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—No. —repitió con toda la paciencia del mundo—. ¿Quieres tentar al destino?

Ella no le contestó.

—Jo, no quiero ser la causa de tu muerte. No dejaré que te suicides.

—No dije que quisiera morir. —Se cruzó de brazos, como una niñita caprichosa.

—Eso me pareció, cuando me lanzaste ese manotazo al rostro. —Dante permanecía inalterable y hablaba con dulzura, aunque eso no tenía el menor efecto en ella, que se había empecinado como la testaruda taurina que era.

Jo miró hacia sus pies, haciendo un esfuerzo por enojarse con aquella perfecta criatura, sin conseguirlo. Dante le parecía cada vez más y más humano, pero también más y más hermoso a medida que lo iba conociendo. Más que nada, se hizo la enfadada, pero no lo convenció. ¿Cómo sabía que no lo estaba? ¿También era un adivino? No. Se debía a que era una pésima actriz.

—No quiero que nada te pase —le aseguró, acercándose otra vez—. Solo intenta verlo desde mi punto de vista. ¿Te arriesgarías a ponerme un dedo encima si tuvieras la duda que yo tengo? ¿Si existiera la posibilidad de que esa mínima acción acarreara mi destrucción? ¿Si supieras que no volverías a verme jamás después de hacerlo? ¿Si...

—¡No! —gritó la joven y luego suavizó la voz—. No sería capaz de hacerlo.

—¿Entonces, me entiendes?

Ella respondió haciendo un mohín:

—Entiendo. Pero eso no quiere decir que no quiera arriesgar mi pellejo. que no pasará nada.

—¿Y si te equivocas? —Ella evitó su mirada. Sabía que él tenía razón, pero no quería dar el brazo a torcer.

—Supongo que te sentirías un poco culpable.

—¿Un poco culpable? Eso sería quedarse corto. Me sentiría total y absolutamente devastado —confesó.

—¿En serio? —Se alegró la chica—. ¡Wow! ¿De verdad? ¿Devastado? ¿No estás siendo un poquitín exagerado?

Dante la miró muy seriamente. Tanto, que logró intimidarla. No exageraba. Había hablado demasiado en serio.

Permaneció pensativo durante unos minutos. Ella no se atrevió a interrumpirlo. ¿Qué estaría pasando por su cabeza?

Estaba a punto de confesarle una de las tantas cosas que le había ocultado. No tenía sentido seguir guardándolo por más tiempo.

—Hay algo que nunca te dije, y que creo que deberías saber. Es acerca de ti... y de mí, de porqué me he quedado contigo —empezó a decir él, con lentitud y mirando el suelo.

Después, Joanna vio que metió la mano dentro de su camisa y se sacó una fina cadena del cuello. Había algo redondo y brillante colgando de ella.

—¿Qué es eso? ¿Un anillo?

Él lo sostuvo en alto, para que ella pudiese verlo. Era tan fino y delicado que la enterneció. Debía tratarse de un verdadero tesoro para que él lo llevara puesto todo el tiempo.

Dante le explicó:

—Este anillo es lo último que me queda de mi vida como mortal. Es el mismo que le di a Ángela el día de nuestro compromiso. Su anillo.

Jo lo miró petrificada. ¿Qué otra cosa podría ser, sino el anillo de su amada prometida muerta?

—Es realmente hermoso, pero no entiendo. ¿Qué tiene que ver conmigo?

El ángel de la oscuridad¡Lee esta historia GRATIS!