Prólogo

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Miré hacia ambos lados de la habitación antes de cerrar la puerta con delicadeza, no quería que nadie me pillase, me moriría de vergüenza y seguro que dejaría de ser para ellos aquella niña inocente y dulce que se pensaban que era, pero para nada, estaban completamente equivocados, un chico me había arrebatado todo eso.

Tecleé la contraseña del Messenger y esperé repiqueteando los dedos en la mesa del escritorio, me moría de ganas de hablar con él. Repasé los contactos que tenía, tampoco eran muchos, y comprobé feliz que estaba conectado.

Asturiana16: Holaaa :)

Me mordí las uñas, siempre que me ponía nerviosa lo hacía, era una muy mala costumbre, lo sabía pero no podía evitarlo. El simple hecho de ver que estaba en línea hacía que mi corazón palpitara más deprisa, se había convertido en mi mayor adicción. La respuesta de él no tardó en llegar aunque a mí me pareció toda una eternidad.

Dr.21: Hola nena, ¿qué tal?

Me quedé con la mirada perdida por unos instantes, dudando si contarle mis problemas, me daba miedo resultarle pesada y que dejara de hablarme, me gustaba mucho cuando me piropeaba. Tecleé mis sentimientos en una sola frase, la sentía incompleta pero no quería que la barra de la pantalla parpadease mucho impacientándole, así que lo envié tal cual.

Asturiana16: Bueno... me siento algo sola aquí

Dr.21: Eso podría solucionarse jeje, pon la cam nenaaa, me gustaría mucho verte

Chasqueé la lengua, eso no iba a arreglar mi soledad. Necesitaba contarle por todo lo que estaba pasando, decirle la de noches que lloraba en mi cama sintiéndome la peor persona del mundo, deseando que se diera cuenta de lo mucho que le necesitaba. Pero no, todo eso no entraba en sus planes, solo entraban en los planes de una chica tonta e ingenua. Siempre, cada vez que hablábamos, la misma pregunta rondaba por mi mente ¿me querría de verdad?

Meneé la cabeza intentando disolver los malos pensamientos, producto de mi baja autoestima y mis malas vivencias, y le contesté de forma positiva dejándome llevar, como cada día.

Dos horas más tarde salí del Messenger con la misma sensación agridulce de siempre, me hacía feliz verle pero no estaba cómoda, no así. ¿Tanto era pedir que un chico me correspondiese como yo lo hacía con él? ¿Tanto era pedir sentirme especial para alguien? Me sentía defraudada, los libros que me gustaba leer relataban hermosas historias de amor, con chicos que corren bajo la lluvia y te declaran su amor desde tu ventana, ¿dónde estaban esos chicos?

Suspiré, sabía que aunque una parte de mí no estuviera contenta y quisiera más, ganaba la parte que se engañaba creyendo que algún día cambiaría y se daría cuenta de lo que sentía de verdad por mí, como en los libros...

Llevaba cerca de un año hablando con él y así como tenía el poder de hacerme feliz todo el día, también tenía el poder de amargármelo con cualquier acto o palabra que salía de mi canon del romanticismo, así era él.

A sus veintiún años había conseguido convertirse en la persona más importante para mí, tanto que cuando no podíamos hablar me dolía pero cuando hablábamos también, ¿qué ironía, no? Él era mi droga, sus palabras mi necesidad. Cada mañana que estaba en el colegio rezaba para que pasara rápido y poder llegar pronto para conversar con él, tenía la capacidad de transformar en color el día más negro que podía haber tenido. Aceleraba el paso todo lo que podía de camino a casa, mi mente solo pensaba en él, en volver a ver esa sonrisa que me volvía completamente loca.

Ya en casa comía de forma apresurada, pero intentando no llamar la atención de los demás. Cuando terminaba, decía que iba a hacer los deberes pero en realidad lo primero que hacía era encender el ordenador y conectar el Messenger, los deberes podían esperar.

Tengo que admitir que me encantaba, cada vez que le veía por la pantalla hiperventilaba y las piernas me temblaban. «No me lo merezco, Dios, es tan guapo» pensaba, no me podía creer que semejante chico hablara conmigo. Todo en él inspiraba peligro aunque tenía un rostro bastante juvenil debido a su edad.

Para mi desgracia, ese peligro que irradiaba por cada poro de su piel iba de la mano de no arriesgarse en cuanto a relaciones se refiere, odiaba el romanticismo. Lo que me hacía seguir hablando con él eran los continuos piropos que recibía por su parte sobre mi aspecto físico, del cual no estaba yo del todo conforme, no me veía nada del otro mundo, nada especial.

Cada vez que intentaba atraer su atención con alguna palabra bonita o diciéndole lo que sentía por él, él cambiaba de tema o me llevaba a su terreno. Como de costumbre se salía con la suya y yo cedía, siempre caía.

El problema es que ese día había llegado muy lejos, tanto que se me había escapado de las manos y había terminado siendo el día más humillante y vergonzoso de toda mi vida.

"Te arrepentirás toda tu vida" sus palabras llenas de odio resonaban en mi cabeza como si fuera un disco rayado, haciéndome recordar todo lo sucedido. Miradas incómodas y llenas de sorpresa, llantos, odio, adiós ordenador, adiós ese cariño que necesitaba.

«¿Por qué me has hecho esto?» pensaba todo el rato, me daba miedo que todo saliera a la luz, que todos supieran el tipo de persona que era, que me juzgasen más de lo que ya lo hacían.

Los siguientes días en el colegio fueron un infierno, no por lo que me podían decir o hacer, si no por lo que podrían pensar de mi o enterarse, sus miradas llenas de desaprobación o asco eran mis peores pesadillas cada noche, me despertaba empapada de sudor y con el corazón latiendo a mil por hora. Pasaba cada hora de clase en vilo, escuchando desde lejos todo lo que decían entre ellos mis compañeros, rezando para que no se enterasen de lo que había pasado, que no les llegara a ellos también...sabía perfectamente que sería la guinda de mi negro pastel y no podría levantar cabeza, si es que eso era posible.

Nunca había pensado que todo acabaría así, la verdad es que no fui consciente de los peligros a los que conllevaba jugar con fuego, joder, me había quemado de verdad. Ese día juré que nunca más me sentiría como un juguete, que nunca más haría cosas estúpidas ni caería por muchas palabras bonitas que me dijeran, sería fuerte. Quise, con todas mis fuerzas, dejar de ser la niña inocente e ingenua que se creía todo lo que le decían, quería ser de esas súper mujeres que tenían el poder y conseguían que los hombres cayeran ante sus pies, no al revés.

«Madura de una vez» me advirtió la voz de mi conciencia. No me permitiría un error más.

Decidida, encendí el ordenador pero de forma diferente, esta vez estaba dispuesta a dejar atrás mi pasado y comenzar una nueva vida, sin él. Lo tenía claro, el primer paso era alejarme de aquello que me estaba haciendo más daño. Había que hacerlo, tenía que intentar controlar mis sombras partidas.

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