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Se acercó hasta posicionarse frente a mí, luego se agacha y me impone su profunda y penetrante mirada. Osa, sin previo aviso, posar su mano sobre mi rodilla llenándome en pocos segundos de una sensación agradable y hasta fascinante que de antemano sé sólo él es capaz de infundir en mí, y, una vez acomodado, agrega—: Pero ni aún en este estado dejas de verte adorable.

Mi ritmo cardiaco se disparó en cuanto sus palabras fueron absorbidas por aquella parte de mí que se deleita sólo con su cercanía, alimentándola, llenándome con un flujo de sentimientos que se convirtieron, en poco tiempo, en aquella anestesia que mi alma tanto anhelaba, una completamente efectiva en comparación con la reducida cantidad de alcohol ingerido y que ni siquiera disfruté.

Su presencia actúa en mí, en estos instantes, como medicina, una que temo se vuelva adictiva por el mismo hecho del peligro que correría dependiendo de ella, pero que, a la vez, es imposible de rechazar.

—Sé que me extrañabas, pero no pensé que hasta el punto en que llorarías por mí, florecita —añade, esbozando una lastimera sonrisa.

No alcanzo a aborrecer el comportamiento infantil que de seguro captan sus ojos, ni de sentir vergüenza alguna por ello, porque, aunque sí bien el bochorno m ha vuelto presa, éste más bien brota y se expande con rapidez debido a aquel toque lejano que fue aproximándose hasta mi rostro en movimientos lentos y cautelosos hasta alcanzar mis mejillas humedecidas, entonces, las acaricia y las seca con una delicadeza tal que casi parece como si deseara desterrar mi tristeza.

Apoya una de sus rodillas en el asfalto, sin apartar su mirada de mí, y yo, por mi parte, rehúyo de la suya en cuanto me percato de que el enfoque de su visión se había desviado hacia mis labios de forma imprevisible.

Gracias a que aún sostiene mi rostro con ambas manos es que noto su acercamiento. Mi nerviosismo incrementa con sólo deducir sus intenciones y una intranquilidad latente comienza, debido a ello, a domar cada centímetro de mi ser. Un calor leve pero para nada molesto se apodera de la totalidad de mi cuerpo y sé muy bien que es irradiado por mis mejillas, trasmitiéndoselo a él a través de sus extremidades, dándole así la seguridad de que he inferido de su proximidad lo que está buscando, pero aun sabiendo esto último no me amedrento, y es más, hasta me esfuerzo en cooperar tratando de alcanzar las expectativas que denotó su cercanía devolviéndole la mirada, y, posteriormente, cerrando sutil y gradualmente mis ojos, esperando que esta acción fuera demostración suficiente de que tenía mi completa aprobación para indagar físicamente cuánto quisiera.

La conmoción apaga aquellos chispazos peligrosos que se esforzaban por iniciar un incendio dentro de mí cuando el contacto que esperaba fue percibido por la zona de mi frente.

Abro los ojos abruptamente encontrándome con su barbilla puesto que aún no despegaba sus labios de mi piel. La frustración y la vergüenza me abrasaron sin compasión alguna en reemplazo del beso fogoso que esperé y que no fue.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora