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Observo fijamente el vaso vacío que descansa sobre la mesa de centro

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Observo fijamente el vaso vacío que descansa sobre la mesa de centro. Me he mantenido sentada en el sillón con mis manos entrelazadas entre el calor de los muslos internos de mis piernas. De momento ya he comenzado a sentirme incomoda puesto que el nerviosismo de nuevo ha hecho de las suyas conmigo al mantenerme completamente paralizada, contrario a lo que me hizo hacer cuando Theo depositó un paquete de galletas sobre la mesita de centro frente a mí. Había devorado las galletas antes de que siquiera se me ocurriera ofrecerle alguna a él, y peor aún, terminé atorándome con ellas debido a la rapidez con la que las masticaba y tragaba, por lo mismo fue que, luego de estar un buen rato tosiendo sin control, un vaso con agua cristalina fue a deparar rauda y mágicamente frente a mí y en cuanto lo visualicé era de esperarse que se vaciara en un pestañeo.

La culpa la tiene él y sólo él ya que el muy petulante no ha dejado de escrutarme deliberadamente sentado en la silla de descanso ubicada del otro lado de la mesa de centro, frente a mí. La única oportunidad que tuve de quitarme su intensa mirada de encima fue cuando fue en la búsqueda del vaso con agua, luego de eso no tardó en retomar su sitio en la silla de descanso y volver a clavar sus ojos en mí. Sé lo que espera, pero... aún no me siento preparada para narrarle los motivos de mi quiebre sin terminar ahogándome con mis propias lágrimas, y, probablemente, mis mocos.

—No hablarás si no pregunto, ¿no? —Se inclina hacia adelante para posicionar un codo sobre una de sus rodillas para dejar caer el peso de su cabeza en la palma de su mano. Aquellas atractivas facciones lo único que denotan en este instante es aburrimiento, y, sinceramente, aquello no se vuelve una motivación para iniciar una conversación, precisamente.

—Mmmh... no estás del todo equivocado. La verdad es que tampoco hablaré aunque lo hagas —contesto de forma automática, fallando en mis intentos por esbozar una sonrisa.

—Entonces no me dejas más opción que ir a dejarte a tu casa —pronuncia en tono despreocupado mientras hace el ademán de ponerse de pie.

—¡No! —grito exaltada antes de siquiera pensar en una excusa para que no llevara a cabo su intención.

Su mirada se posa en mí, imponente, reduciendo mi estabilidad con la potencia avasalladora de aquellos ojos que ahora lucen inquisitivos, como si él mismo estuviese intentando, a través de su registro ocular, cavar en mis pensamientos hasta descubrir mis inquietudes. Yo por mi parte sólo pongo mis esfuerzos en mantener su mirada tratando de no desmoronarme frente a él, porque eso es lo que su acción, inconscientemente, está ocasionando; que mis sentimientos se descontrolen hasta el punto en que temo no poder resistirme a la protección que sé me entregarán sus brazos si mi tormento termina por derrocar mi débil fortaleza en su presencia. Es tentador y a la vez deprimente, maquinar una situación en la que mis lágrimas se revelen ante él sólo para remecer sus emociones y así no darle más salida que prestarme sus consoladores brazos, y es que eso es exactamente anhelo, sentir que me disuelvo en un abrazo suyo, sólo que no tengo interés en masacrar los restos de mi dignidad, mucho menos de recobrar amargos recuerdos sólo para conmoverle. Eso sería despreciable.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora