- II -

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Algo que me llama la atención de la mente de Dorian es que siempre parece estar en un perpetuo otoño. Ya he entrado en varios de sus sueños, sueños normales a los que no he dado importancia ninguna porque son como los de cualquier otra persona, con la excepción de que en él todo tiene ese tono gris y apagado de las tardes que anuncian lluvia y un frío húmedo que no termina de llegar.

Vive sus sueños en un continuo atardecer, excepto en esas contadas ocasiones en que es noche cerrada. Creo que el sueño más luminoso que le he visto fue el del centro comercial, y el exceso de luz ni siquiera era tranquilizador.


Hoy estamos en la playa. Como siempre, lo observo todo apenas a unos metros de él, sin poder intervenir.

El viento arrecia con fuerza, cargado de gotas saladas. En el suelo no hay arena, sino piedras; las más pequeñas, del tamaño de un puño. El sol, bajo y casi rozando el horizonte, parece escondido tras un filtro que le impide calentar demasiado y le da a todo un aspecto lúgubre. Gris. A pesar de que debería ser anaranjado.

Dorian está en la orilla, de espaldas al mar. Tiene la mirada fija en la pendiente de piedras que le separa de donde estoy yo y del paseo marítimo. No hay apenas inclinación y sé que en menos de diez pasos conseguiría salir de allí, sacar los pies del agua y recorrer la distancia que le separa de la acera.

Pero no lo hace. El sonido de las olas se vuelve cada vez más ensordecedor y le veo levantar la cabeza, los mechones de su pelo agitándose furiosos en torno a su cabeza. Por un momento parece que su mirada se fija en mí, aunque sé que eso es imposible.

Un vistazo a mi espalda me confirma que, efectivamente, no soy yo quien ha captado su atención.

Isabelle está de pie junto al muro de ladrillo que separa el paseo marítimo de la playa. La chica, que en todos sus sueños ha lucido siempre un rostro amable y tranquilizador, en ese momento parece una estatua de mármol inexpresiva. Mira hacia él, pero no parece que le vea. O, si le ve, no le presta la más mínima atención.

Dorian la llama. Lo sé por cómo se contorsiona su gesto en un grito silencioso y por el movimiento de sus labios, ya que es imposible oír nada más que el viento y el agua golpeando con fuerza. O puede que él sea incapaz de producir sonido alguno, como pasa a menudo en los sueños.

La llama varias veces, desesperado. El vendaval parece empeorar con cada uno de sus gritos, callándole.

Isabelle sigue inmóvil.

No es hasta que una ola especialmente grande golpea a Dorian por la espalda y le hace caer de rodillas que la chica parece ser capaz de reaccionar. Da un par de pasos en su dirección a la vez que él se pone de pie, y su gesto muda a uno de preocupación. Aún así, no hace nada por ayudarle.

Nada más conseguir levantarse, una nueva ola hace que Dorian vuelva a caer al suelo. Esta vez, la fuerza del agua es tan fuerte que consigue arrastrarle unos metros hacia el interior del mar.

Empieza entonces un interminable bucle en el que Dorian pelea por volver a la orilla y cada vez que lo logra una nueva ola le vuelve a llevar mar adentro, cada vez más y más profundo, hasta que comienza a costarle salir a la superficie.

Isabelle, que ha estado mirándole preocupada todo este tiempo sin moverse, se acerca hasta que el agua le llega a la altura de las rodillas, y Dorian tiende su mano hacia ella. Cuando los dedos de ambos están a punto de rozarse, algo en el paseo marítimo provoca que la chica gire la cabeza hacia allí y una nueva ola arrastre a Dorian.

Hay otra muchacha en la seguridad del paseo. No la reconozco, y creo que Dorian tampoco. A él le da tiempo a pelear tres veces más contra el océano mientras Isabelle pasea la mirada de la chica a él y viceversa, como si fuera incapaz decidirse.

Finalmente, Isabelle retira su mano y se aleja de la orilla, caminando hacia la recién llegada con el gesto más alegre que le he visto nunca, incluso en la vida real.

Dorian sigue peleando por salir del agua de una vez por todas, pero le flaquean las fuerzas y termina haciéndosele imposible.

Le veo desaparecer bajo la superficie de un mar cada vez más agitado.



R. E. M.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora