Capitulo 21.

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Joseph llegó a la casa del Duque después de horas de cabalgata. Estaba agotado y lleno de polvo. Se había llevado tan solo cuatro lacayos con él, y no se habían detenido en el viaje para descansar.

Y si era honesto, no recordaba haber tenido peor humor en años, y tenía muchas razones. Para empezar, la noche anterior, cuando Emmeline había cerrado los ojos, él también lo había hecho. No recordaba haber tenido tanta paz en mucho tiempo. Y a pesar de que sabía que debía dejarla antes del amanecer, por el bien de su reputación, había planeado pasar el día solo con ella.

Bien, quizá no todo el día, debía de ponerse en marcha y escribirle, muy a su pesar, al Conde de Welltonshire, Francis, el hermano de Emmeline y pedir su permiso para casarse con ella.

Ella aceptaría cuando le dijera que la amaba.

Porque la amaba. Ella le había dado luz a su vida. Había hecho que deseara estar vivo. Con sus sonrisas, sus palabras, sus caricias y sus besos. Oh, sí. Sus besos.

Sonrió como un bobo mientras caminaba hasta la puerta de entrada pensando en la noche anterior. Debió de haberle dicho allí mismo lo que sentía.

Pero no iba a culparse por ello, nunca habría pensado que no podría verla cuando despertara. Lo que le recordó donde se hallaba y le devolvió su pésimo humor. El otro motivo, además del nerviosismo por el contenido de la carta de su madre, o más bien, la falta de este, era que tendría que ver a su padre. Eran pocas las posibilidades de no encontrárselo.

Si hubiera recibido la carta antes, quizá podría haber convencido a su tía Claire para que lo acompañase y así, haber llevado a Emmeline con él. A ella le gustaría. Y él sabría que si algo se ponía feo, como seguramente lo haría, siempre podría huir a sus brazos.

¿Cuándo había empezado a pensar de aquella forma?

La puerta se abrió antes de que pudiese tocar y el mayordomo apareció viéndose tan impasible como siempre. —Excelencia —dijo con un asentimiento de cabeza y le ayudó a quitarse el abrigo.

—¿La Duquesa está bien? —Inquirió con el ceño fruncido. Todo se veía igual que siempre, no había señales de que una catástrofe los hubiese azotado.

—¡Joseph!

El mayordomo no tuvo que responder, la Duquesa bajaba las escaleras a un paso acelerado. Ella aún era joven, y siempre tenía una sonrisa en su rostro, lo que la hacía verse más angelical todavía.

Abrazó a su hijo como si fuera, no un hombre, sino un niño y él no puso protesta alguna. Hacía meses que no se veían. En los últimos años, su madre evitaba La Temporada todo lo que podía y prefería quedarse en su casa de campo a unas horas de Londres.

—Mamá.

—¡Estoy tan feliz de verte, cariño!

—¿Estás bien? ¿Qué ha sucedido? Recibí la carta a primera hora esta mañana y salí enseguida. Apenas si pude esperar a que Beth despertara y avisarle a donde me iba. Creí que te había sucedido algo...

—¡Oh! Yo estoy bien, mi amor. Pero podemos hablar de eso luego, estoy segura de que desearás descansar. Hice que prepararan tu habitación. ¿Quieres que ordene que te preparen un baño?

Esas eran evasivas. Joseph sabía reconocerlas.

De repente ya no estaba preocupado, sino furioso. ¡Había caído de nuevo en la trampa de su madre!

¡Dios! La quería, pero eso se estaba volviendo difícil de tolerar. Podría haberse quedado con Emmeline todo el día, podría haberle preguntado cómo se sentía luego de hacer el amor toda la noche, podría haberle dado el anillo en persona. Todas esas cosas. Pero no. Estaba a horas de distancia de ella, por una trampa de su madre para, seguramente, hacer que tenga una conversación con su padre, más larga que un par de frivolidades en la mesa.

Inapropiadamente Hermosa (Confesiones en la noche #1)¡Lee esta historia GRATIS!