Capítulo III: EL ANIMALITO

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No era como que Glen tenía el plan infalible para impedir que se demoliera el lugar que había habitado durante toda su vida, pero tenía un par de ideas y la primera y más obvia, era ir a hablar con el responsable de Talamh. Su nombre era Melvin y no tenía gran fama. La verdad era que muchos no se explicaban como fue que logró llegar a semejante cargo. Porque de Melvin se decía que era un hombre obeso con un gran gusto por el alcohol y mucho más por la holgazanería. Aun así, era el responsable y era el único con quien se podía hablar.

Glen se fue muy temprano a la oficina, usando su chaqueta de cuero marrón, la de la suerte. Con el cabello suelto y las manos en puños. No más entrar, percibió que su objetivo no iba a ser fácil de alcanzar. La asistente del Ceann era una mujer de mediana edad quien además no era muy agradable y en cuanto Glen le informó que deseaba hablar con el Ceann Melvin, la mujer no perdió oportunidad de decirle que eso era imposible.

—Es un asunto importante —terció Glen mientras que apoyaba las manos en el escritorio de madera lustrada de la asistente, ésta la observó con una mueca, para luego teclear en una tabla electrónica.

—Nadie puede ver al Ceann sin antes tener una previa cita, además, en este momento está ocupado.

—Pero

—No niña, ya te dije que no. Es imposible. Vuelve luego.

—Buenos días.

Glen se giró mientras que la asistente se ponía de pie y pensó en ese instante que su objetivo se alejaba cada vez más de sus manos. Allí de pie en medio de la recepción, estaba la Ceann de la Uisce en compañía de dos jóvenes. Un chico, que Glen reconoció como Ian y una chica, de mirada altiva y nada amigable.

—Tengo una cita con el Ceann, ¿lo llamas, por favor?

—Enseguida. —Glen reviró los ojos al ver a la asistente salir de prisa hacia el despacho.

Para su suerte, la Ceann no parecía dispuesta a indagar sobre la presencia de Glen allí, no tanto así los jóvenes. Ian dijo.

—Dos veces en dos días. Ha de ser un mal augurio. —Glen lanzó una fugaz mirada a la mujer, pero esta ni se inmutó.

—Puedes estar seguro de eso —replicó Glen y al segundo la mirada de la Ceann cayó sobre la joven como un relámpago. Solo tres segundos que bien pudieron detenerle el corazón, mas no dijo nada.

—Veo que tenías razón, sigue siendo un animalito respondón —inquirió la rubia con una voz suave como la seda, pero afilada y fría como el acero. Ambas chicas se miraron y entonces el tiempo golpeó a Glen de nuevo. La niña era la que con proyectiles de agua la atacó hacia diez años en la Uisce.

—¿Qué me dices tú? ¿Sigues atacando por la espalda?

—Basta.

La voz de la Ceann interrumpió la pequeña guerra de palabras entre los jóvenes y fue ese momento en el que la puerta del despacho se abrió. El Ceann apareció con mirada aun somnolienta y un pañuelo que se pasaba por la cara. Glen soltó un suspiro. Por actitudes como las del Ceann era que la gente del Agua solían tratarlos de menos.

—Kenna Macorne. Qué bueno verla, veo que viene con sus hijos. —Glen miró a los rubios, entendía por qué existía tanta prepotencia en ambos. No solo eran gente del Agua, sino que eran hijos de una Ceann.

—Ya es hora de que se vayan interesando por los asuntos de nuestra ciudad.

—Totalmente de acuerdo con usted.

—Necesito hablar con usted, Ceann Melvin. —Todas las miradas cayeron sobre Glen, que se sintió en la obligación de justificar su interrupción—. Llegué antes que ellos y estaría hablando desde hace un buen rato con usted si su asistente le hubiera avisado que le buscaba.

Voluntad de Tierra [Razas #1]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora