Capítulo V: La manada

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Louisa bajó del automóvil convertible casi sin aliento por la conversación en la que acababan de incursionar; tenía las palmas de las manos sudorosas por los nervios. Nicolae Bartholy la miraba fijamente, podía sentirse esa tensión casi palpable entre ambos, a pesar de que ninguno había soltado palabra en los últimos treinta segundos.

Tomó el bolso del asiento, y cerró la puertezuela con cuidado de que no pareciera un gesto brusco.

—No la estoy acusando, señorita Millan, no tiene que parecer tan contrariada —Comentó Nicolae, dedicándole una leve sonrisa que ella no podría descifrar si buscaba calmarla... o aumentar sus nervios.

A todo eso, la había llamado "Louisa" hacia solo unos segundos y ahora retomaba el atípico "Señorita Millan".

—¿No? —Murmuró —. Entonces, ¿Va a despedirme?

La suave risa de él, llenó el ambiente algo frío de la noche.

—¿Enserio le parezco tan ruin? Por supuesto que no voy a despedirla. Los asuntos entre su abuelo y mi familia, no parecen concernirle en lo más mínimo y aún hay mucho por ver antes que pueda quejarme o aprobar su trabajo como tutora de mi hermana.

Louisa abrazó aún más su bolso con los contenidos de las lecciones; apenas y podía mirarlo a la cara. Viendo que no sacaría una sola palabra de ella luego del altercado que habían tenido y de la pequeña coraza que la mujer había instalado entre ambos, Nicolae suspiró con un serio tinte de decepción. —Que descanse, señorita Millan.

Louisa permaneció de pie en el mismo sitio, hasta que el automóvil oscuro del mayor de los Bartholy desapareció en la noche

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Louisa permaneció de pie en el mismo sitio, hasta que el automóvil oscuro del mayor de los Bartholy desapareció en la noche.

Luego de unos minutos de serio análisis y preocupaciones instaladas en el fondo de su cerebro, entró despacio por el camino de piedras que llevaba a la mansión de su abuelo. El guardia de turno la saludó levantando un poco su gorra de color azul, y Louisa sonrió apenas perceptible en respuesta. Tenía la cabeza en otro sitio, pero en cualquier otro momento se habría detenido por cortesía a cruzar un par de palabras.

A medio camino de llegar a la entrada, tuvo que comenzar a correr al percatarse de lo realmente tarde que era. Subió las escaleras de dos en dos al llegar, procurando saludar cortésmente a cualquier empleado que se encontraba de camino.

Ya en su habitación, jadeando como si hubiese competido en una maratón, se sacó la ropa a la velocidad de la luz, arrojándola en un gracioso camino hacia la ducha y se dio un baño refrescante y rápido, para sacarse el cansancio además del calor que llevaba encima tras la carrera que había pegado. Finalmente, en menos de diez minutos ya se había arreglado de nuevo para salir.

"Espero que no sea así cada viernes", pensó en un profundo suspiro, mientras desenredaba los estresantes nudos en su pelo caoba y alisaba con una mano la camisa leñadora de mangas largas y cuadros en rojo y verde. Tomó su teléfono móvil para guardarlo en el bolsillo trasero de sus vaqueros y nuevamente bajó hasta la entrada.

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