Capítulo 69 Amar es luchar.

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El aire denso y quieto que como mortaja lúgubre desciende sobre cada rincón del corredor hospitalario, produce una sensación de agobio en el hombre que inmóvil observa como se llevan a la única persona que ha amado. El dolor lo salta por completo, lo ahoga, haciéndolo sufrir lo inimaginable. Juró no dejarle jamás, y ahora esas cadenas que lo atan a ella, pesan en su alma con nefasta realidad.

De la nada su padre surge en su mente, para atormentarlo con el eterno consejo de ser cauteloso en relación al amor, sabía actitud que precisamente impediría tanto sufrimiento, que de un modo profundo y visceral desgarra su alma. ¿Pero cómo escapar del hechizo de esos ojos dorados? Ojos que pueden hablar el idioma más lindo y que son incapaces de ocultar lo que siente su chica, quien con su alegría natural y forma simple de ver la vida, lo conquistó en todo sentido. La ve sonriendo, o con el ceño fruncido defendiendo su posición, famosa terquedad que lo desafía tanto como lo provoca, enfureciéndolo hasta bordear el caos. Reconoce que a él le gusta de ese modo, en conflictivo, en un momento pasar de la dulzura empalagosa a la confrontación visceral, sin el reparo de cuidar lo que se piense por temor a herirse. Eso es Rafaela, la mujer que siempre lo confronta, con la suficiente madurez para saber tolerar su temperamento sin que éste llegue a dominarla, porque es fuerte, firme en sus convicciones y en definitiva jamás le brindaría una relación ordinaria, dando todo encaja a la perfección. Conexión que lo hace sentir vivo, no el ser oculto tras la ironía en el que se había convertido.

Rodeado de personas que por igual la aman, se siente solo, como antes estuvo y a lo que no desea regresar. Ya no soporta ser más ese sujeto, rodeado de riquezas pero carente de lo esencial, el amor de su bruja. Amor que consiguió arrastrarlo de la oscuridad y enseñarle un mundo distinto, lleno de alegría, de posibilidades.

Su alma explota, esparciendo los pedazos de su ser por doquier, eso que ella únicamente conseguiría unir, otra vez. Entonces agobiado se sienta enterrando las manos entre sus cabellos, suplicando que un milagro ocurra y que sean las delicadas manos de Rafaela las que lo tranquilizan, como sólo ella podría. Su madre corre hasta donde se ha hundido para prestarle consuelo, y por primera vez que recuerde, se refugia en eso brazos que intentan ayudarlo.

— Mamma.— Implora con voz de hombre, pero es un eco, una reminiscencia del niño que un día fue y que ruega a la mujer que le dio la vida, aleje las pesadillas que lo atormentan. La necesita, se permite necesitarla. Ella, resguarda entre sus brazos a su hijo hombre, agradeciendo infinitamente el que su pequeño haya procurado su ayuda, a la vez sufriendo por ser testigo del gran dolor que padece. 

— Todo saldrá bien hijo, Ela es una mujer fuerte y te ama mucho, y quien ama tanto, no se rinde fácilmente.— Consuela dándose el gusto de acariciarle, besarle, como no lo hacia desde que era un crío, cuando podía pasar horas prodigando amor a este ser que es lo más importante en este mundo para ella. Cuanto lo extrañó.

— Duele mucho, ¿Por qué duele tanto?— Pregunta sobre el hombro de su madre.

— Porque es real hijo, es profundo y real.

Las otras personas reunidas en el corredor, miran la conmovedora escena de madre e hijo en estrecho lazo de amor filial, pero sobre todo hay uno, que entiende la importancia transcendental del acercamiento que cura una gran herida que por muchos años ha torturado a ambos por igual. Ese amigo que recuerda al chico de rizos rebeldes que sufría por la cruel privación al que era sometido, y solo puede pensar: Gracias Ragazza, tu magia obra milagros, con razón te llaman hechicera.  

Con infinito agradecimiento como nunca ha experimentado, besa reiteradamente las manos de su madre, que le sonríe dulcemente con ojos inundados de lágrimas, pero de momento no soporta estarse quieto, menos escuchando el apagado cuchicheo de voces que en coro repiten una plegaria. Sabe que es una forma que algunos emplean para lidiar con el temor, pero en su caso no lo calma, más bien crispa sus nervios, por ello se levanta y echa andar a través del largo corredor. Donde transcurre el tiempo mientras la mujer que ama se juega la vida para traer sus hijos a este mundo. Hijos sembrados por su inconsciencia. Dicha recriminación impide que siga dando un un paso más, así que rendido por la culpa que lo agobian termina descargando su dolor contra las fría baldosas de la pared del hospital.

A Pesar De Las Espinas ©¡Lee esta historia GRATIS!