ATANEA: XIV

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Capítulo 14: Hora del entrenamiento

Descansaba en una habitación espaciosa con paredes y piso hechos una hermosa madera trabajada. La pared a mi izquierda estaba tallada en su totalidad con dibujos que representaban la selva. Un enorme árbol frondoso crecía en el centro de la pared, como si fuera el rey, y en lo alto de la pared estaba tallado un enorme sol, igual al que había visto en lo alto del cielo ese día. El resto del tallado representaba abundante vegetación, algunos monos, aves y una sola pantera.

Me quedé observando sin pestañear la pantera tallada; la expresión amenazadora de su rostro estaba tan bien lograda que podía su mirada penetrante te atrapaba. En esos ojos tan bien hechos, un sentimiento de culpa y remordimiento me atrapó, porque aquella intimidante pantera tallada en la pared me recordó a Texa.

No había escuchado a nadie murmurar nada sobre ella, no habían ni siquiera preguntado por ella, lo cual me parecía una total falta de respeto. La culpa crecía de manera exponencial dentro de mí, Texa había muerto por mi causa, por protegerme. No podía borrar de mi mente su mirada valiente en su rostro justo antes de que la bomba explotara, tan decidida, sin vacilación, como si estuviera orgullosa de morir en esa instancia. Me preguntaba si tendría familiares, amigos o lo que sea, realmente no sabía nada de ella y no sé por qué tenía esa extraña y fuerte necesidad de averiguarlo.

Luego mi pensamiento viajó hacia la misma batalla pero hacia la mirada de Theo; esa mirada tan cargada de tantos sentimientos que me hizo despertar. ¿Qué fue lo que había despertado? ¿Qué era lo que había ocurrido? El recuerdo de la imponente energía saliendo de mí y salvando a Theo hizo que me diera un escalofrío. ¿Cómo diablos había hecho aquello? Lo recordaba casi como otro sueño. «¿Habrá sido verdad? Si Claire, no te estás volviendo loca, hiciste algo, salió energía de tu cuerpo, fue real» me respondí a mí misma. No podía creer que yo haya salvado de la muerte a Theo, y ni siquiera sabía como lo había hecho. Todo parecía confuso en esa habitación silenciosa. Todo era borroso.

Como cuando era niña, cerré mis ojos intentando encontrar alguna magia dentro de mí, necesitaba saber si podía sentir algo, lo que sea, pero un golpecito en la puerta me sacó de mis pensamientos y de mi pequeño experimento. Después de un "adelante", Joanne entró con algo enorme en sus manos.

—Princesa Claire, he traído su vestimenta para la cena de hoy, se lo ha enviado la Reina —indicó extremadamente amable, como siempre, y con un tono de admiración al pronunciar la palabra "reina".

—Gracias Joanne, pero como puedes ver —apunté hacia mis tres maletas que descansaban en una larga banqueta de madera— mi madre me ha enviado bastante ropa conmigo. Y por favor, solo dime Claire —solicité con un suspiro. Después de todo, Joanne solo debía ser algo mayor que yo.

—Oh, lo sé, princesa —contestó haciendo caso omiso a mi petición—. Es solo que, con todo respeto, no creo que en su equipaje haya algo adecuado para esta noche. En Séltora, los integrantes del castillo acostumbran a vestir sus mejores prendas para los banquetes, sobre todo cuando uno es el invitado de honor —explicó moviendo el bulto enorme en sus manos—. Y lo siento, me sentiría más cómoda llamándola princesa  —admitió con una pequeña mueca. Esa mujer era totalmente adorable.

Me limité a sonreír, quise discutir más pero sabía que no ganaría nada.

Entre eso, Joanne sacó el bulto de la funda; era un largo vestido color azul oscuro, con un escote recto que llegaba hasta la clavícula y dejaba los hombros al descubierto. Tenía unas bellas piedras rusticas doradas en la parte de la cintura que formaban un cinturón y en la espalda colgaba en forma de adorno unas hojas doradas. Era elegante pero de cierta forma, adecuado para la selva.

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