Prólogo

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 Año 1888.

   Una joven pareja enamorada salía de la ópera, caminando de la mano bajo la luz de los faroles recién encendidos. Ella, pequeña y llena de gracia en su andar; él, elegante y refinado. Ambos estaban felices. Ninguno podía imaginar la vida sin el otro. Desde la primera vez que se vieron, supieron que eran el uno para el otro. Siempre estaban juntos, odiaban separarse porque cada vez que se despedían, un enorme vacío se apoderaba de sus corazones. Era evidente que estaban destinados a pasar la eternidad amándose. No esperaban otra cosa.

   —¿Qué te pareció la ópera, querida? ─preguntó el muchacho─ ¿te gustó?

   ─Deberíamos hacer esto más seguido, Dante. Es algo mágico.

   ─Sabía que te gustaría─ sonrió él.

   ─Nadie me conoce como tú, amor mío. Sabes de mí misma hasta lo que yo ignoro.

   ─Menos cuando haces alguna de tus locuras.

   ─¿Me está llamando loca, señor? ─se hizo la ofendida.

   ─Solo en el buen sentido de la palabra. Me gusta que seas tan expresiva. Tú tienes lo que a mí me falta. Es cuestión de balance.

  Se detuvieron al lado de una fuente, y ella arrojó una moneda.

   ─¿Qué haces, Ángela?

   ─Shhh ─dijo con sus ojos cerrados─ estoy pidiendo un deseo.

   ─¿Puedes decirme cuál?

   ─No... porque si no, jamás se cumplirá. Y éste es muy importante.

  Cuando abrió los ojos, vio que él sostenía una cajita negra frente a ella.

   ─¿Acaso fue esto lo que pediste? ─preguntó él, mientras se ponía de rodillas.

   ─¡Dante! ─se asombró─ siempre me lees los pensamientos.

   ─Eso es porque estamos conectados ─abrió la caja y sacó un reluciente anillo de diamantes. 

   ─Angela... eres el amor de mi vida, y estaría incompleto sin ti. ¿Me concederías el honor de ser mi esposa?

  Ella sonrió y se le colgó del cuello con su natural entusiasmo.

   ─¡Sí! ─exclamó─ mil veces sí ─y lo llenó de besos.

   ─Te amo, Angi ─le dijo el joven médico─ te prometo que voy a cuidarte hasta el fin de los días. 

   ─Eres mi ángel de la guarda ─suspiró ella─ Espero que sigas pensando lo mismo cuando tengas que soportar mis caprichos y mi mal humor al levantarme...

   ─Sabes que nada de lo que puedas hacer podría molestarme. Jamás.

   ─Y tú sabes que me encanta escuchar eso. ¿Me prometes que pase lo que pase estarás siempre a mi lado?

   ─Lo prometo. Nada nos separará nunca.

   ─Me has hecho la mujer más feliz de todo el mundo.

  Oculto entre las sombras, un ser los vigilaba. Tenía una misión importante que debía cumplir. Su señora Oxana así se lo había ordenado.

  Todo estaba dispuesto para tender la trampa.

  El objetivo estaba en la mira, y no podían fallar. Lo único que debían hacer era eliminar el pequeño obstáculo que les impedía lograr con su cometido. Pero eso sería tan sencillo.

  Dante y su prometida decidieron volver. Querían anunciar su compromiso lo más pronto posible. Se dirigían hacia la casa de los padres de ella, cuando oyeron el grito ahogado de un hombre, que se encontraba a unos metros de distancia. Parecía estar herido.

   ─¿Me esperas aquí, Angi? Volveré enseguida ─le dijo Dante, al ver al hombre tendido en la calle- ni siquiera te darás cuenta de que me fui.

   ─Ve, y cúralo con tus manos milagrosas. No me moveré de este sitio ─y sonrió a su virtuoso enamorado. Tenía un alma noble y un corazón tan amable, que hubiera jurado que era un ángel si no lo conocía.

  El joven le besó la mano y corrió a ayudar al herido, sin sospechar nada de lo que ocurría a su alrededor. Mientras tanto, su amada lo aguardaba contemplando su anillo, haciéndolo brillar con el reflejo de las luces.

  Cuando el joven llegó con el hombre y se arrodilló junto a él, notó que éste lo contemplaba con ojos extraños y una sonrisa desfigurada. No estaba lastimado, en absoluto.

   ─¿Se trata de una broma? ─se enojó Dante.

  Entonces el siniestro sujeto alzó la mano y señaló a su prometida sin dejar de sonreír. El muchacho levantó la cabeza para mirar, y espantado, vio como un hombre salía de la nada, sacaba una daga y se la clavaba en el corazón.

   ─¡Noooo! ─gritó el joven, con desesperación, corriendo hacia ella─ ¡Angela!

  Él llegó justo a tiempo para que la muchacha se derrumbara en sus brazos, cubierta de sangre, y sin comprender nada de lo que había pasado.

   ─Te pondrás bien. Yo te curaré, ya verás. Todo va a estar bien —le aseguraba su prometido, acariciando su roja cabellera.

  Pero ella sabía que eso no era verdad y sus ojos se llenaron de lágrimas. Lo miró dulcemente y tocó su rostro, para después susurrar su nombre con su último aliento.

   ─Dante...

   ─¡Por favor, no te mueras! ─lloraba él desconsolado, sujetándola contra su pecho─ ¡No me dejes solo! ─el dolor en su alma resultaba insoportable, porque no había nada que pudiera hacer para salvarla. Absolutamente nada.

  Ella no despertó.



El ángel de la oscuridad¡Lee esta historia GRATIS!