Versos del Pasado

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Los Secretos de los Dioses de vuelven carne...

Una historia de aventura, compañerismo, aceptación, amor y traiciones. 

Adentrate en un mundo de fantasía donde no todo lo es lo que parece ser. 

Un lugar donde se confunden luz y oscuridad.

El Ritual Secreto

La sala se hallaba en penumbra, tan sólo las antorchas circundantes estaban aún encendidas, él circulo ya estaba cerrado con las velas traídas por cada una de las asistentes brillando tímidamente en la oscuridad de la cueva. Un único punto de luz caía sobre el centro de la sala iluminando a la matrona gobernante.

Un halo azulado envolvía al grupo de túnicas moradas y negras mientras un frío helado subía lentamente del suelo de la caverna haciendo palidecer las lánguidas llamas de las velas que se zarandeaban violentas a causa del aire ascendente. 

La letanía se hacía cada vez más fuerte y constante, una cadencia suave y rítmica semejante a tambores incesantes, las voces se alzaban al unísono, cada vez más impetuosas, cada vez más violentas y cargadas de una magia ancestral incomprensible. Una explosión violenta de poder estalló provocando bocanadas de polvo en la entrada de la improvisada sala con bancos de piedra, oscura como el abismo, tallados en la mismísima roca, el olor a cera y a acritud se acentuó, el ritual estaba en pleno auge. 

Cada una sabía perfectamente cómo debía actuar y cuál era su papel dentro del círculo, una a una se fueron dando la mano contraría a la que quedaba al lado derecho de su compañera y se intercambiaron las extrañas velas que portaban, un fogonazo de fuego hirió los sensibles ojos de las allí presentes. El olor a azufre inundo la cueva, un ruido sibilante y gutural flotaba de sus encarnecidos labios. Una vez el ruedo finalizó volvieron a separar las manos sin dejar de susurrar la vibrante letanía, entonces, en total armonía se agacho la primera trazando un símbolo sobre el aire que quedaba suspendido entre el suelo de la gruta y sus finas manos, cada una uno distinto.

De fondo una melodía empezaba a inundar el lugar, los cuerpos de las presentes se convulsionaron empezando a danzar al ritmo de la cadencia sensual de la música que desprendían los tambores de las profundidades de la tierra que serpenteante envolvía los cuerpos sudorosos, cubiertos tan solo por finas capas, desde los pies a la cabeza haciéndolas danzar cada vez de forma más frenética dando vueltas sobre sí mismas con total entrega. Los tambores redoblaron y sin previo aviso ceso de inmediato la música dejando extenuadas a las bailarinas sobre el suelo.

La madre matrona alzó una copa, la levantó sobre su cabeza y la adelantó para que todas la vieran, trazó media circunferencia y volvió a situarla al frente con los brazos extendidos. Hecho esto acercó la copa a sus labios y bebió un sorbo entregando la copa a la siguiente que hizo lo mismo, dejo la copa en el altar y se encaminó a su consorte, puso una mano en su mejilla y besándola derramo parte del ardiente líquido en la garganta de la otra que a su vez procedió de igual manera con la siguiente.

Alzaron entonces todas sus velas y al unísono tras decir unas palabras soplaron sobre la llama que se extinguió, cada una sacó un átame consagrado y con el esgrimieron un leve corte en la muñeca de la compañera que tenían a su izquierda. Era entonces cuando bajo la mortecina luz azulada que desprendían las piedras se apreció aquella cadencia rítmica, un respirar apagado y un latir apenas apreciable. La matrona principal alzó su átame y lo alzó al aire. Una sombra negra oscureció el recinto atravesándolo de punta a punta, había una presencia inquietante, opresora que las atenazaba causándoles un miedo atroz y placentero a la vez. El aire era irrespirable, y el calor era insoportable.

Todas las miradas se desplazaron al centro del círculo, las runas y símbolos brillaban fantasmagóricos, se encendieron nuevas velas, esta vez doradas, rojas, negras, verdes, blancas y plateadas. Y allí suspendida en el aire, flotando cual ángel de la noche se hallaba la más bella muchacha jamás soñada, sus ojos estaban cerrados, sus rosados labios carnosos permanecían entrecerrados en un plácido sueño. Sus cabellos eran hilos de plata y oro que flotaban alrededor sedosos y largos adornados con flores subterráneas de colores violetas. Su aterciopelada piel tenía un tono dorado que distaba de la oscura de sus congéneres. Sólo un vaporoso pañuelo se entrelazaba sobre su sensual cuerpo, su pecho lleno y turgente se movía relajado al compás de la rítmica respiración, el aroma a incienso invadía ahora la estancia. Ninguna mirada se apartaba de su cuerpo extendido sobre la nada, sus piernas torneadas, sus finas manos… cualquiera de ellas la habría matado con gusto de pura envidia de no ser por la marca que portaba, era la gran noche, su causa… el rito secreto después de milenios de espera. 

La hora había llegado, la esencia estaba a la espera, deseosa y exultante de júbilo, extendieron de nuevo sus manos hacia el centro, todas y cada una de ellas, haciendo un elegante pase extendieron sobre el cuerpo de la joven unos polvos brillantes que al acto desaparecieron. Blandieron entonces las dagas con las insignias de cada una de las casas en sus manos y las presentaron en ceremonioso ritual a la doncella dejándolas luego en el suelo formando una extraña estrella con todas ellas.

Subieron las capuchas de sus túnicas cubriendo sus rostros, cerraron los ojos en completa sintonía y con una absoluta sincronización juntaron las manos. Extendieron dos dedos y los aproximaron a sus labios empezando a entonar su salmodia, de nuevo resonaron los tambores, incesantes, inquietantes y seductores.

Las voces eran un murmullo constante que envolvía amorosamente a la durmiente, sus labios se abrieron suavemente. La madre matrona sostenía en alto sobre ella la daga sagrada, con un rápido movimiento hizo una pequeña punción en la garganta de la joven, su sangre roja y caliente resbalo hasta su pecho y su espalda se arqueo cuando unas manos invisibles subían por sus piernas acariciando su piel, el vello se le erizó, gimió de placer, su cuerpo temblaba como una hoja abandonada al gozo que le ofrecía su amante invisible, lamía sus pezones con suavidad, besaba su cuello bebiendo la sangre derramada y sus manos acariciaban su palpitante sexo húmedo, era como si conociese cada poro de su piel, como si mimase cada centímetro de su delente cuerpo. Sus piernas fueron abiertas con cierta violencia y sentía como se ofrecía, se entregaba sin reparo, no podía evitarlo pues su ávida lengua se encargaba de ello hasta que sintió un dolor punzante que la atravesó y la llenó, ardía, estaba clavado tan dentro de su cuerpo que se abandonó, absorbida totalmente por aquel ser que la llenaba, insaciable, certero, ardiente y frío a la vez, era el amante perfecto, delicado pero firme, su corazón se desbocaba, deseaba más y más, el sabor a sangre lleno su boca, y esa lengua… la enloquecía, pero ese dolor punzante en su cuello… enseguida desapareció y su placer se acentuó todavía más, la poseía totalmente, sentía su sexo henchido dentro de ella moviéndose sin cesar, duro y a punto de explotar pero nunca acababa hasta hacerla gozar hasta el punto que ya no podía soportarlo más, sólo entonces cuando grito de puro placer él se derramó por entero en su interior con potentes embestidas. 

Un poder inconmensurable azoto su cuerpo violentamente, su espalda se crispó y sus brazos cayeron lacios a ambos lados, su respirar entrecortado se acentuó entre gemidos, sentía que ardía todo su interior, esas llamas la devoraban pero a la vez se helaba, tiritaba, era un dolor extremo el que azotaba con violencia su cuerpo, luego extenuada recuperó toda su serenidad y abriendo sus dorados ojos con chispas violáceas se alzo con todo esplendor desprendiendo un poder aún mayor del que antes poseía, elegante, sensual, provocadora e incitante sonrío maliciosa…

Las asistentes se levantaron tras el violento estallido, magulladas y doloridas contemplaron la destruida sala.

La ceremonia termino.

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