Capítulo 10

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El sonido de mi respiración agitada y entrecortada es lo único que soy capaz de escuchar. Los labios del hombre que me sostiene el rostro se mueven y pronuncian palabras, pero estas no llegan a mí. Me dicen cosas que no logro entender porque estoy demasiado alterada. Demasiado ansiosa. Demasiado asustada...

Lágrimas calientes me nublan la vista y mi boca se abre para jadear en busca de aire cuando mi nariz es incapaz de conseguir suficiente. El terror que me provoca no poder respirar, hace que comience a revolverme en mi lugar, pero Gael —quien no ha dejado de hablarme— me sostiene donde me encuentro.

Mis manos se apoderan de las suyas —las cuales no han abandonado mi cara ni un solo momento— y las estrujo con violencia. Si no me mordiese las uñas, seguramente ya le habría dejado marcas de lo fuerte que estoy apretándole.

La ansiedad, la frustración y el pánico me hunden. Me dominan y me hacen imposible pensar en nada. Me hacen imposible dejar de respirar como si el aire existente en el mundo no fuese suficiente para mí.

Cierro los ojos.

Lágrimas pesadas se deslizan por mis mejillas y, en ese momento, siento como la frente de Gael se une a la mía. Siento como su aliento cálido me golpea la boca de lleno y, de pronto, el aroma fresco y varonil del perfume caro que utiliza, inunda mis fosas nasales. Algo intenso, desconocido y abrumador aletea en mi pecho y me aferro a él. Me aferro a él porque es lo único que puedo sentir ahora mismo. Es lo único, además del pánico, que puedo procesar.

Un pulgar acaricia mi mejilla. Unos nudillos me rozan la mandíbula en una caricia dulce y un escalofrío me recorre de pies a cabeza.

Mis manos se deslizan por los brazos del magnate —quien no deja de desperdigar caricias dulces en mi rostro— hasta llegar a su pecho. Entonces, cierro los dedos para aferrarme al material del saco que lleva puesto. En respuesta, lo único que consigo, es que se acerque un poco más.

En ese momento, agacho la cara, de modo que mi frente queda presionada contra su barbilla. Gael desliza su tacto hasta posarlo sobre mis hombros y, entonces, envuelve los brazos a mi alrededor.

El abrazo es doloroso. Es incómodo y, por extraño que parezca, es... liberador. No puedo describirlo de otra manera. Es como si estuviese expulsando fuera de mí toda la tensión nerviosa que llevo acumulada. Es como si, por medio de la presión excesiva, Gael estuviese tratando de liberarme del terror que se cuela en mis huesos.


No sé cuánto tiempo pasa antes de que, poco a poco, sea capaz de percibir algo más que el sonido entrecortado de mi respiración. Antes de que el sonido de mi pulso disminuya y me permita darme cuenta de que el hombre que me sostiene en brazos, no ha dejado de susurrar palabras tranquilizadoras para mí.

El tono melifluo que utiliza no hace otra cosa más que introducirme en un estado de extraño sopor. Un extraño estado de tranquilidad ansiosa que soy incapaz de sacudir fuera de mi sistema.

—Eso es, Tam... —la voz de Gael llena mis oídos y me sobrecoge el tono protector y dulce que utiliza—. Respira profundo. Así...

Y así lo hago.

Como puedo, y al ritmo que él impone, inhalo y exhalo largas bocanadas de aire. Inhalo y exhalo largas bocanadas de estrés, miedo y angustia.


El tiempo pasa lento... Quizás lo hace rápido. No lo sé. Lo único que sé ahora mismo, es que no puedo —quiero— apartarme. Lo único que sé es que, sea lo que sea que está haciendo el hombre que me sostiene, está funcionando. Está consiguiendo mantener a raya el pánico insistente que me atenazaba el cuerpo hace apenas unos instantes.

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