Cuento del terrateniente

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En Armórica, como se llamaba Bretaña entonces, vivía un caballero que amaba a una dama a la que servía lo mejor que sabía. Antes de conseguirla, realizó una serie de tareas y emprendió grandes cosas. Pues, señores, ella era la más hermosa de las mujeres bajo el sol. Además, pertenecía a una familia tan encumbrada, que el caballero apenas si se atrevía a revelarle toda su pena, sufrimientos y ansias. Pero al final, gracias a su valía y especialmente a sus múltiples y humildes atenciones, ella se apiadó de su sufrimiento y tácitamente consintió en tomarle por esposo y dueño (es decir, con esta especie de dominio que los hombres tienen sobre sus esposas). Y con el fin de vivir juntos más felizmente, él voluntariamente juró por su fe de caballero que mientras viviese, nunca ejercitaría su autoridad en contra de los deseos de ella, ni mostraría celos, sino que la obedecería y cumpliría sus deseos en todas las cosas como lo haría cualquier enamorado con su dama. Sin embargo, para mantener el honor de su condición de marido, él, en apariencia, seguiría siendo el dueño.

Ella le dio las gracias y le dijo con gran humildad:

—Señor, ya que con vuestra magnanimidad me ofrecéis unas riendas tan sueltas, ojalá Dios permita que jamás haya disputa o desacuerdo entre los dos por culpa mía. Aquí, pues, señor, os doy mi palabra de honor: seré vuestra esposa humilde y fiel hasta la muerte.

Por lo que ambos vivieron juntos en paz y sosiego.

Pues, caballeros, hay una cosa que puedo afirmar con toda seguridad: los enamorados que desean vivir juntos por cualquier periodo de tiempo, deben someterse el uno al otro. El amor no debe ser limitado por el dominio. Cuando aparece el dominio, el dios del Amor despliega sus alas y, en un abrir y cerrar de ojos, desaparece. El amor es una cosa tan libre como el espíritu.

Las mujeres, por su propia naturaleza, ansían y anhelan la libertad; no desean verse como esclavas, y, si no me equivoco, los hombres tienen idéntico modo de pensar. En amor tiene la ventaja el que es más paciente. La paciencia es, en verdad, una virtud soberana, pues, de acuerdo con los estudiosos, conquista allí donde la severidad no consigue nada en absoluto. No se debe reprender o gruñir a cada palabra áspera. Aprended a tolerar, o tendréis que aprenderlo a la fuerza; lo juro, tanto si lo queréis como si no, pues no hay nadie en todo el mundo que no se porte mal en alguna ocasión. La ira, las enfermedades, la influencia de las estrellas, el vino, la pena o un cambio de humor provocan muy a menudo que uno haga o diga lo que no debiera. No se debe tomar venganza por cada entuerto. Todo el mundo sabe cómo tener dominio sobre sí, debe practicar el refrenarse, según las circunstancias. Y, por tanto, para poder vivir en armonía, este juicioso y digno caballero prometió paciencia mientras ella le prometía con la máxima sinceridad que jamás se encontraría en falta.

Aquí puede verse un convenio modesto y sensato. Ella le tomaba por servidor y dueño (en amor, su servidor; pero su dueño, en el matrimonio). De este modo él era a la vez dueño y sirviente. No, no sirviente, sino con dominio superior, ya que él tenía tanto a su dama como a su amor. Ciertamente ella era su dama, pero también su esposa; y esto de acuerdo con la ley del amor.

Habiendo alcanzado esta felicidad, se marchó a su casa con su esposa a vivir en su propia tierra, no lejos de la punta o cabo Penmarch, donde tenía su residencia, y allí vivió en plena felicidad y goce. ¿Quién, si no es un marido, puede relatar la alegría, la tranquilidad y la comodidad que comparten un marido y su mujer? Este estado feliz duró más de un año, hasta que este caballero del que hablo (su nombre era Arveragus de Caerrud) decidió ir a vivir un par de años a Inglaterra —que también se llamaba Bretaña— en busca de honores y nombradía en hechos de armas, pues todo su corazón estaba puesto en tales hazañas. Allí, dice el libro, vivió durante dos años.

Ahora dejaré de hablaros de Arveragus y os contaré de su mujer Dorígena, que amaba a su esposo con todo su corazón. Ella lloraba y suspiraba durante su ausencia, como suelen hacerlo las damas nobles cuando están enamoradas. Se afligía, considerando la separación, y se quejaba, ayunaba y se lamentaba; estaba tan atormentada anhelando su presencia, que nada de lo que hay en el mundo le importaba en lo más mínimo. Viendo su humor triste, sus amigas la consolaban como podían; la exhortaban día y noche diciéndole que se estaba matando sin razón alguna. Se ocupaban en darle todo el consuelo que podían darle en aquellas circunstancias para que abandonase su melancolía.

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