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      Joanna estaba tomando sol en el parque cuando sintió la voz de Jofiel. Se oía un poco perturbado.

Jo, ha pasado algo. Tienes que ir al hospital en el que está internada tu tía.

Ella no dijo nada, pero su rostro se puso tenso. ¿Le habría ocurrido algo a ella?

Evan se cayó de una escalera y se golpeó la cabeza.

—¡Evan!

Se levantó de golpe y salió corriendo a buscar un taxi. Siempre había temido que él tuviera un accidente, pero pensaba que el peligro lo acechaba cuando iba tras el volante. No que se caería de una escalera, ni nada parecido.

Estará bien —le aseguró Dante.

Jofiel dijo:

Sí, Jo. No te preocupes. No lucía tan mal, a pesar de la sangre.

—¡¿Sangre?!

Pese a lo que dijeran, ella no se tranquilizaría hasta verlo con sus propios ojos. No es que no confiara, pero tenía que comprobarlo ella misma. Jofiel no ayudaba en nada con sus comentarios.

Llegó al hospital y se encontró con Violeta en la sala de espera.

—¿Cómo está? —Su amiga se sorprendió ante su presencia.

—¿Cómo lo supiste? ¿Chris te llamó?

La joven negó con la cabeza. Entonces su amiga supo que el informante había sido otro.

—¿Se encuentra bien?

—Sí. Le han sacado radiografías y no se ha hecho ningún daño grave. Aunque el doctor dijo que debemos mantenerlo bajo vigilancia durante las próximas horas.

—Esta noche tendrá que quedarse con nosotras.

—¡Sí! —gritó Violeta. Una monja que estaba sentada en uno de los asientos de la sala la miró con seriedad, y le hizo una seña para que bajase el tono. La joven se avergonzó—. Perdón, hermana.

—¿Dónde está ahora?

—Vendrá en unos minutos. Chris está con él. El médico le prescribió unos analgésicos para el dolor. No te asustes por la venda. Solo se hizo una cortada, nada grave.

—Bien. —Ya estaba avisada—. ¿Me esperarías unos momentos? Hay alguien a quien quiero visitar.

—Sí, claro. Él estuvo con ella hace un rato —Ella sabía que Jo se refería a su tía Bárbara, la madre de Evan.

La joven subió hasta el quinto piso y buscó la habitación. Se detuvo frente a la puerta, preguntándose si realmente quería entrar allí. No la había visto desde que había tenido ese horrible accidente y cayó en estado de coma, hacía varios años. Era probable que jamás despertase, pero su tío insistía que mantenerla con vida. Se negaba a dejarla partir. Evan nunca estuvo de acuerdo con él y por eso habían discutido millones de veces. Sabía que ella no volvería. Su cerebro tenía un daño irreversible.

La habitación estaba en silencio. El único sonido era aquel producido por los aparatos que mantenían a la mujer en un estado de vida suspendida. Jo caminó hacia la cama y la observó. No se parecía en nada a esa persona que había conocido. Su tía había sido como Evan en muchos aspectos. Había poseído una alegría que contagiaba a los demás y siempre había sabido hacer sentir bien a la gente, con su sentido del humor tan especial.

El ángel de la oscuridad¡Lee esta historia GRATIS!