Capítulo 11

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Finalmente ahí me encontraba, Daniel se había salido con la suya, como siempre. Estaba sentada en una silla de la cocina con la mirada más triste de toda mi vida, por más que había intentado librarme, Daniel había conseguido lo que quería, cambiarme.

El tal Jordi había venido hasta la casa y me había mirado con sorpresa, seguramente ya había salido la noticia de mi desaparición, no sería de extrañar. Por desgracia, podía ver como respetaba o temía a Daniel y estaba convencida de que no le diría nada a nadie. ¿Qué les pasaba a todos?

No sabía lo que me estaba haciendo, así que tenía pánico. A saber si siquiera era peluquero de verdad, me encantaba mi cabello.

—¡Vas a estar divina! Te lo aseguro.

Solté un suspiro en resignación, no lo tenía tan claro como él. Además, era quitarme una oportunidad de que, si escapaba, la gente llamara a la policía al instante, al reconocerme. Intenté reconfortarme pensando que quizá, aún con eso, podrían reconocerme igual y podrían llevarme de nuevo a mi casa.

Cuando ya estaba terminando el peluquero, apareció Ana por la cocina con su voz cantarina y dando saltos de alegría.

—¡Qué guapa estás! Me gusta cómo te queda el pelo castaño.

—¡¿Castaño?! —exclamé mientras me miraba los mechones de pelo, pues no había querido mirar nada antes.

—¡Pareces Katniss Everdeen! —contestó con una sonrisa de oreja a oreja.

Vi como Jordi y Daniel se miraban sonriendo, parecían encantados con el nuevo cambio de peinado. La que parecía más feliz era Ana, pensando que lo había hecho por cambiar de aires, sencillamente. Si tú supieras...

Daniel y Ana decidieron irse al salón a jugar a la Play un rato, yo me quedé sentada en la silla, sumida por mis pensamientos. Cuando vi que el hombre estaba recogiendo no dudé en reaccionar.

—Perdona pero sabes quién soy ¿verdad?

Jordi miró hacia el salón, seguramente observando a Daniel.

—Sí, eres la chica desaparecida.

—¿Y cómo puedes recoger tan tranquilo y no llamar a la policía?

—No le puedo hacer eso a Daniel —Le miré asombrada, no entendía por qué nadie me sacaba de aquí—. A ver, tampoco pienses que soy una mala persona o algo así. Si viera que estás en una mala situación, como de maltrato, actuaría aunque a Daniel no le gustaría y seguro que no saldría impune. Pero no es el caso, estás bien.

—¡Es acojonante que nadie se atreva a hacer nada por miedo a Daniel! —chillé.

Jordi se apresuró para ponerme la mano en la boca, mirando de nuevo hacia el salón, con miedo.

—Shh, te van a oír.

—Pues que me escuchen ¡joder! ¡No soy un muñeco! ¡No estoy aquí porque se me haya apetecido pasar las vacaciones! ¡Estoy retenida! ¿Me oyes? ¡¡RETENIDA!!

Entonces apareció Daniel en la puerta con semblante enfadado.

—¿Se puede sabe qué haces? He tenido que decirle a Ana que se fuera a jugar a su habitación para que no escuche tus chillidos.

—¡Pues que me escuche! Seguro que ella es más decente y me saca de aquí —contesté enfadada. Ya había llegado a un punto que me daba igual lo que pudiera hacerme, quería volver a mi casa.

—Ana no va a hacer nada ¿me oyes? ¡deja a mi hermana al margen de esto y compórtate!

—Estás loco, Daniel ¡Loco! No entiendo tu absurda obsesión por mí y tus ganas de involucrar a medio mundo.

Nos miramos desafiantes, hasta Brutus había asomado la cabeza ante las voces.

—Quiero demostrarte que he cambiado pero me es muy difícil viendo cómo intentas marcharte a la primera de cambio. Sé que he empezado con mal pie, que la mejor forma no es dejándote aquí en mi casa con personas buscándote, pero de verdad que no me dejaste otra alternativa. Podía ver tu cara, incluso aún puedo verla. Sigues odiándome por lo que te hice ¿verdad? — preguntó mirándome a los ojos, con aparente tristeza.

—Sí, te odio —escupí con rabia—. Jugaste conmigo, te aprovechaste de mi situación y te burlaste de mí. Fuiste tan...cruel.

Cerré los ojos un segundo para tranquilizarme, la mezcla de rabia y tristeza al recordar el pasado formaban impotencia y sentía como las ganas de llorar se estaban acercando a mis ojos, haciéndome parpadear varias veces seguidas.

—Mira, sé que en el pasado hice mal, era un crío inmaduro que no tenía nada claro en su vida. ¡Pero ahora no hay segundo que no me arrepienta! ¡De verdad! —dijo moviendo los brazos con firmeza—. Este tiempo reflexioné mucho y me di cuenta... de que estoy enamorado de ti.

Nos encontramos en un silencio sepulcral, a escasos milímetros el uno del otro. Podía sentir su respiración agitada, su garganta tragando saliva... podía sentir sus labios. Al escuchar la puerta principal de la casa cerrándose respiré, volviendo a la realidad. Por lo visto Jordi había aprovechado para escabullirse mientras discutíamos. Limpié un par de lágrimas que estaban bajando por mis mejillas y me fui corriendo a mi habitación, cerrándola con fuerza. No quería que Daniel me viera así, pues se aprovecharía y seguiría diciéndome cosas para ver si volvía a caer, pero esta vez no quería ceder.

Una parte de mi corazón latía con fuerza queriendo sentir que lo que decía era verdad, pero la otra parte estaba tan afectada que no se creía nada ya. Además, también quería a Sergio y me sentía mal estando llorando por Daniel, no se lo merecía.

«Las personas no cambian» la voz de Álex diciéndome eso resonaba en mi mente, aún saboreaba la decepción, la vergüenza y la humillación que pasé cuando tenía dieciséis años.

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