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Había decidido corromper mi moral desentendiéndome de mis valores.

Mi andar frenético e inconsciente me había llevado hasta la parada de autobús. Estando una vez allí, con mi mente totalmente nublada, también un tanto perdida y sofocada por esa sensación agría y desgraciadamente ya tan familiar de un vacío abismal colmándome, tomé un microbús sin haber dilucidado verdaderamente un destino fijo.

Y es que, es difícil, pensar en un sitio al cual acudir cuando uno mismo siente que no hay lugar al que pertenecer. Estando tan fuera de sí, nada ni nadie parece lo suficientemente capaz de aceptarte porque ni tú mismo sabes quién eres. Justo como yo, siempre, justo como yo, tratando de convencerme durante todos estos años de que no era así.

Todos mis sentidos estaban alterados, y mi razonamiento totalmente perturbado por lo que no me quedó más alternativa que dejarme guiar por la necesidad de descontrol que se había atiborrado dentro de mí durante el paso de todo este tiempo, aquella misma que había sido encarcelada en lo profundo de mis deseos denegados, merodeada por la mismísima personalidad comedida que adquirí sólo por el afán casi enfermizo de perseguir y obtener aquel preciado orgullo de padre del que todo hijo depende para seguir subsistiendo en paz y del cual también desea jactarse frente a los demás para asegurase a sí mismo de que lo ha obtenido.

Traté de dejarme llevar por la corriente insensata que fluía torrentosa dentro de mí, eludiendo por completo mi anhelo por no decepcionar a los demás, mismo que ha estado agobiándome desde esa memoria imperecedera hasta llevarlo a un extremo y del que, además, sé que no podré deshacerme jamás porque ya es inherente a lo que finjo ser.

Añoré beber de un frágil cristal, agitar el hielo removiendo el vaso y quemar mi garganta con cualquiera de esos líquidos que tanto detesto sólo para perder un poco de conciencia, para hacerme entender a la fuerza lo que es realmente hallarse fuera de sí.

Pero mi plan no resultó como esperé, tampoco es que lo hubiese premeditado.

Sabía que cerca de la universidad se encuentra uno de esos casi extintos pero amenos barrios bohemios que la noche se encarga de transformar en sitios rumberos y festivos una vez que se abren las cortinas metálicas de los bares y centros de entretención nocturnos, y lo sabía bien porque Sophie se ha encargado de detallarme sus frecuentes visitas a esos lugares, y, para mi buena fortuna, mi memoria había grabado la ubicación de uno de ellos.

Sinceramente, la noche estaba a mi favor.

No me importaba la impresión de lunática que dejé apreciaran los desdichados que tuvieron la desventura de toparse conmigo, después de descender del microbús, mientras caminaba a paso tosco y acelerado por las calles que me llevaban hacia el sitio que mi mente había imaginado. Me abrazaba a mí misma, sin lograr del todo mi objetivo, porque el frío intentaba hacerlo también, sólo que me recordaba, a la vez, al sentimiento gélido que congelaba a mi corazón.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora