VI. No fueron los humanos

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VI. No fueron los humanos

“¿Quién eres?”, pregunto apenas llego de un salto al jardín de la casa en la que he estado durmiendo. 

“¿Es ésa la pregunta más urgente?”, el gato me sonríe en el medio del jardín.  Ahí lo estaba esperando la gata que me había ayudado aquella noche.  Astra.  Además hay otros dos gatos que nunca he visto en mi vida.

Yo guardo silencio apenas llega Ibis a la escena.  Ella se abalanza sobre el extraño agresivamente, pero no lo llega a tocar.  Parece como si tuviera todas las ganas de hacerlo.

“¿Qué es lo que está pasando aquí?”, pregunta ella casi a gritos. “¿Qué haces tú aquí?”

“¿Qué parece que estoy haciendo?”, responde el extraño de inmediato. “Estoy investigando.  Para eso es para lo que sirvo, aparentemente. ¿No es cierto, Jaque?”

El extraño se dirige con esa pregunta a uno de los otros dos gatos que están ahí.  El que responde es el más viejo.  Es gris con muchas canas.  Tiene mirada penetrante y seria.  Está un poco flaco.

“Mucho me temo que es cierto, Ibis”, dice lentamente el anciano. “El Consejo ha decidido que no tienes la experiencia ni... la habilidad... para ser quien lleve a cabo esta investigación”

“¿Y por eso han mandado traer a este anarquista?”, pregunta ella molesta.

“De hecho, no”, interviene el extraño sonriente. “Verás, yo pasaba por aquí de todas maneras.  Fue una casualidad”

“Una casualidad”, Ibis repite y lo mira fijamente. “Pensé que no creías en las casualidades”

“Pues no, no creo en ellas”, dice volteándose hacia mí. “Lo que hace de esta situación aún más curiosa y entretenida”

“Cliste”, le dice Astra en voz baja. “Muchos gatos han muerto”

“Oh, es cierto”, hace una mueca y viene a mí. “Lo siento mucho, niño, no quise ser insensible”

Antes de que pueda responder, se voltea a los demás y eufóricamente continúa.

“Nos guste o no, fue una casualidad”, dice en voz alta. "Que el Consejo haya decidido aprovecharla ya es otro asunto"

Ibis se voltea hacia Astra, la gata que me ayudó esa noche.  Ella asiente sin mostrar mayores sentimientos al respecto.  

“En fin, digamos que es cierto que se trata de una casualidad...”, dice finalmente Ibis. “¿Por qué le darían este encargo? El Consejo ya había decidido encargarme la investigación a mí”

“Eso fue antes de saber que Cliste estaba disponible”, explica Jaque, el anciano. “Lo siento, Ibis, pero todos estuvieron de acuerdo”

“Todos menos yo”, completa ella.  Luego mira a los demás. “Esto es una perversión.  No necesitamos la ayuda de este demente.  Este loco”

“Oh, vamos, Ibis”, responde Cliste. “Me vas a hacer sonrojar”

“Por lo pronto, tiene razón en que no fueron humanos los que nos envenenaron”, añade el gato que había estado acompañando todo este tiempo a Jaque y que no había hablado aún.

“ Ah, ¿sí, Kenzo?”, Ibis responde molesta. “¿No era tu trabajo velar por la seguridad de todos esos gatos que ahora están muertos?”

“Sí, Consejera Ibis”, responde el tal Kenzo. “Pero jamás estuvimos preparados para algo así.  Esto es una conspiración o algo por el estilo.  Excede los recursos que tengo a mi disposición”

“Oh, una teoría de conspiración”, Cliste interviene. “Nada más prometedor que una de ésas”

“Ni siquiera se lo toma en serio”, se queja Ibis al anciano Jaque. “¿Cómo es que se decidieron por este individuo?”

“Bueno, pues este individuo obtiene resultados”, responde Jaque molesto. “Nos ha ayudado en el pasado y nunca nos ha decepcionado.  Así que vas a tener que aprender a tolerarlo.  A él y a sus métodos”

Ibis, que hace dos días me pareció una gata comprensiva y carismática, de pronto es esta perversa bruja esperando un momento para vengarse.  Lo odia.  Odia al tal Cliste y odia a Jaque por confiar en él.  Odia a Astra por andar con Cliste y me odia a mí por haberle hablado.  Odia a Kenzo por defenderlo.  Y básicamente odia a todo lo que no esté de acuerdo con su plan.  Nunca antes había visto a un gato odiar algo con tanta intensidad.

“¿Cómo es que sabes que no fueron envenenados por humanos? ¿Me puedes explicar eso por lo menos?”, pregunta con todo el odio contenido.

“Oh, ésa es fácil”, responde Cliste saboreando el momento. “Verán, las muertes han sido salpicadas.  Una familia por aquí, una familia por allá.  Y en el caso de algunas familias, como con la del pobre Dalton, ni siquiera la familia completa.  Eso no es común entre los humanos.  Ellos son más efectivos.  Y más masivos.  Si ellos quisiesen deshacerse de ustedes, lo habrían hecho.  Habrían puesto veneno en algo que consumen masivamente y no se habrían tomado la molestia de ir guarida por guarida envenenando a algunos gatos.  No, ellos hacen las cosas a nivel agregado”

“Es cierto”, asiente Jaque. “Pero si no fueron los humanos, entonces, ¿quién nos ha estado envenenando?”

“No lo sé”, responde Cliste. “Pueden ser gatos de otro distrito que quieren debilitarlos.  Puede ser simplemente un gato de Miraflores con razones que no podemos aún entender.  Voy a tener que investigar un poco más para poder tener una respuesta a esa pregunta”

“Entonces, es un hecho”, interviene Ibis. “Él será el que lleve a cabo la investigación”

“Lo siento, Ibis”, responde Jaque. “Le estamos confiando a él este trabajo.  Kenzo, espero que le proveas todo lo que necesita”

Sin esperar respuesta el gato viejo salta fuera del jardín.  Hay un momento tenso entre todos y luego Ibis se acerca a Cliste.

“No sabes cómo espero a que fracases para que todos vean el fraude que eres”, le dice en voz baja.  Yo lo escucho todo y me sorprende que no le haya incomodado que así haya sido.  Luego se va en otra dirección.

Kenzo asiente y se va también, dejándome a mí a solas con Cliste y con Astra.  Él me sonríe.

Los gatos de MirafloresDonde viven las historias. Descúbrelo ahora