Marzo, 2016 (II)

951 148 35

Regresamos a casa sobre las siete de la tarde, con la cabeza centrada en la cena. Había sido un día agotador; les había llevado a ver la catedral, el Museo de Mánchester, la Manchester Art Gallery y, básicamente, todo el centro de la ciudad, por lo que estábamos agotados y, en esencia, para el arrastre. Me sorprendió que Dorian, después de casi tres años viviendo en la ciudad una media de nueve meses al año, no hubiera visitado nunca esos sitios, pero tampoco le di demasiadas vueltas. No a todo el mundo le gustaba perderse por las ciudades como a mí.

No se molestaron en cocinar, ni yo tampoco. Nos dejamos caer en el sofá de cualquier manera y encargamos la comida por teléfono, como buenos universitarios. Ellos se hicieron un ovillo en el sofá pequeño, mientras que yo me senté cerca del reposabrazos del sofá grande, lo más alejado de ellos que pude, e intenté sentirme lo menos incómodo posible mientras se acurrucaban.

Dio igual cuánto lo intentara. Fue muy incómodo. Mucho. Y cuando finalmente comimos y se fueron a la habitación de Dorian, el alivio que sentí al poder dejar de verles abrazarse fue inmenso. Eran demasiado pegajosos.


Llevaba un rato viendo la televisión a oscuras y estaba a punto de irme a dormir cuando Dorian regresó al salón. Miré tras él, esperando ver aparecer la silueta de Isabelle en cualquier momento, pero fue algo que no pasó. Dorian pareció darse cuenta de mi confusión, porque me sonrió con cansancio a la vez que se sentaba. A mi lado. En mi mismo sofá.

—Está durmiendo —me dijo. Yo asentí, intentando asimilar toda aquella situación de golpe. Si Emily hubiera aparecido de repente anunciando que se mudaba a Miami con Scott, me habría parecido menos raro que ver a Dorian buscando conversación conmigo por voluntad propia, a las doce de la noche y teniendo a Isabelle en el dormitorio.

—¿Y cómo es que tú no? —le dije, sonriendo un poco a la vez que me giraba hacia él. Había apoyado la espalda en el respaldo y echado la cabeza hacia atrás, con la mirada fija en el techo. Llevaba los mismos pantalones de Batman que la primera noche que pasamos en el piso, y una camiseta negra que le habría marcado los músculos de haber tenido alguno. Cuando suspiró, procuré volver a centrarme en la conversación. O lo que fuera aquello.

—No puedo.

—Ah.

Nos mantuvimos en silencio un par de minutos que, si bien no fueron cómodos del todo, tampoco fueron realmente incómodos. Yo alternaba la mirada entre la televisión y mi compañero mientras él fingía que le interesaba el programa que había dejado puesto, uno de operaciones estéticas que salían mal y otro médico se encargaba de arreglar.

—¿Estás bien? —le pregunté al fin, cuando el silencio se extendió demasiado. Dorian se incorporó un poco y se pasó una mano por el pelo, mientras comenzaba a mover la pierna izquierda de forma rítmica.

—No —admitió, un momento después.

Tuve que hacer un esfuerzo para que no se me notara en la cara lo sorprendido que estaba por recibir una respuesta tan directa. Estaba siendo una noche demasiado rara. Intenté sonreírle de forma tranquilizadora y me incliné un poco hacia él, con el codo apoyado en el respaldo del sofá.

—¿Qué pasa?

Su primera respuesta fue encogerse de hombros, pero cuando vio que yo no decía nada apretó levemente los labios, se inclinó hacia la mesa y comenzó a recoger con el dedo las migas de pan que habían quedado sobre ella por culpa de nuestra cena.

—Es Isabelle. —Yo me mantuve en silencio, a la espera de que ordenara sus pensamientos y continuara. Desde mi posición no podía verle la cara, pero estaba seguro de que sería la viva imagen de la incomodidad—. Bueno, ya la has visto.

—Ya...

—Creo que el problema es mío, en realidad —admitió. Estábamos a oscuras y la luz del televisor hacía que su pelo pareciera azul a ratos—. No sé... Es normal, ¿no?

—¿El qué?

—Lo que hace. Tiene novia, es normal que le preste atención.

El ritmo al que recogía miguitas de pan aumentó considerablemente. Yo, por mi parte, tuve que resistir el impulso de peinar el pelo de su nuca con los dedos e intentar tranquilizarlo con una cercanía física que no estaba seguro de que fuera a aceptar.

—Supongo —acepté—, pero hay un momento para todo. La otra tía no se va a morir porque no hable con ella en dos días.

Un nuevo suspiro por parte de Dorian hizo que me animara a ponerle la mano en la espalda, un gesto que me pareció mucho más adecuado. Le di un par de palmaditas y la dejé ahí, sintiendo los huesos de su columna y cómo su espalda se movía con cada respiración.

—Mira, es sólo mi opinión, pero creo que tienes derecho a que te moleste y que deberías hablar con ella. No sería la primera amistad que se va a la mierda porque una de las partes empieza a salir con alguien y se olvida de la otra —comenté, omitiendo el dato de que me había pasado. Es más, me estaba pasando en ese mismo momento, con Noah—. Y tenéis una amistad demasiado bonita como para dejar que eso pase —añadí, con la esperanza de que mi voz no reflejara la envidia que sentía en el fondo.

Había acompañado mi breve discurso con leves caricias en su espalda. Dorian giró el rostro hacia mí cuando terminé de hablar, y sé que parte de mi cerebro se desconectó en ese momento. O tuve un amago de infarto. O algo así. No sé. Pero lo disimulé bien y le sonreí. Creo que nunca habíamos estado tan cerca. A la luz del televisor, sus ojeras parecían casi negras.

—Gracias por venir hoy —me dijo—, habría sido un infierno si no hubieras venido.

En ese momento me devolvió la sonrisa.

A estas alturas ya ha quedado claro que Dorian no es precisamente el alma de las fiestas y que sacarle de su inexpresividad es todo un logro, así que es bastante obvio lo que esa sonrisa significó para mí. Fue como un pequeño regalo de cumpleaños, y sé que tardé más de lo que se considera normal en responder.

—A mandar.

Sé que, de no haber sido por esa parte de mí que me gritaba que Dorian estaba demasiado vulnerable como para intentar nada con él, le habría besado en ese momento. Por suerte le hice caso, ya que sabía que si Dorian aceptaba un acercamiento sería a causa de la necesidad de sentirse importante para alguien y no porque realmente lo quisiera. No era un buen momento.

Así que le apreté un poco los hombros en un medio abrazo cariñoso y me aparté de él.


Notas

Os recuerdo que podéis seguirme en mis redes sociales y apoyar mi trabajo económicamente en mi página de ko-fi, tenéis los enlaces a todo en mi perfil. Como siempre, si os ha gustado el capítulo os invito a que votéis, comentéis y lo compartáis. Espero que hayáis disfrutado la lectura y nos vemos en el siguiente. ♥

R. E. M.¡Lee esta historia GRATIS!