Capítulo 34

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Aviso: Es una escena fuerte y bastante sensible, sé que es un capítulo breve pero no podía ser de otra manera porque me estaba costando muchísimo escribirlo, me dolía. Como recompensa os dejo el capítulo siguiente después de comer :) en nada, una hora o así <3 Espero que os guste y quedáis advertidos de la dureza.

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—¿Qué vas a hacernos, Pietro?

—A Ana nada. Ya veo que no habéis entendido nada de lo que os dijo Marco, me pidió que os lo tradujera: Ana irá contigo, así aprenderá lo que debe hacer más tarde.

—¡Es una niña, Pietro! —exclamé horrorizada—. No podéis hacerle eso.

—A mí no me digas nada —contestó encogiéndose de hombros—. El jefe es Marco y él será el que se forrará a su costa. Ahora ponte esto en la habitación donde os llevaré, enfrente os espera tu cliente. —Que disfrutéis  —añadió con tono burlón.

Vi como Ana se arropaba a sí misma tapándose su cuerpo, con gran vergüenza, no hacía falta decirle las cosas claras para entender lo que estaba sucediendo, lo que iba a tener que vivir.

Cuando llegamos al sitio donde al parecer que tendría que ponerme la ropa interior que me había regalado Zenat abracé a Ana, intentando tranquilizarla.

—Alma...yo no quiero...que te pase nada...yyo...no quiero ver...eso —dijo con dificultad, tratando de no llorar.

—Estaré bien, ambas lo estaremos —contesté mirándola fijamente a los ojos mientras le acomodaba un mechón de su cabello—. Miraré a ver si podemos salir de aquí y, en el caso de no poder, tú solo gírate y no mires nada, cierra los ojos con fuerza y piensa en Mauro, en estar lejos de aquí.

Ana asintió con la cabeza, sin fuerza para responder con palabras. Avancé hasta la puerta por donde habíamos entrado y giré el pomo sin éxito, Pietro había cerrado con llave. «Joder» pensé para mis adentros mientras le daba un puñetazo a la puerta «esto es un infierno»

Volví hasta donde se encontraba Ana, oculta detrás de la pared. Barajé la posibilidad de quedarnos ahí metidas pero pondría la mano en el fuego y no me quemaría de que la puerta que me llevaba hasta el cliente se podía abrir y nos podría sacar de ahí a la fuerza, no era muy buena idea. Llena de miedo, decidí ponerme aquello que Pietro me había dado y abrir la puerta para aguardar aquello que me deparase tras ella.

—Quédate aquí —Le susurré a Ana—. No dejaré que te pase nada.

Suspiré por última vez antes de decidirme y giré el pomo, cerrando tras de mí para ahorrar a Ana cualquier visión posible.

Me detuve, completamente cohibida, e inspeccioné el lugar y al cliente que me esperaba impaciente en la sala. Era un espacio pequeño, un cubículo de color rojo fantasía con una amplia cama con sábanas de satén rodeada por unas translúcidas cortinas de color rojo también, a juego.

El hombre era un señor mayor, seguramente tenía más de sesenta años. Su cara arrugada se mostraba tensa y deseosa, no paraba de recorrerme el cuerpo con la mirada. Miré hacia el suelo para contener una arcada al ver su cuerpo desnudo, me negaba a aceptar lo que tendría que hacer, era demasiado para mí.

—¿Dónde está la otra? —preguntó enfadado.

—¿Qué? —su pregunta me hizo levantar la cabeza, alarmada por lo que podría hacerle a Ana.

—La pequeña zorra que han puesto tan cara que me ha sido imposible de pagar, quiero verla — ordenó.

—Pero... —musité.

—Nada de pero, soy tu señor ahora y exijo tener aquello por lo que he pagado, ver a esa chica y tenerla aquí mirándonos —se relamió—. Me pone que haya alguien mirando y más si es pequeña.

Mi cuerpo se contrajo al escuchar semejantes palabras, ese hombre era un pederasta, alguien que disfrutaba haciéndolo o involucrando a niños de por medio. Intenté contener una arcada como pude, tratando de estrujar mi cerebro pensando cómo salvar a Ana de presenciar semejantes escenas, no se lo deseaba a nadie.

El hombre al verme vacilar se impacientó más, su cara empezó a ponerse roja de frustración y sus palabras hirientes resonaron por toda la sala.

—¡Trae a la pequeña zorra ya! O la traeré yo a la fuerza y será mucho peor, te lo aseguro.

Sin pensármelo dos veces me apresuré para llegar hasta la puerta donde Ana estaba escondida y la avisé de que saliera, dándole la mano en señal de fuerza.

Cuando regresamos hasta donde se encontraba el hombre, Ana miró hacia el suelo, igual que había hecho yo. Aceptaría soportar cualquier cosa, cualquier tipo de tortura, con tal de que dejara en paz a Ana y no tuviera que ver nada.

Miré con descaro al hombre, odiando como su mirada se iluminaba analizando el cuerpo de Ana y cómo su parte íntima se endurecía por imaginarse a saber qué cosas, contuve otra arcada.

—Déjala irse, por favor. Haré lo que sea —imploré.

—Señor y de rodillas.

—¿Qué?

—Déjala irse señor, y ponte de rodillas mientras me lo dices de nuevo —ordenó.

Suspiré y lo repetí, esta vez de rodillas, por el bien de Ana. Haría lo que fuera por tratar de salvarla a ella, ya que salvarme a mí era completamente imposible.

—No soy de perdonar pero cederé por esta vez. Tendrás que hacer todo lo que te diga o de lo contrario te arrepentirás —miró hacia Ana—. Ambas lo haréis.

—Vete —dije mirándola y al ver que no se movía repetí con más voz—. ¡Vete ya!

Me di la vuelta para mentalizarme de lo que iba a suceder a continuación. Sentí los pasos de Ana moviéndose hacia la puerta y el sonido de ésta cerrándose, ya no había vuelta atrás, al menos ella estaba a salvo, por ahora.


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