Capítulo uno: En mi camino.

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Conduzco por la 99 con tranquilidad, el vidrio de mi ventana está bajado al máximo y por ello disfruto de la fuerte brisa que me azota el rostro placenteramente. En la radio coreaban la canción de The Neighbourhood, Cry Baby y el ritmo de la canción me relajaba.


Había optado por pasearme a ésta horas fuera de la ciudad para ir a visitar a mis padres al estado vecino. Mamá me exigía una pareja y papá un cachorro y mi naturaleza omega se alegraba de ello pues pedía con urgencia a un alfa, a mi compañero destinado.


Pasando por una de las carreteras menos transitadas a las doce de la madrugada, vi a un hombrecillo y a una maleta a un costado de mi camino. No iba tan rápido, así que pude escuchar su gruesa voz sobre el ruidoso sonido del motor de mi deportivo.


—¡Alto! —fue lo que gritó.


Con confianza manejé un metro hacia adelante, moví la palanca de cambio hacia atrás y conduje en reversa para estacionar cerca del hombrecillo y bajar la ventana del lado de copiloto.


—Hey —saludé con un movimiento de cabeza y en cuanto su mirada y la mía conectaron, un tirón desconocido de excitación recorrió mi cuerpo casi hasta el punto de empalmar mi polla bajo los pantalones.


La conexión fue inmediata y el olor que inundó mis fosas nasales me hizo soltar un gruñido bajo.

Él se inclinó a la ventanilla y pude ver su perfilado rostro de cerca.

Madre mía.

Su rostro era pálido y su mandíbula estaba deliciosamente delineada y cuadrada. Cubriendo unas cejas medio pobladas y casi oscuras, un flequillo de mechones azabaches se unía a una mata de cabellos lacios del mismo color.


—¿Vas hacia la ciudad de Holchester? —me pregunta deleitándome con su voz.

—Sí, al primer complejo de apartamentos.

—¿Me llevas?

Hasta el fin del mundo.

—Claro, sube.


Tragué un nudo pesado en mi garganta y no lo miré mientras él se subía al asiento del copiloto y montaba su maleta mediana en sus piernas. No pude evitar mirarlas: el nombre traía puestos unos pescadores hasta las rodillas negros, dejándome ver sus pantorrillas torneadas y blancuzcas.


Joder.

—Muchas gracias, llevaba horas ahí parado.

Y doy gracias por eso.

—No te ves como un rufián —comenté poniendo a andar mi auto y volverlo a meter en la carretera.

Oí su risa baja, ronca y casi silenciosa a mi lado.

—¿Rufián? Esa palabra la usaba mi abuelo —se burló haciéndome ruborizar.

—B-bu-bueno y de dónde eres. No se ve a mucha gente de tu color por aquí en Holchester.


Quería comenzar una plática, conocer de él aunque éste fuera el último día que lo viera.

Mi lobo gimió y se quejó, la posibilidad de que no vuelva a ver al hombrecillo hacia que se retorciera y desgarrara con sus uñas las paredes donde se encerraba mi alma.

—Vine de villa hill, voy a mudarme.

—¿Con sólo una maleta? ¿Aquí?

—Tendré más en cuanto encuentra una casa y me establezca.

—¿Cómo? ¿No tienes adonde quedarte?

Se dio paso a un silencio incómodo pero luego de unos minutos me contestó:

—No. Tengo sólo ésta maldita maleta.


No sé qué exactamente fue la gracia ante esa declaración, pero nos echamos a reír como unos tontos.

Su risa me encantaba. The Neighbourhood ya hacía tiempo había dejado de sonar y Get me away with murder versión piano resonó en los altavoces del auto.

—Te puedes quedar en mi apartamento hasta que encuentres una casa, aunque te recomiendo que en los complejos se vive mejor.

—¿Tú crees? —no sabía por qué o si era mi imaginación, pero su voz -orgásmica- había bajado dos tonos, empleando una sensual y avasalladora.

Me bajaría los pantalones por él pero tengo que tener dignidad... a no ser que pierda el control en algún maldito momento.


—Ehh, sí, llevo parte de mi vida viviendo en un uno. Es agradable.

—Lo pensaré.

Seguido de eso vino un silencio, lo suficientemente extenso hasta el punto de que llegamos al estacionamiento frente a mi condominio y aparqué en una de las plazas vacías.


-----♡-----



—Bienvenido a mi hogar, siéntete como en casa, por mí no habrá problema.

—Genial —opina mirando con curiosidad todo alrededor de él.

Me sentí algo cohibido. Más que yo y la señora que limpiaba, no había entrado nadie más en mi cueva.

¿Y si no le gustaba y se sentía incómodo y en realidad sólo estaba fingiendo?

—Tengo una habitación aparte de la mía, puedes dormir ahí, ya está amueblada.

Él me mira y yo recorro su cuerpo con mis ojos sin reparo, hasta éste punto creo que ya se dio cuenta de lo mucho que me atrae.

Aclaré mi garganta y desvié la mirada al reloj de pared sobre el arco de la cocina.

—Yo estaré viendo películas, puedes ir a arreglar tu ropa en la habitación mientras tanto y dormir un poco hasta mañana.


Trabajaba de cuatro de la madrugada hasta las doce del mediodía en un centro de oficinas, así que luego de que mi visita a mis padres, me quedaría hasta las dos de la madrugada viendo cualquier porquería en la televisión para matar el tiempo mientras. Ya tenía el resto de la tarde para dormir después antes de llegar y preparar el almuerzo.


Para dos.

Mierda, sí. Para ése hombre que me volvía loco.

—Muchas gracias...

—Park Jimin.

—Sí, Park Jimin —ésta vez pude confirmarlo; había acariciado mi nombre al salir de sus labios. Mataría por sentirlos rodeándome la polla en éste mismo instante—. Buenas noches.

Me quedé parado ahí como un idiota, viendo como se perdía por el pasillo frente a mí para adentrarse a una de las habitaciones.

Y desde ése día, Yoongi y yo nos empezamos a acercar inevitablemente.






Bajo el Alfa; y.m¡Lee esta historia GRATIS!