Capítulo 18

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Mientras me duchaba pensaba en lo decidida que estaba a probar a Daniel, tenía que hacerlo. Aunque había cerrado la etapa oscura de mi vida, aún tenía dudas sobre si verdaderamente me quería como algo serio o solo me conquistaba para conseguir mi cuerpo. Daniel sabía lo que tenía que decirme y hacerme para que me derritiera y no estaba dispuesta, tenía que esforzarse más que eso, sobre todo ahora que me volvían a brotar sentimientos amorosos hacia él.

Salí de la ducha con el albornoz de seda que estaba detrás de la puerta y dejé mis manos en la tira que hacía de cinturón. Caminé por el pasillo hasta su habitación cuando oí unos pasos que venían del salón.

Ya estaba tirando del albornoz, mostrando parte de mis pechos, cuando tuve que detenerme de golpe al escuchar la inocente voz de Ana.

—¿Alma?

«Mierda, mierda» pensé. Me apresuré para colocarme el albornoz poniéndome de cara a la pared y me giré a tiempo cuando pude apreciar su presencia.

—Dime, cielo.

—Necesito que me aconsejes sobre...—Se mordió el labio inferior nerviosa, como si estuviera calibrando contármelo o no.

—¿Chicos?

—Sí, un chico —asintió aliviada.

Ana miró de un lado para otro, como temiendo que alguien nos escuchara.

—Ven a mi habitación, no quiero que mi hermano sepa nada.

—¿Y eso? —pregunté arqueando las dos cejas, puesto que no sabía arquear una sola.

—Shh.

Tirando de mí nos metimos en su habitación y cerró la puerta. Al entrar pude contemplar una habitación con paredes color lila y una cama bastante grande con flores en el nórdico. Además, tenía una colección de peluches por los estantes y en su mesita había un libro, pude apreciar que se titulaba "La magia del amor" con la imagen de una chica y la cara de un bebé en la portada.

Ana se tiró encima de la cama, dejando que su cuerpo rebotara como si estuviera en una cama elástica. Yo decidí acomodarme apoyando mi espalda en la pared.

—¿Y bien señorita? ¿Tiene algo que decirme?

—Ay...

Pude notar como había un brillo en su mirada, parecía que estaba sintiendo su primer enamoramiento.

—Verás Alma... es un chico que he conocido por un juego de la DS, ahí puedes jugar a la vez que hablas con gente, tiene tres años más que yo —dijo a toda velocidad.

Yo me quedé helada al escuchar la palabra juego. Intenté reaccionar e ignorar el shock que estaba teniendo para animarla a seguir contándome, no quería que se molestara por mis reticencias hacia hablar con extraños por internet.

—¿Por un juego? ¿Y qué tal con él? ¿Qué te dice?

—Ay... muy bien, me dice que soy muy guapa y que le gustaría mucho conocerme. Dice que le gusta mucho hablar conmigo y que cuando no hablamos me echa mucho de menos.

—Sí, eres muy guapa pero ¿te ha visto? —insistí, tratando de disimular mis nervios.

—No...bueno sí, a ver, solo me ha visto en la foto que tengo en el perfil del chat, Daniel no me deja tener Facebook ni Instagram, y el whatsapp solo me deja usarlo estando él presente para leer lo que me escriben, me da mucho corte porque no puedo hablar como me gustaría con mis amigas, pero no se lo digas ehh, por favor.

—No, no...está bien, será nuestro secreto pero ¿te ha hablado Daniel sobre el tema "chicos"?

Pude notar como las mejillas de Ana se encendían por la vergüenza y miraba hacia otro lado, evitando mirarme a los ojos.

—No, no lo ha hecho, pero Mauro no es así.

—Claro, lo sé, no te preocupes —dije para apoyarla y conseguir que volviera a mirarme.

—El problema... es que me ha pedido que le mande fotos y no sé qué hacer, me da miedo.

Tuve que toser para no atragantarme con mi propia saliva y limpié mis ojos, los cuales se habían vuelto vidriosos por ahogarme con la tos.

—¿Cómo que te ha pedido fotos? ¿Qué fotos?

—¡Pues fotos mías, tonta! ¡No van a ser fotos de gatitos! —respondió arrugando la frente.

Puse los ojos en blanco y suspiré para mis adentros, tenía que acordarme que se trataba de una niña de doce años que no se daba cuenta de los peligros que tiene internet.

—A ver, cielo... ¿Por qué te da miedo?

—Jo Alma, porque solo me ha visto de lado en mi foto del chat y si le enseño una que se me vea la cara igual no le gusto y deja de hablarme.

Suspiré, más aliviada, al entender que no se trataba de otro tipo de fotografías. Apreciaba mucho a Ana y no quería que diera con alguien que la usara o, peor aún, que fuera un hombre mayor haciéndose pasar por un chico de su edad.

—Eres muy guapa, Ana, seguro que le gustas. Por cierto, ¿sabe Daniel que hablas con gente por la DS?

La cara de Ana fue un poema, se había quedado con la cara completamente pálida, helada.

—Nn...nno... ¿no le dirás nada, no?

—No... no le diré nada —respondí mirándola fijamente.

—Uff, gracias Almi.

Mi estómago se contrajo al escuchar la forma en la que Ana me había llamado pero no pude evitar sonreír, era la forma en la que Álex me llamaba y le echaba mucho de menos.

Miré a Ana, no quería ser una entrometida pero necesitaba saber que todo estaba bien, que podía protegerla si algo salía mal.

—¿Mauro te pasó alguna foto suya?

Entonces soltó un gritito entusiasmada y rodó por la cama para coger la DS, la cual estaba metida en un cajón de la mesita.

—Sí, mira.

Encendió la DS y me la dio para que pudiera ver su foto de perfil, en la cual se podía apreciar su tez morena, sus grandes ojos verdes y su pelo negro y rizado, al menos en la fotografía parecía de verdad que tenía quince años. De todas formas no podía quedarme del todo tranquila, solo en parte.

—Es muy guapo, sí —hice una pausa y añadí—. ¿Por qué no quieres que Daniel sepa nada de esto?

—Es muy protector conmigo, no quiere que me acerque a los chicos y cuando estoy con mis amigas apenas me deja pasar tiempo con ellas. Dice que soy muy pequeña y que son una mala influencia para mí, solo le cae bien María.

—¿Y lo son?

Ana bajó la mirada otra vez, como tratando de ocultar algo, parecía que la pequeña intentaba omitir algunas cosas.

—No. Bueno, solo Eva, pero no es mala chica, es solo que la invitan a fiestas de mayores y ha probado el alcohol, se emborrachó y desde que mi hermano se enteró no le gusta que esté con ella.

Me sonrojé al recordar la noche de la borrachera y la abracé, acariciando su melena, la cual le llegaba hasta el pecho. Mirándola a los ojos la tranquilicé, diciéndole que tuviera cuidado.

Ya iba a irme de la habitación cuando Ana me frenó.

—Alma.

—¿Sí?

—Me alegro de que estés aquí, eres como una hermana mayor. Te quiero mucho.

—Yo también a ti, Ana —admití, sonriendo como una tonta.

Miré por última vez a esa niña antes de cerrar la puerta. Ana me recordaba mucho a mí cuando era pequeña, esa inocencia que tenía y que había perdido a causa de su hermano. Sí, yo también había conocido a Daniel por internet y también me había pedido fotografías, pero no tuve la misma suerte que Ana, y podía entender porque su hermano era tan protector.

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