trece;

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Se secó las palmas de las manos en el pantalón. Dios, en su vida había sudado tanto y parecía no parar.

Jirou frunció el ceño al abrir la puerta y verle vacilar si le daba al timbre o no. Ella misma le agarró de la muñeca y aparto la mano para hacerle saber que estaba ahí.

— ¿Cuánto llevas en la puerta?

Él intentó articular alguna palabra, pero fue incapaz. Se limitó a encogerse de hombros y observar a la chica vestida con algo que no fuera el uniforme.

Se tapó la boca con la mano, notando un leve sonrojo aparecer en sus mejillas. ¿Qué le pasaba con ella? Le estaba volviendo loco.

— ¿Dónde quieres ir? —Cerró la puerta tras ella.

—Estás guapísima.

Jirou soltó un suspiro, echando la cabeza hacia detrás sin saber que contestar. A ella no le gustaban las mentiras y él, claramente, le estaba soltando una. ¿Como una chica pálida, llena de moretones, con ojeras pronunciadas y unos labios azules podría ser guapa? Él era un idiota.

— ¿Dónde vamos?

—Había pensado en coger el metro e ir a Shinjuku, hay un bar de ramen muy bueno. —Sugirió por quedar bien, a él le bastaba con ir a un local de comida rápida.

Jirou vaciló en que contestar. Hacía ya más de dos meses que no pisaba una estación de metro y pensaba que nunca más iba a hacerlo.

Se sentía impotente por no ser capaz de decirle al chico que temía pisar una y se limitó a seguirle, apretando las manos en un puño y bajando la mirada al suelo.

El rubio ni se había dado cuenta de su reacción, él estaba tan nervioso y tan emocionado que se había despegado del suelo, ya rozaba casi las nubes fantaseando completamente.

Sus fantasías se rompieron al entrar en la estación, donde las personas corrían de lado a lado sin preocuparse por aquellos que estuvieran en medio. Hasta los pobres ciegos acababan chocando con personas que se plantaban en las baldosas amarillas con salientes dedicadas a ellos.

Jirou comenzó a notar como algo le oprimía el pecho y le costaba más respirar. Comenzaba a agobiarse, era una sensación horrenda notar como, con cada golpe de una persona desconocida, le entraban ganas de llorar y huir de ahí lo más rápido posible.

Agarró el brazo de Kaminari con fuerza, pegándose a él. El rubio le dedicó un breve vistazo, suficiente para ver que algo iba mal.

Él se plantó en seco, abrazándole y apoyando su espalda contra una de las columnas de la estación. Se separó al instante viendo como ella seguía intentando mantener la calma.

Le estaba perdiendo completamente. Tenía miedo de que golpearan a la chica por su culpa y que acabara peor de lo que estaba. Se sentía tan idiota por haber metido tanto la pata que no iba a perdonarselo nunca.

— ¿Estás bien? —La respuesta era más que obvia, pero no sabía que decirle.

—No me gustan las multitudes. —Consiguió articular ella, agarrando al chico de los antebrazos.

—Lo siento. —Repitió numerosas veces dejando caer con cuidado su cabeza sobre el hombro de ella—. Salgamos de aquí.

Agarró su mano y le acercó a él, abriéndose paso por la multitud para salir de ahí. Se sentía mal por sus actos que categorizaba como puro egoísmo. Debía haberse fijado más antes de avanzar.

De acero inolvidable; KamijirouDonde viven las historias. Descúbrelo ahora