Capítulo 20

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«Os odio, mosquitos» fue lo primero que pensé al despertarme escuchando un intenso zumbido cerca de mi oreja. Intenté darme la vuelta y seguir durmiendo pero ya tenía ese sonido dentro de mi cerebro. «No entiendo vuestra existencia, seguro que os crearon en el infierno» me quejé para mis adentros y decidí salir de la habitación, cuando tenía un mosquito ya no me resultaba posible pegar ojo, a no ser que lograra matarlo.

Miré la hora en el despertador de la mesita, eran las cuatro de la mañana, así que decidí ir a la cocina, donde hacía tiempo que había descubierto que era el sitio más fresquito de la casa. Como hacía un calor insufrible y era tarde, supuse que no me encontraría a nadie.

Cerré la puerta rápidamente, rezando para que el mosquito se quedara allí encerrado y no me rondara también en la cocina. Al entrar allí, estaba todo oscuro así que avancé lentamente hacia la nevera, «seguro que tienen agua bien fría» pensé. Cuando la luz de la nevera ya iluminaba mi figura sentí una presencia detrás de mí.

—­Bendito topless —escuché a escasos milímetros de mi oreja derecha.

En ese instante todo mi cuerpo se respigó, era como si un escalofrío se hubiera extendido en décimas de segundo. Pude apreciar a Daniel sonriendo de forma pícara y me tapé los pechos avergonzada.

—¿Qué haces despierta a estas horas? —Me preguntó apoyándose en la pared.

—Yo podría preguntarte lo mismo.

—No podía dormirme, ¿y tú? —insistió con una sonrisa torcida, parecía divertido.

—Yo tampoco, hay un mosquito en mi habitación y me ha puesto muy nerviosa.

Me mordí el labio inferior y, seguramente debido al calor o a que aún estaba medio dormida, le pregunté.

—¿Puedo dormir contigo?

Pude sentir como la respiración de Daniel se aceleraba e inspiraba con fuerza, sus ojos marrones se habían abierto de golpe y parecía no saber qué contestarme, no paraba de remover su pelo revuelto con los dedos.

—¿Estás segura?

Al oír esa pregunta de sus labios la sangre me volvió al cerebro, ¿qué había hecho? No quería fallarme a mí misma flaqueando tanto, ya estaba muy preocupada por el acercamiento que estaba teniendo hacia Daniel y temía que fuera en aumento. Ni siquiera sabía por qué le había hecho esa petición, aún temía que solo quisiera acostarse conmigo. Maldije para mis adentros, en el fondo sabía que estaba empezando a enamorarme de él.

—Mira, no te veo muy segura pero tampoco quiero perder la oportunidad de poder verte durmiendo, así que sí, ya sabes que sin dudarlo acepto encantado.

Abrí la boca para preguntarle si tendría su mano quieta pero él adivinó mi pensamiento y se adelantó.

—Y no, no te haré nada, puedes dormir tranquila.

Sin saber muy bien por qué, asentí con la cabeza y le seguí hasta su habitación. La verdad, se me había olvidado lo sencilla y austera que era, apenas entraba ahí. Estaba compuesta por una cama de matrimonio de color marrón con cojines blancos y canapé, un par de mesitas con lámparas, un armario y un estante con papeles perfectamente colocados por colores, además de unos cochecitos de juguete y algunas estatuillas de dragones.

Sin decirme nada se acostó en lo que al parecer era su lado de la cama y apagó la luz. Temerosa me acerqué hasta el otro lado y me metí en ella, dándole la espalda. Estábamos muy pegados y ambos nos encontrábamos casi desnudos, era demasiada tentación y no sabía si estaba lo suficientemente preparada para aguantar.

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