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1: Adiós a mi hogar

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Salí de mi hogar, en la hermosa selva del Amazonas. Mis dos padres me esperaban en una rama. Ellos tenían sus alas verdes, su cabeza negra, pecho blanco y salpicado de amarillo. No sabría decir porqué, éramos loros, así coloridos.

—Iremos a los barrancos para que conozcas el lugar —ordenó mi padre.

Ambos echaron a volar y yo me quedé pasmado. ¿Debía seguirlos? Miré hacia abajo y me dio vértigo, aparte vi una cosa bastante fea moviéndose en el suelo lleno de hojas muertas, parecía estarse desplazando a algún lugar. Mis padres me habían advertido que no me acercara a ningún ser que caminara muy bajo o volara muy alto.

Ahora, a volar. Si ellos pudieron yo también podía. Me lancé e hice lo que mi madre me había indicado. Volé.

«¡Oh sí, estoy volando!»

La sangre se me enfrió al sentir unos ojos clavados en mí. Mi primera reacción fue girar de golpe en el aire y por suerte logré esquivar a aquel depredador. Su enorme boca dio a parar en otro ser extraño de una rama cercana. Me habían advertido también sobre esos... Serpientes. ¡Buaj!

Logré alcanzar a mis padres y llegamos al barranco. Todo un sinfín de especies como nosotros, de distintos colores y tamaños. Se posaban cerca de una caída de agua. Jugueteaban, mascaban cosas, entre éstas: frutos, hojas, arcilla.

—Ve con cuidado y estate atento a nuestro llamado —volvió a ordenar mi padre.

Me posé sobre el suelo y me puse a recorrer el lugar, saludando feliz a todos. Saludé a los grandotes rojos. Creo que eran guacamayos. Me ignoraron. Saludé a los medianos como yo, verdes con cabeza roja, quienes estaban discutiendo por un fruto.

—Aléjate, ¡es mi fruta! —me gritaron ambos.

—Pero compartan —sugerí.

—¡NO! —Me empujaron con sus cabezas.

No retrocedí mucho, pues choqué con algo grande, vi su sombra cubriendo la tierra bajo mis patas.

—Enano, muévete —advirtió el enorme guacamayo azul.

Mi padre apareció de pronto.

—Disculpe, es joven aún. Está en entrenamiento.

El guacamayo extendió las enormes y majestuosas alas azules y se alejó volando. Mi padre me fulminó con la mirada.

—Perdón.

Los dos loros que me habían empujado se reían no muy lejos. Me acerqué decidido a vengarme cuando otro verde más grande, un amazonas, los botó de un picotazo y se llevó la fruta por la que se habían estado peleando.

—Bien hecho —murmuré.

Se acercaron a mí.

—Acompáñanos.

Los seguí sin saber por qué. Terminamos cerca de un bonito charco de agua, junto a unos loros de cabeza azul bastante amables, dijeron que erandela especie pionus. Habían armado una pequeña pila de frutas y hojas. Todo era felicidad con ellos.

—Este pequeño cerro de fruta lo compartiremos... pero no con ustedes —nos terminó de decir uno de ellos, muy altivo.

«Ok, y yo que creí que eran dulces».

Me molesté y empecé a hacer mi danza de la pelea. Mi padre me había enseñado: estiraba el cuello y empezaba a subir y bajar la cabeza mientras abría un poco las alas. Ya vería ese loro lo grande y fuerte que era.

—¿Qué rayos hace? —dijo uno.

—Creo que baila —dijo otro.

Un animal bastante grande irrumpió de golpe haciéndonos aletear a todos.

—¡Fruta! —chilló desesperado.

Era un capibara, según mis escasos estudios de loro. Los Pionus empezaron a defender su pequeña pila de frutas, también quise lanzarme a defenderlo pero se oyó un fuerte estruendo.

Cuando tuve algo de conciencia, el caos rondaba a mi alrededor mientras se escuchaban más estruendos por doquier. Mi vista se enfocó en un loro que estaba cerca, tenía una especie de malla encima que no le dejaba moverse, me pedía ayuda.

Pánico.

Miré a mí alrededor buscando a mis padres en medio del caos.

—¡¿Papá?! —grité.

Estruendos.

—¡Huye! —chillaron los loros cabeza roja.

—¡¿Mamá?! —seguí preguntando, presa del pánico.

Más estruendos.

Los ubiqué y pude ver con horror que estaban atrapados. Volé hacia ellos e intenté deshacer esa malla pero era inútil, era una especie de fibra demasiado dura.

—No, hijo. Huye —murmuró mi padre con dificultad.

—¡No!

—¡Huye! —gritó, y salí volando.

Volé mientras otros me golpeaban en el aire en su intento de huida.

—¡Se escapa! —dijo una voz rara y fea.

Humanos. Siempre me advirtieron sobreellos, una vez que te atrapaban no había retorno.

De pronto, oscuridad.

*****

—¡Papá! —chillé.

No podía ver nada, estaba en una especie de cueva oscura mientras escuchaba los sollozos de otros como yo, apiñados contra mí.

—¡Moriré! ¡No quiero morir! —gritaba uno.

—¿A dónde nos llevan? —pregunté.

—Nadie lo sabe, nadie regresa —contestó otro.

—¡No quiero morir! —gritó el primero.

—¡¿Te quieres callar?! —le regañaba el segundo.

—¡No!

—Podemos hacer un hueco —sugerí mientras esos dos volvían a ponerse a pelear.

Me miraron, peronoparecieronrazonar, presasdelmiedo.

—¡Mamá, papá! —se pusieron a gritar.

—Basta...

Todos empezaron a llamar a sus amigos y familiares a todo pulmón y terminé perdido entre los gritos. ¿A dónde nos llevaban? ¿Qué hicimos mal? No lo sabía... Yo tampoco quería morir, así que me puse a gritar.

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