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No hice más que enfrentarlo y decirle, con ayuda de la rabia que me consumía, que me alegraba de que no hubiese podido concretar sus perversos planes y de que hubiera perdido cualquier oportunidad para hacerlo. Ya no iba a caer de nuevo. Le grité aquello que estaba torturándome el alma, pensando tontamente que algo como eso podría herirlo, sin embargo, al meditar mis palabras tras mi posterior huida me di cuenta de que, para mi pesar, si esas fueron sus verdaderas intenciones desde un principio, si realmente estuvo dispuesto a cometer una bajeza como esa, entonces estuve lejos de siquiera rasguñar un poco su orgullo simplemente porque nada de lo que yo dijera podría ser importante para él.

Porque yo nunca lo fui.

Ahora es cuando lo noto, el vaso se había derramado hace mucho pero yo seguía resistiéndome a verlo.

La furia que enturbiaba mis pensamientos guiaba cada uno de mis pasos, tanto que casi sin darme cuenta ya me encontraba en el microbús que me llevaría a casa y dejando completamente de lado el hecho de que perdería las clases restantes del día. En mi viaje de regreso no pude sacar su maldita imagen de mi cabeza, el arrepentimiento que irradiaban sus ojos enrojecidos taladraba mis memorias siendo éste el único recuerdo que podía visualizar mi mente, pero ni ese débil intento lograría convencerme. Ya todo había terminado, y a pesar de que por unos momentos las lágrimas no cesaban de bañar mis mejillas, una parte de mí festejaba. Me sentía aliviada, y más que eso, libre.

Después de descender, el curso que debía seguir se desvió. No quería llegar en un estado deplorable a casa así que, sin detenerme a pensarlo demasiado, me dirigí hacia el hogar de Zaray, el cual, para mi suerte, se encuentra a unas cuantas cuadras de distancia del mío.

Zari estaba por salir de su casa cuando yo llegué. No queriendo convertirme en un estorbo, había decidido regresar, pero justo en el instante en que me daba la vuelta para evitar que me viera, ella pronunció mi nombre.

En cuanto contempló mi rostro, su cara se descompuso en una mueca llena de preocupación, entonces, sin decir nada, me envolvió en un fuerte abrazo. En ese instante me di cuenta de que eso, exactamente, era lo que mi tristeza andaba buscando, lo que mi ser ansiaba recibir.

Pese a que quise rehusarme a alterar su rutina, ella me arrastró hacia el interior de su hogar. Una vez dentro, y sin mucho esfuerzo, ella consiguió que le relatara aquello por lo que mi pena había brotado, hasta el más mínimo detalle. Le conté absolutamente todo, y para mi sorpresa, una extraña sensación andrenalínica me inundó tras finalizar.

—¡Mal nacido! —farfulla—. Dylan me había comentado sus sospechas con respecto a Alan, pero no había querido creerle.

—Siempre tuvo razón, Zari, y yo no quise hacerle caso. —Le contesto a ella, a mí misma y a la nada.

Seco, con el dorso de mi mano, una lágrima que osaba recorrer mi rostro, aquel que ahora de seguro luce inexpresivo, y no sería de extrañar pues bien sé que es difícil que mis gestos puedan concordar con la madeja de sentimientos que luchan por desenredarse en mi interior.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora