Capítulo 10

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Hongki disimuló su sorpresa, su conmoción. No era fácil, estaba seguro de que le ocurría lo mismo a Jaejin. Ella había intentado fingir un orgasmo. No podía creerlo; apartó los dedos del apretado orificio de su vagina, sintiendo las contracciones en el suave tejido. Se apartó mientras se esforzaba en atemperar su ira.
No podía creer que ella se hubiera atrevido a hacer algo tan imprudente, tan innecesario. En lugar de ceder a sus propios deseos, a las demandas de su cuerpo para liberarse del control que tanto defendía, había fingido un orgasmo tan evidentemente falso que hubiera querido apalearla sólo por intentarlo.
Hongki levantó la mirada y la fijó en ella. Estaba mirando el techo, con expresión tensa, su cuerpo estaba rígido por el nerviosismo y el deseo no satisfecho.
Tenía razón en estar nerviosa. Hongki encontró la mirada de Jaejin y vio en sus ojos la misma cólera que él sentía crecer en su interior.
—Dejadme ir ahora —dijo con voz  fría, tranquila, como si un momento antes no hubiera suplicado que la follaran, como si no hubiera temblado en sus brazos mientras estaba a punto del orgasmo.
Lentamente, Hongki le hizo una señal con la cabeza a su hermano y vio que apartaba sus grandes manos de los pechos ruborizados por la pasión que acababa de acariciar. Los pezones de Tally estaban duros, enrojecidos; su excitación aún no había desaparecido. No sólo los había engañado a él y a Jaejin, sino también a sí misma, y de tal manera que él se preguntaba con qué frecuencia lo había hecho antes. Era una jugada hábil, que no hubiera notado un hombre de menos experiencia, pero él sí, y aunque no fuera el momento de obligarla a abandonar el control que tanto luchaba por mantener, estaba seguro de que pronto lograría que ella hiciera eso y mucho más.
Hongki se puso lentamente de pie. Ella se alejó de Jaejin, tomó su blusa del respaldo de la silla y se la puso. Sus manos temblaban; su pelo largo estaba enredado y sus mejillas sonrojadas, tanto por la cólera como por el anhelo. Permanecía cabizbaja, pero él podía ver las emociones que se reflejaban en su rostro, el miedo y la vulnerabilidad, la lucha por recuperar el control. Ella y su maldito control, ya había tenido bastante de eso.
—¿Piensas que soy tan idiota, Tally? —le preguntó suavemente.
Ella detuvo sus intentos de abotonar su blusa, permaneció inmóvil ante él, buscando desesperadamente alguna buena explicación.
—No te molestes en mentirme, Tally —le levantó la barbilla para poder mirar fijamente aquellos increíbles ojos castaños y por primera vez notó una vulnerabilidad que nunca hubiera imaginado encontrar en ella—. Dime por qué.
Ella tragó fuerte antes de poner distancia entre ellos; rápidamente se abotonó los botones restantes de su blusa y metió los pies en sus zapatos.
—Me marcho —su voz era ronca, con remanentes de deseo y temor—. No volveré.
Él se cruzó de brazos mientras Jaejin se acercaba a ella.
—¿Realmente piensas que huir te servirá de algo, Tally? —le preguntó Jaejin con gentileza. Hongki podía sentir la necesidad de actuar de su hermano, de aliviarla, de alejar de ella el dolor y el miedo que podían ver en su cara.
Ella levantó la cabeza, la furia tiñó sus facciones por un breve momento antes de que se posesionara de ellas una fría burla.
—Qué arrogancia —exclamó con desdén—. No estoy huyendo, simplemente no me interesa ahora. Lo intentasteis y fallasteis. Demasiado mal, qué lástima —se encogió de hombros descuidadamente—. No pasa nada.
Entonces levantó su cabeza con orgullo y, aunque Hongki pudo sentir su necesidad de hacer una salida elegante, prácticamente corrió hacia la puerta.
—¿Tally, de verdad piensas que esto se acabó? —él la siguió, deteniéndose en la puerta y viendo cómo tomaba su bolso del escritorio.
Cuando ella se volvía para responderle, se abrió la puerta exterior y entraron Jesse y Terrie, quienes se detuvieron y miraron a Tally asombrados. Jaejin observó el horror que se reflejó brevemente en su rostro antes de que se abalanzara sobre ellos y saliera de la oficina.
—¡Maldición! —exclamó Jaejin con furia mientras se dirigía hacia la puerta.
—Espera —le advirtió Hongki—. Déjala ir ahora.
—¿Qué diablos ha pasado aquí? —Preguntó Terrie apartándose de la puerta, con la cólera encendiendo su cara—. ¿Qué le habéis hecho?
—No lo suficiente, sospecho —Hongki pasó sus dedos fatigosamente entre sus cabellos mientras se giraba hacia Jaejin—. Asegúrate de que llega bien a casa. Estaré allí más tarde.
—No debiste dejarla ir —dijo bruscamente Hongki, sus ojos verdes brillando con una fría ira—. Maldición, Hongki, ella no se encontraba bien como para salir de aquí.
—No estaba en condiciones de luchar —suspiró Hongki—. Síguela a casa. Decidiremos qué hacer más tarde.
Jaejin salió de las oficinas y Hongki se volvió para enfrentarse a la preocupación de Terrie y Jesse.
–Tú y yo tenemos que hablar —le dijo a Terrie—. Obviamente hay algunos detalles sobre tu amiga Tally que olvidaste mencionar en estos meses pasados. Creo que sería una buena idea que me los dijeras ahora.
* * * * *
Se había comportado como una idiota. Tally aceleró al salir del aparcamiento de la compañía; estuvo a punto de arrollar a un empleado que entraba cuando tomó una curva y enfiló hacia la carretera.
Aspiró profundamente, luchando contra el exceso de emoción que pugnaba por salir. Necesitaba gritar o rabiar o algo. Nunca se había sentido así. Nunca antes un orgasmo la había eludido completamente de tal modo. Con frecuencia sus orgasmos no eran muy satisfactorios, apenas saciaban un poco su hambre, pero raras veces había fallado en alcanzar cualquier tipo de alivio, y con tan horribles resultados. Ellos se dieron cuenta. Sus dedos apretaron el volante mientras el miedo y la humillación la inundaban. Ellos sabían que ella había fingido el orgasmo, que había sido incapaz de alcanzarlo a pesar del placer feroz que la devoraba.
Dios, se había sentido tan bien. Sus manos, sus bocas, los labios de Hongki en su clítoris, su lengua que frotaba el aro de oro que lo atravesaba. Nunca en su vida había sentido un placer semejante, ahogándola, sensibilizando cada nervio y célula de su cuerpo hasta que la necesidad de correrse la había consumido. Cuanto más se había esforzado en alcanzarlo, más se había alejado.
Ahora estaba ardiendo. Su falda estaba manchada sin remedio con sus propios jugos, y horriblemente arrugada. Las arrugas eran un signo de desaliño, tanto de mente como de aspecto; las monjas de la escuela católica en la que había estudiado le habían insistido una y otra vez sobre ese punto. Su blusa ni siquiera estaba bien abotonada. Apretó los dientes para acallar el impulso aplastante de gritar de mortificación.
Años y años de control cuidadoso, de pensar cada movimiento que hacía, controlando cada impulso oculto y mostrando un aspecto firme y tranquilo habían sido destrozados por las manos de dos hombres que ahora conocían su secreto más vergonzoso.
Ella necesitaba el dolor.
Un gruñido de furia escapó de sus labios antes de que ella pudiera estrangularlo en su garganta, forzándose por controlar su furia interna. Por desgracia ellos eran dominantes. Troyanos. Eran parte de ese Club sobre el que se murmuraba tanto. Les gustaba el sexo salvaje y duro, las mujeres sumisas que gritaban, sin quejarse por la gentileza de su toque. Ella había pensado que los únicos hombres que podían darle un orgasmo avasallador eran, sin duda, Hongki y Jaejin.
El trayecto hacia su exclusivo complejo de apartamentos lo hizo en tiempo récord. No quería admitir que había excedido el límite de velocidad, pues nunca había violado la ley y eso era algo de lo que se enorgullecía. Lo mismo que una falda sin arrugas, el cabello liso y una piel inmaculada eran motivos de orgullo. El interior de una persona se reflejaba en la manera en que se comportaba, en el modo en que solucionaba  los problemas. Ella hizo una mueca mental. ¿Por qué esas reglas viejas y rígidas la atormentaban ahora? Las buenas monjas de la Academia de San Agustín formaban parte de su pasado, o por lo menos ella lo había creído así.
Tally, sólo las prostitutas usan la falda por encima de las rodillas. Debes estar por encima de tales impulsos hedonistas. Tus padres merecen mucho más que una hija tan irrespetuosa...
Qué vergüenza ocasionas a tus padres, Tally. Qué desgracia...
Si tu mente debe convertirse en el patio de juegos del Diablo, lo menos que podrías hacer es dar una apariencia de decencia. Incluso las prostitutas que recorren las calles muestran más decoro...
Ella sacudió la cabeza. Aparcó el coche y se dirigió rápidamente hacia el frío silencio de su apartamento. Necesitaba una ducha. Una ducha fría. Tenía que olvidar que era diferente, que sus necesidades eran tan depravadas que ni siquiera un Troyano podía satisfacerlas.
El silencio le dio la bienvenida cuando entró a su apartamento. Estaba oscuro, perfectamente aseado e inmaculado, e increíblemente frío. Tally miró los tonos desérticos de la sala de estar. A pesar de los colores cálidos, la habitación era fría, estéril y poco acogedora, como su vida.
Apretó los puños, luchando contra la necesidad de mover algo, cualquier cosa. Dispersar por todo el piso el potpurrí que rellenaba el florero de jade. Romper el cristal contra la pared. Quería destruir la esencia misma de aquello en lo que se había convertido su vida. Estéril. No vivida ni amada.
—Detente —aspiró rudamente, apartándose de la puerta y cruzando a grandes zancadas la sala. El comedor no era diferente. La pesada mesa de roble nunca había conocido ninguna mancha de alimento. No podía recordar la última vez que había usado el horno de la cocina.
El piso oscuro de madera nunca había tenido ni una mancha, al igual que las alfombras que, después de cinco años parecían impecables. Su dormitorio... Entró al cuarto y lo miró en silencio. No había vida en él. Ningún recuerdo, ni siquiera sucio. Nunca había llevado un amante a casa, nunca había ensuciado su dormitorio con los deseos antinaturales que se enredaban en su mente.
Nunca se había dado cuenta de lo perfectamente que la habían condicionado las buenas monjas. No se había dado cuenta cuán vacía era su vida hasta ahora. Hasta que la habían obligado a andar —no, no había andado, había huido— de algo que no se había dado cuenta que necesitaba. Hongki y Jaejin.
Caminó hacia la cama, su mano alisó la suave colcha blanca, intentando ignorar el impulso de apretar la tela, rasgarla y arrojarla al suelo.
Suficiente. Enderezó los hombros y se dio la vuelta, obligándose a ir con calma hacia el cuarto de baño. Se desnudó, arrojó la falda y la blusa en la cesta de ropa sucia antes de arrojar también el sostén de media copa.
Giró la llave del agua fría de la ducha, mirando el rocío que salpicaba el cubículo de cristal antes de entrar en él. Retuvo el aliento mientras el frío parecía envolver su piel, deslizándose por su pelo y su cara, quitándole la respiración, lavando la evidencia de las ardientes lágrimas que finalmente derramó.

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