CAPÍTULO EXTRA I: El origen de Afrodita

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Era una negra y oscura noche de invierno. En el exterior la tormenta arreciaba, y el viento gélido ululaba entonando una triste melodía.

Allí, en aquella modesta casa esculpida en mármol, una vieja anciana luchaba por mantener los ojos abiertos. A su mente acudían los numerosos recuerdos de su larga y feliz existencia, y a pesar de que la luz de la vida apenas resplandecía en sus ojos, una cálida sonrisa estaba dibujada en su todavía perfecto rostro. A pesar de sus más de cien años su pelo no había perdido su rojizo color; sólo un mechón canoso escondido entre su frondosa melena y las pocas arrugas que cruzaban su pálido rostro demostraban su verdadera edad.

—He tenido una buena vida —susurró la mujer al sentir como alguien acariciaba su mano con delicadeza—, no debes estar triste Ares. Nuestro destino es permanecer juntos, ya sabes que algún día volveremos a reunirnos para darnos nuestro más sincero y eterno amor.

Una tímida lágrima se escurrió de los ojos esmeralda de aquella mujer, cuya respiración se iba apagando a medida que los segundos transcurrían.

Ambos amantes se fundieron en un dulce beso y, como si con ello la poca vitalidad que quedaba en el débil cuerpo de la mujer hubiera decidido desaparecer, su corazón dejó de latir.

Los sollozos de Ares retumbaron entre las frías paredes de aquella habitación, y la tormenta del exterior empezó a ganar intensidad acompañando el profundo dolor de aquel dios que acababa de perder su otra mitad.

—Afrodita... —susurró, entre lágrimas e hipidos, antes de que una resplandeciente luz inundara la sala.

Poco a poco fue amainando en el exterior. Los fuertes relámpagos fueron sustituidos por los cálidos rayos de sol que se abrían paso entre las negras nubes; y en lugar de los molestos truenos que gruñían con intensidad, el trinar de los pájaros acompañaba aquella primera mañana de primavera.

Y así, cuando se desvaneció la blanca luz que había enceguecido al todavía desdichado Ares, los llantos de un bebé se hicieron presentes.

Frente a él, el débil y pequeño cuerpo de una nueva vida luchaba por permanecer en aquel mundo.

—Mi amor —pronunció él al ver los verdes ojos del neonato, así como el rojizo cabello que cubría su cabeza—, tenías razón. Pronto volveremos a estar juntos. Dioses somos, y como dioses renacemos. Y a pesar de que olvidamos nuestros recuerdos al morir, nuestro sino está escrito y es por ello que sé que nuestro amor volverá a florecer.

Y entonces, tras darle un cálido beso en la frente a la recién nacida Afrodita, Ares anduvo hasta su dormitorio. Allí, justo al lado del cabecero de la cama, descansaba su siempre afilada espada.

—Ha llegado el momento —dijo con dificultad al sentir cómo las lágrimas acudían de nuevo a sus todavía húmedos ojos—. Pronto volveremos a estar juntos, Afrodita.

Ares desenfundó el arma que brilló tenuemente cuando un rayo de luz se reflejó en su hoja. La dejó en el suelo, con la empuñadura hacia abajo y quedando la hiriente punta mirando al techo. Entonces, con toda la determinación y valentía que fue capaz de reunir, se subió a su cama. Los muelles rechinaron al sentir su peso, mas eso no le detuvo. Cerró los ojos y se permitió recordar, una última vez, la bella sonrisa de la mujer a la que siempre amó. Y así, con esa imagen en la mente, saltó.

El afilado acero atravesópor completo el cuerpo del dios, cuya vida no tardó en extinguirse. Y así,mientras la recién nacida Afrodita seguía llorando en el dormitorio principal,los sollozos del nuevo Ares se hicieron también presentes en aquel primer díade la primavera.    

    

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Aradia; Un mundo de sangre y magiaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora