—¿Y a dónde vamos?

—A un sitio seguro si vas conmigo, sino no durarías ni un segundo. Lo siento, pero no me queda de otra.

—Desde luego como cuidador no tienes precio ¿eh? No lo digo solo por mí, llevar a tu hermana a un sitio poco seguro me parece poco razonable. Además, me secuestras, me retienes, nos metes en un coche sin decirnos nada, casi nos matamos por la carretera y ahora nos llevas a un sitio poco seguro, ¿algo más que tenga que vivir? —pregunté molesta.

—Bueno, luego podemos hacer puenting si quieres, o puedo llevarte a un sitio donde hacemos apuestas —respondió guiñándome el ojo.

—¿Pero eso es legal?

—¿Acaso importa? Rompe las reglas alguna vez, desafía los límites, disfruta.

—Estás loco, vas a acabar en la cárcel —resoplé.

—No dejaré a Ana sola, nunca.

Desistí ante la dureza de sus palabras y decidí apagar la radio, para no despertar a Ana. Cuando pasaron algunos minutos, más de los quince establecidos, comencé a ver un barrio algo pobre, lleno de graffitis y tiendas cerradas con ventanas rotas, desde luego Daniel no me había mentido. Aparcó en un parque lejano donde había hombres traficando y otros esnifando algo que no pensaba descifrar. Sacó su maleta y algunas cosas más que tuve que ayudarle a llevar. Le seguí, cogiendo a Ana de la mano, hasta una casa apartada del barrio, algo oscura y lúgubre, con unas ventanas con barrotes y una puerta que parecía a prueba de golpes, aunque no estaba del todo segura. Era de dos pisos y con un tejado de pizarra, escuché el sonido de un perro cercano, no me hacía especial ilusión estar ahí.

Entré dentro con Ana y detrás de Daniel. Sentados en el sofá había un chico de edad parecida a la de Daniel y una chica unos años más joven. Me llamó la atención el chico, aún sentado se veía que era muy alto, quizá llegaba a los dos metros. Además, tenía la tez blanca, con la melena oscura y unos ojos oscuros que mostraban un enorme cabreo. La chica no tenía un aspecto más agradable pero tenía algo en su mirada que no terminaba de inspirarme confianza, parecía cautelosa, como con miedo. Además, su cara me resultaba familiar ¿la habría visto en algún sitio antes? Tenía el pelo negro y trenzado, con unos grandes ojos marrones. Llevaba ropa elegante, con aspecto rico, todo lo contrario al ambiente del sitio donde nos encontrábamos.

Echaba de menos a Cristofer, seguramente de los tres sería el que menos miedo daría, pues siempre tenía ese rostro sereno y juvenil, bastante amigable, aunque sabía que no era aconsejable irritar o enfadar a ninguno de los tres, o cuatro si contaba a Daniel. ¿Qué hacía yo aquí con esos dos y Daniel?

Miré hacia atrás y me sentí muy incómoda al ver que no estaban ni Ana ni Daniel, me encontraba sola frente a ellos dos. No sabía si debía presentarme o quedarme completamente muda, como me encontraba ahora. Por suerte pasó poco tiempo de ese silencio sepulcral, pues Cristofer apareció por la puerta.

—Esto parece un velatorio.

—Daniel no nos ha presentado —respondió el hombre del sofá.

—Bueno, no hace falta que os la presente para saber que es Alma.

—Yo soy Santo —dijo sin mirarme.

Asentí, sin saber qué decir «así que este es el que me faltaba por conocer» dije para mis adentros.

—Yo soy Zenat.

Miré a Cristofer, no entendía por qué todos tenían nombres tan extraños, seguro que eran la abreviatura de algún nombre. Le pregunté por Ana y Daniel, como no sabía nada se fue a buscarles a la habitación.

Suspiré al encontrarme sola de nuevo, tampoco esperaba que dieran una fiesta con mi llegada pero no estaría mal un poco de amabilidad. El sitio la verdad que dejaba mucho que desear, dado que la televisión era muy pequeña y el sofá estaba gastado, parecía que no tenían mucho dinero para cambiar los muebles. «Pues nada...ya estamos todos» cuando tuviera tiempo hablaría con Daniel para pedir explicaciones de por qué este lugar, por qué no me dejaba ya marchar y no involucrar a todos, parecía que cada vez había más complicaciones y no quería que Ana se viera envuelta en todo esto.

Al recordar los ladridos del perro que había escuchado antes se me vino a la mente Brutus, ¿dónde lo habrían llevado? Cuando nos fuimos no estaba en casa, así que seguro que lo tuvieron que dejar en algún lugar.

—Esto... ¿dónde está mi habitación?

Zenat me repasó de arriba abajo con la mirada pero no dijo nada, Santo señaló una puerta con su mano. Con cara de tierra trágame me apresuré a entrar en la habitación y cerré la puerta, bastante aliviada al dejar atrás la presencia de ambos.

Al contemplar el sitio, me llamó la atención la cama, era de matrimonio pero muy sencilla, encima de ella estaba la maleta de Daniel.

«No será verdad que voy a dormir con él» pensé, estremeciéndome ante la idea de compartir cama con Daniel y sentir, una vez más, mis emociones a flor de piel.

Seguí recorriendo el lugar con la mirada, no me llevó mucho tiempo pues se componía de la cama, un armario bastante amplio y unas mesitas a los lados de la cama. ¿Vendría aquí muchas veces?

Al poco tiempo apareció Daniel por la puerta y se sentó en la cama a mi lado con cara de preocupación.

—Lo siento, no era mi intención asustarte.

—Eso se te da de lujo  —respondí haciendo un mohín—. ¿Me vas a explicar qué hacemos aquí?

—Bueno, creo que has podido apreciar que nos seguía la policía. Parecía que tenían cierta información sobre tu paradero y no me quedó más remedio que venir aquí.

Tragué saliva al escuchar esas palabras, me daba miedo que la información proviniera de parte de Álex y la culpa hubiera sido completamente mía. Este lugar me daba completo terror y me hacía darme cuenta en qué ambiente estaba metido Daniel, en uno muy peligroso.

—¿Y Brutus?

—Lo está cuidando un amigo, no quería dejar a nadie en el piso, guardé todo lo que tenía relación contigo, todo limpio —sonrió.

—Esto es una locura, Daniel...

—Tú eres mi locura, Alma.

Nos miramos con intensidad, todo el tiempo que llevaba vivido con él había sido muy extraño, parecía que estaba metida dentro de una película de ficción o en un sueño muy surrealista. Pero me estaba dando cuenta de que, en caso de ser un sueño, no me quería despertar.


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