ATANEA: XIX

1.9K 162 123

Capítulo 19: ¡¿Dónde estabas?!

A pesar de que Zeus tenía una temperatura corporal elevada, la cual percibía través de mi ropa, el frío del aire empezaba a calar en mis huesos. Ya habían pasado varias horas desde que habíamos dejado a los lumbianos luchando contra los guerreros de Séltora. No estaba segura de cuántas horas exactamente.

A pesar de que estaba exhausta por el estrés al que me había enfrentado hace horas, no podía dejar de estar maravillada por estar volando sobre el lomo de un alicornio.

Eché una mirada hacia Theo, quien miraba constantemente alrededor de todo el cielo sobre Pola, su alicornio, en busca de algún peligro. Mike lo imitaba y Finn dirigía la marcha voladora. Theo tecleaba cada cierto rato cosas en su CodeMessage y se acercaba a Finn para darle lo que parecían indicaciones.

Los alicornios batían sus alas armónicamente y llevaban un vuelo tranquilo. No estaba segura de cuántos metros nos separaban del suelo, pero alcanzaba a ver algunos caminos y construcciones que dejábamos atrás.

Le había preguntado a Mike que tal estaba su ojo y solo me había respondido con un "no te preocupes" y con una sonrisa que desbordaba amabilidad. Sin embargo, yo sabía que no era una herida menor y solo intentaba que no me preocupara.

Posaba mi cabeza de vez en cuando sobre el cuello de Zeus, pero al mirar hacia abajo me atacaba el vértigo. Definitivamente las cosas extremas no eran lo mío, no obstante, estar volando con aquella criatura mitad unicornio mitad pegaso, valía cada susto al mirar hacia el suelo. Me pregunté como sería el impacto del mundo "humano" si se diera a conocer que existen criaturas como éstas.

—Pensé que estas criaturas solo existían en los cuentos de mitología —comenté sin dirigirme a nadie en particular.

Theo volaba a mi derecha, Mike a mi izquierda y Finn adelante. Dos alicornios nos seguían sin jinete atrás, fieles a su manada.

—No creerás que a un simple humano se le iba a ocurrir dibujar un alicornio sin ninguna fuente de inspiración —respondió Theo, aún demasiado serio para mi gusto.

No habíamos hablado del porqué no estaba en mi habitación cuando ocurrió el ataque. Se me apretaba el estómago por los nervios al tener que decirle dónde y qué estaba haciendo, pero estaba dispuesta a romper todas las reglas para escuchar la voz de mi madre, y había valido la pena.

—Los humanos sacan todas sus ideas de alguna parte. Todas sus criaturas mitológicas son inspiradas en nuestras especies de fauna —aclaró Mike. Su ojo cada vez se veía peor, pero siempre se las arreglaba para tener una sonrisa con cada respuesta—. Sin embargo, algunas especies como las sirenas, se extinguieron hace mucho, por problemas de conflicto con otras especies.

Lo miré perpleja, pestañeando mil veces por segundo. Todo aquello me parecía tan increíble y fantástico como la primera vez que Theo me habló sobre Atanea y sobre todas las otras extensiones invisibles al ojo humano.

«¿Sirenas? ¡Santo cielo!» Las extensiones y todos sus componentes cada vez me sorprendían más. Me pregunté si algún día me acostumbraría a todo, y esa pregunta me llevó a una mayor;   «¿dónde viviré cuando todo esto acabe?» Días atrás esa respuesta estaba más que clara. Hoy no estaba tan segura.

El cielo se tiñó de unos colores que solo significaban el paraíso. El purpuraba luchaba contra el naranja y el rosa, y el sol comenzaba descender hacia el horizonte. Esa imagen me traía paz. A pesar del frío, disfrutaba ese mágico momento que jamás hubiese escrito ni en mis listas de sueños más locas.

Al parecer, Theo se percató de mi expresión maravillada.

—¿Empiezas a tomarle el gusto a la vida sobrehumana, princesa? —inquirió con una media sonrisa y unos ojos muchos más amables que la última vez que los había observado.

ATANEADonde viven las historias. Descúbrelo ahora