna carta en los últimos seis meses. Como la ola de Moscú que pone bajo veinte grados el ambiente, sus últimas palabras congelaron su relación hasta la muerte. Las primeras cartas cargadas de pasión antecedieron a otras empañadas de nostalgia, hasta transformar sus líneas en triviales descripciones de sus quehaceres diarios , no mostraban ningún interés por ti, aquel egocentrismo que manifestaba una seguridad de plomo que alguna vez te cautivó, mostró la cara de la despreocupación y, así como si nada, no escribió más. Los planes de verse en el verano no se realizaron, un viaje en primavera tampoco y la visita tuya a su casa en Viena se canceló.
Los árboles en otoño tenían más vida que sus palabras, opacas y sin ningún brillo de compasión. Supiste que el amor incondicional que te juró estaba más frío que los muros de la estación.
Miras el reloj cansada de intentar comprender que fue lo qué pasó. Faltan 10 minutos para que llegue el tren. Te dijo antes que estaría en él y que llegaría a tu encuentro, que te buscaría entre la gente y que al verte sabría que su sacrificio no habría sido en vano. Entonces se dibuja en tu rostro una mueca de incredulidad y descansas tu cabeza en tus brazos cruzados, te doblas hasta sentir el frío del pantalón en tus labios. Escuchas los pasos de más personas al llegar y sus conversaciones sobre el terrible frío que hace. A ti te gusta el invierno porque disfrutas de ver los deportes de la temporada en la televisión. Haces apuestas sobre quien ganará o quién romperá un nuevo récord. Apuestas el almuerzo o la lectura de una nueva novela, contigo misma. Ahora, recuerdas aquel verano en Lugano cuando todo parecía posible, creías que no había obstáculo que no pudieras vencer junto a él. Cuando el amor muere junto a ti, puedes ver que lo ha debilitado, como los síntomas de una enfermedad, se van mostrando a medida que debilitan el cuerpo, entonces algo se puede hacer, pero cuando el amor muere lejos, te preguntas, qué es lo que se puede hacer. Estás ahí sentada pensado si estará en ese tren, y vives un encuentro imaginario durante largos minutos, hasta que anuncian la llegada del tren por los parlantes de la estación. Ves acercase el tren, te pones de pie y esperas. A tres metros de ti, decides sin pensarlo demasiado saltar a las rieles, no puede resultar mejor que como te lo has imaginado. No volverías a ver otro paisaje como el de Lugano.

Sobreviviendo a tiDonde viven las historias. Descúbrelo ahora