ATANEA: XVIII

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Capítulo 18: El ataque.      

Las ventanas estallaron por los múltiples disparos que provenían desde el exterior. Guerreros, sirvientas y  hombres del alto mando que corrían de un lado a otro se tiraron al suelo para salvar sus vidas.

Gritos ensordecedores retumbaban dentro del castillo, otros gritos de guerra se escuchaban desde afuera. Mi visibilidad era nula, todo estaba cubierto de polvo y humo. Los integrantes del castillo de Séltora se arrastraban de un lado a otro con el miedo penetrado en sus ojos.

Estaba sobre el suelo, con el brazo de Finn sobre mí en modo protector. Su mirada ya no mostraba ni una pizca de horror, sino que semblante había cambiado a uno calculador y lleno de ansiedad.

—Claire —llamó mi atención con su voz firme. Noté que mis oídos se habían ensordecido por el impacto del ruido—. Mantente a mi lado en todo momento. Haz lo que te digo y sigue mi paso,  tenemos que salir de aquí antes de que te encuentren. —Sus ojos azules brillaban de adrenalina.

Una tropa de soldados con enormes armas en sus manos pasó corriendo por el pasillo del fondo, encaminándose a la salida.

Observé a Finn algo insegura, sus ojos expectantes esperaban mi respuesta. Miré fugaz a mí alrededor, inspiré profundamente y finalmente asentí con la cabeza tragando saliva.

«Sé valiente»

Comenzamos a movernos a ras de suelo entre la nube de humo y polvo provocada por los disparos y las bombas que atravesaban vidrios y estallaban paredes. Cada cierto tramo pelotones de soldados pasaban  en posición de ataque cerca de nosotros. No había visto a ningún lumbiano dentro del castillo, solo veía soldados con el uniforme de Séltora, por lo que sentí un pequeño alivio al saber que el enemigo no había logrado entrar al castillo. Aún.

«Theo» Lo necesitaba. Un escalofrío me recorrió el cuerpo cuando recordé que me había pedido expresamente que fuera a mi habitación y lo esperara allí. Él no tenía idea que estaba en otra parte con Finn, me iría a buscar a mi habitación y descubriría mi habitación vacía. Otro escalofrío. Se expondría a buscarme hasta mi habitación de puro gusto. «¿Cómo diablos lo iba a encontrar?»

—Finn... —Quise hablar mientras nos arrastrábamos por el suelo. Finn me llevaba bien sujeta del brazo posicionado delante de mí, mirando frenéticamente a ambos lados del pasillo y a los costados, asomándose ocasionalmente por algunas ventanas rotas—. Te... tenemos que encontrar a Theo. Me... me debe estar buscando —logré decir con dificultad, traicionada por el shock y el pavor.

—Lo sé, pero primero debo ponerte a salvo. Los lumbianos están aquí por ti y por nadie más —respondió susurrando, sin dejar de mirar a nuestro alrededor.

Un pelotón de soldados de Séltora se acercó a nosotros. Cuando ya estaban a unos pocos metros, diferencié unos distintivos dorados en sus hombros. Theo me había hablado sobre ese uniforme especial, eran los guardias del rey.

—Príncipe Finn —dijo el que se veía de más edad. Un hombre de pelo negro con manchas de canas, bastantes arrugas en el rostro y un cuerpo considerablemente grande—. El rey está resguardado en la sala de direcciones, debemos ponerlo a usted y a la princesa Claire a salvo.

—Jeff, a la princesa Claire hay que sacarla de aquí, no resguardarla en este castillo —espetó autoritario—. Han venido una cantidad asquerosa de esos lumbianos, no podemos arriesgarnos.

—Pero princi... —Finn lo detuvo con su mirada.

—Guarda silencio, Jeff —ordenó Finn, dejando entre ver la histeria de su interior—. Se hará lo que yo ordene —sentenció—. ¿Han visto al guardián de la princesa?—Posó su vista uno por uno en los guerreros.

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