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Uno, dos, tres...

Vuelta.

La tortilla se fríe en el sartén y expulsa un aroma tan exquisito que, una vez se adentra por mis orificios nasales, estimula a mis glándulas salivales hasta el punto en que aguan mi cavidad sublingual, hecho que conjuntamente causa que mi estómago exprese su hambre con gruñidos molestos. Sin embargo, y a pesar de las ganas que tengo de comer, me abstengo de darle una probada a las totillas que ya están preparadas, porque, aunque la gula de la que a veces soy esclava me ordena devorarlas, el júbilo con el que desperté esta mañana es más potente que mis deseos por saciar el hambre, así es que me obligo a no caer en la tentación —como no pude hacerlo la noche recién pasada—, después de todo, en un corto rato más comeré; antes debo que asegurarme de que el desayuno quede estéticamente bello y deliciosamente comestible.

Levantarse con el pie derecho no es algo que se dé a menudo, ni que se me conceda a mí, especialmente, a diario; mucho menos desde aquel ya lejano instante en que mi mundo sufrió un remesón catastrófico que terminó por derrumbar en un segundo una parte de lo que solía ser, y aun luego de haber pasado tanto tiempo obligándome a bregar para reconstruirme cautelosamente, tratado de que nadie se percatase de mi estado endeble y frágil; fui nuevamente azorada de la forma más dolorosa, justo cuando por fin había conseguido suplantar esa tan anhelada paz con aquellos afectos fidedignos que siempre me han rodeado. La verdad es que esta última noticia llegó a mí como una bola demoledora que se estrelló justo contra la fuerza que me quedaba, dejándome en nada más que nuevas ruinas dolientes, ahora asentadas sobre viejos escombros.

Pero Matheo, imprevisiblemente, llegó a tiempo junto con sus aires de héroe y se encargó de sostener esa poca parte de esperanza que amenazaba con desplomarse.

Amanecer con energías se debe, obviamente, a un suceso, uno que ha sido capaz de plantar en mi rostro una sonrisa genuina que, incluso, ha conllevado a que los músculos que tiran de las comisuras de mi boca se quejen por tanta risita. El buen ánimo que ha dibujado un arcoíris dedicado a mí en esta mañana es algo que me gustaría prolongar por lo valioso que es el poder gozar de tanto entusiasmo, pese a la realidad poco grata que insiste en perseguirme y que sé de antemano tendré que enfrentar en algún momento.

Sólo espero que no hoy.

Él, claramente, es el mayor responsable del estupendo estado anímico que cargo esta mañana, bueno, o al menos lo es el hecho de haber despertado con alguien a mi lado y no haber sido víctima de un desdichado abandono. Sin duda algo como aquello habría sido la gota que rebalsara mi vaso del infortunio, y me habría llevado a hacer quizás qué cosas que no tendría caso pensar ahora. Sí, he de admitir que me dormí mientras divagaba en un absurdo miedo como ese, pero el alivio me sucumbió en el colchón gratamente cuando lo primero que capturaron mis ojos en este día fue la fornida y vasta espalda desnuda de Matheo que no puedo esperar por volver a apreciar sin impedimentos.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora