- IV -

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Es noche cerrada y ante nosotros se extiende una carretera apenas iluminada. No hay más que un par de farolas cada muchos metros, que parpadean en la distancia. Hacia adelante, más allá de lo que iluminan las luces, sólo hay una negrura infinita; la misma que hemos dejado atrás.

Huele a humedad y a hierba. Como a naturaleza, a agua estancada. A nuestra izquierda, después de la acera, un muro blanco delimita lo que parece ser una propiedad privada, aunque no puedo asegurarlo. Nosotros (o, más bien, Dorian, aunque yo le acompañe) caminamos por la acera de la derecha, parcialmente invadida por un montón de hierbas y matorrales.

Todo parece tranquilo. Dorian camina sin prisa, como disfrutando de la noche. Yo estoy inquieto, porque ya me he familiarizado con los sueños de mi amigo y sé que no va a tardar mucho en pasar algo.

Sólo se escuchan los pasos de Dorian, el arrastrar de sus pies sobre la gravilla. De vez en cuando el croar de alguna rara o el zumbido de algún insecto se suma a ellos, pero no dura demasiado.

Es un coche el encargado de romper el silencio. Pasa junto a nosotros a toda velocidad y el sonido del motor suena demasiado estruendoso en la quietud de la noche. Dorian se gira a mirarlo, pero sigue caminando sin prestarle demasiada atención.

La aparición del vehículo sirve para que me de cuenta de dos cosas: una, de que no queda tanto para que termine la carretera, ya que varios metros más adelante he podido ver cómo los faros del coche giraban a la derecha; y dos, no es la primera vez que Dorian visita ese paisaje.

Quiero saber qué va a pasar. Tanta tranquilidad empieza a agobiarme, pero Dorian es la calma hecha hombre. Lleva las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de cuero y el bajo de los pantalones manchados de polvo y tierra, demasiado indiferente a todo.

Hay un puente. Cuando la carretera gira hacia la derecha, lo hace porque de seguir recto sólo habría más campo. Tierra, matojos y algún árbol suelto. Pero tras la curva hay un pequeño puente, lo que me hace suponer que durante todo el camino hemos andado paralelos a un río, aunque no haya oído el agua correr.

Dorian da unos pasos sobre el puente con parsimonia y vuelvo a oír a los insectos removerse. El olor a agua estancada es más fuerte aquí. La barandilla parece de todo menos estable, por lo que no me atrevo a asomarme. Dorian tampoco lo hace.

Algo se le ha caído al agua. Lo sé porque escucho el sonido débil de una zambullida y porque vuelve corriendo por donde ha venido, para luego comenzar a caminar entre la maleza y acercarse al agua.

No parece muy buena idea. Por mi experiencia sé que Dorian tiene tendencia ahogarse en sus pesadillas, y parece que sea justo eso lo que va a pasar.

Escucho el chapoteo de sus pies al entrar en el río. Hay muchos insectos que se dispersan, una nube de mosquitos diminutos flotando sobre el agua estancada y un sonido entre los matorrales que me hace pensar que hay algo bastante más grande que un bicho alejándose de nosotros.

La superficie del agua está cubierta de verdín y de pan de rana. Dorian parece casi tan asqueado como yo cuando mete las manos en el agua en busca del objeto que ha perdido, pero no duda ni por un momento. No sé qué puede ser tan importante como para querer recuperarlo a toda costa.

Busca frenéticamente, con un gesto de agobio que va creciendo por momentos. La angustia va volviendo sus movimientos cada vez más y más erráticos, como si fuera algo de vital importancia.

Sus pasos tambaleantes sobre el limo del fondo le llevan corriente arriba (si es que a eso se le puede llamar corriente), justo debajo del puente. Las paredes inferiores, de cemento, están cubiertas de graffitis y de suciedad. El agua, gracias a la lógica de los sueños, es ahí extremadamente profunda, y resulta imposible ver el fondo en aquella oscuridad.

Dorian está extrañamente confiado, o el objeto es tan importante como para que olvide sus reticencias en cuanto al agua; el caso es que se sumerge sin más.

Durante un momento, incluso yo noto el frío. Estoy bajo el agua, y frente a mí Dorian no es más que una silueta oscura que pelea por alcanzar el lecho del río. Lucha por hundirse cada vez más, buceando como buenamente puede. La ropa empieza a pesarle y los zapatos son demasiado incómodos para poder nadar, pero lo consigue. Tantea el suelo desesperado, en busca de ese objeto que todavía desconozco. Por lo errático de sus movimientos, sé que no lo encuentra. Algo roza su pierna y le hace girarse, pero ni él ni yo vemos lo que es.

Después de que se repita varias veces eso de que Dorian sienta que algo le roza y no sea capaz de ver qué, la evidencia de que hay algo desconocido acechando en el agua hace que empiece a ceder ante el miedo. Incluso yo lo siento: miedo de segunda mano, pero miedo al fin y al cabo. Que me contagie sus emociones es la prueba de lo fuertes que son.

Empieza a agobiarse. ¿Tal vez se está ahogando?

Patalea. Lucha contra la presión del agua. Quiere volver a la superficie, pero unas algas extremadamente alargadas se enrollan en su tobillo.

Se ahoga.

Ese agua asquerosa entra en su boca, y vomitaría si no estuviera tan desesperado por respirar.

Algo se acerca nadando a gran velocidad. Una sombra, demasiado grande para pertenecer a un animal de río.

Yo cierro los ojos. Sé que es el momento.

R. E. M.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora