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ACTION TALES:La Liga de Los Hombres Misteriosos#3

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Capítulo IX

- ¡Es asombroso!

   El hombre al que todos conocían simplemente como el Mago tenía toda su concentración puesta en su nueva adquisición, el increíble robot Gragg, fiel compañero de aventuras del Capitán Futuro que ahora no era más que una enorme pieza de metal inerte tumbada sobre una camilla quirúrgica especialmente reforzada para aguantar su peso.

   En poco tiempo El Mago había llegado a convertirse en una pieza clave de la investigación científica del Tercer Reich, los avances tecnológicos que había proporcionado a los nazis habían evitado las reticencias de la élite de Berlín hacia su persona. Nadie sabía quién era y así era tal y como él lo quería, por eso cubría su cuerpo siempre con una túnica roja con extraños grabados en hilo negro, guantes del mismo color y una máscara de cristal de espejo que cubría su cara por completo, ni un solo centímetro de su piel quedaba expuesto.

   Estaba entusiasmado con Gragg, el cual yacía tendido sobre una mesa de quirófano con cables conectados a prácticamente cada parte de su cuerpo. Las posibilidades que ofrecía eran prácticamente infinitas, ya no estaría limitado por la atrasada tecnología de los alemanes, gracias al hombre mecánico sus planes habían multiplicado por diez sus posibilidades de éxito. Había prometido a los nazis crear un ejército robot a partir de los diseños de Gragg, qué idiotas y limitados  eran. No veían cual era su verdadero potencial. Pero si querían su ejército, él iba a dárselo.

   El intercomunicador de su laboratorio zumbó y la interrupción le puso de muy mal humor, ahora no tenía tiempo para dedicar a tonterías, tenía mucho trabajo por realizar. El timbre volvió a sonar y pudo oírse la voz de unos de los técnicos de laboratorio.

- Perdone la interrupción pero Herr Nielsen quiere verle.

   Nielsen en particular era una de las molestias que más tiempo le quitaba, desde que le habían rescatado de la prisión y resultó herido por la flecha de aquel salvaje blanco al que llamaban Ki-Gor su estado de salud no paraba de empeorar, el veneno contenido en la flecha continuaba extendiéndose por su cuerpo y todos los intentos por detener los efectos habían resultado infructuosos. Con todos sus conocimientos, El Mago solo era capaz de retardar los efectos de la toxina pero no de eliminarlos. En el fondo le importaba bien poco si vivía o moría pero los que mandaban el dinero desde Berlín habían dejado muy claro que aquel hombre era vital para los planes del Tercer Reich y no era conveniente hacer enfadar a los que pagaban por aquellas magníficas instalaciones, así que haciendo de tripas corazón depositó cuidadosamente las herramientas con las que estaba examinando el complejo cerebro de Gragg en una bandeja metálica y se dirigió a cumplir con aquella molesta tarea.

   Nielsen esperaba, con su uniforme y su capucha puesta que últimamente apenas se quitaba para disimular los estragos que el veneno causaba en su cuerpo. Solo y sentado frente a la puerta en la semioscuridad de su habitación pensaba en lo bien que estaban saliendo las cosas, había escapado de la prisión e incluso había conseguido que los medios de comunicación que controlaba convenciesen a la opinión pública para que creyesen que había sido un atentado contra su persona. La versión oficial le daba por muerto en el incidente y se había presentado como un intento de los servicios secretos británicos y  de colaboradores nacionales que apoyaban entrar en la guerra en el bando de los aliados para acabar con la influencia de Nielsen y su organización. Otros medios de comunicación se hicieron eco de la noticia y la casi totalidad de la nación estaba indignada al haberse enterado de que el asesinato había sido llevado a cabo por varios agentes federales traidores y un espía inglés llamado Ki-Gor… Recordar aquel nombre le causó una punzada de dolor y desasosiego en su pecho. Cuando todo parecía marchar a las mil maravillas, con buena parte del Congreso pidiendo la declaración de Ley Marcial y todo preparado para que sus camisas marrones y los agentes del servicio secreto japonés se dispusieran a causar revueltas y sembrar el caos a lo largo y ancho de la geografía estadounidense, su salud le fallaba. Es verdad que el maldito Roosevelt se había negado a declarar la Ley Marcial por ahora, sabedor de que en tiempos tan agitados como aquellos renunciar al poder podría significar no volver a recuperarlo jamás, pero no iba a salirle gratis, ya se oían rumores de moción de censura contra el presidente por su incapacidad de mantener el orden en casa, de una manera u otra aquello beneficiaba a sus intereses.

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