Capítulo 11: Reencuentro

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Al fin era lunes, y cerca de las siete de la noche cuando Adriano apagó su auto en el estacionamiento de "Le Cordon Bleu"

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Al fin era lunes, y cerca de las siete de la noche cuando Adriano apagó su auto en el estacionamiento de "Le Cordon Bleu". El lunes era el único día en que "The Oak Room" no atendía al público, por lo que era una oportunidad para todos los trabajadores de descansar y arreglar algunos asuntos. Ese día Adriano se encargó de dejar todo en perfecto orden, supervisó los pedidos de insumos del restaurante, hizo una inspección y asistió a una reunión en la mañana. Así que iba a tener la noche libre para poder quitarse el estigma del ingrato y visitar a su primera maestra de cocina.

No pudo ocultar una sonrisa cuando entró y vio que algunos alumnos ya salían de sus clases. Se recordaba a sí mismo con ese uniforme de cocina saliendo entre amigos y comentando lo que habían hecho ese día. Aquellos días en la escuela de cocina fueron muy felices para él, aprendió mucho, se divirtió e hizo valiosas amistades, como la chef Helda. Casi no recordaba cuanto tiempo llevaba sin verla o sin conversar con ella siquiera por teléfono, quizá dos años a más. La culpa por haber sido tan ingrato lo estaba haciendo sentir peor en los últimos días, así que esa sería una perfecta ocasión para retomar el contacto.

Subió al ascensor, a su mente regresaban imágenes de esa primera clase de cocina donde conoció a la chef. Todos lucían bastante tímidos, incluso para encender el fuego de la estufa. Pero él desde el primer día mostró su talento para la cocina adelantándose a las clases y recetas. Estaba casi todo el tiempo al lado de la chef como si fuera su asistente, ella le corregía algunos detalles, le enseñaba algunos trucos y le daba tips para mejorar. Después todo se le hizo más fácil en los otros cursos, Adriano siempre admitía que si era buen cocinero era gracias a ella.

Bajó del ascensor y caminó hacia la enorme aula de cocina básica. Estaba mejor de como la recordaba, más amplia y con nuevo equipamiento. De lejos vio a la chef Helda de espaldas, estaba revisando unos papeles y no advirtió la presencia del visitante. Solo hasta que escuchó unos golpecidos en la puerta de vidrio.

—¿Se puede? —preguntó él sonriente.

—No puedo creerlo —dijo ella emocionada al verlo otra vez—. Es el chef Hartmann, mi hijo pródigo.

—Siento tanto no haber venido antes, he sido muy idiota —dijo con tristeza mientras se acercaba a ella.

—Nada de eso, Adriano. Has estado muy ocupado, eso es todo. ¡Ven acá a darme un abrazo!

Se acercaron ambos a la vez y se abrazaron fuerte. La mujer no pudo ocultar su emoción al volver a verlo. Era ya mayor y no tenía hijos, pero él había sido como uno de verdad. Adoraba a su muchacho, ella estuvo presente en cada uno de sus triunfos hasta que poco a poco él se fue alejando. Pero ya no importaba eso ni quería culparlo, solo le importaba que él había ido a visitarla ese día. Él también la extrañó mucho, de todas las personas que había conocido ella era quien más entendía su pasión por la cocina. Y aunque se estaban reencontrando, la culpa por haberla dejado de lado tanto tiempo seguía presente.

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