Dialogando con Lucy.

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El grupo de literatura terminó de comer y salieron en fila del restaurante. Entonces, el estúpido y sensual profe dio un par de aplausos para llamar la atención de todos.

—Casi hemos llegado al final del recorrido por Soteria —anunció—. Ahora, nos acercaremos un poco a los habitantes de este hermoso reino.

—Profe, tengo una duda. —Un chico larguirucho, pálido y de protuberantes venas azules en las manos alzó el brazo—, ¿No dijo hace rato que no fuéramos demasiado curiosos con la gente?

—Es cierto. —El profe meneó el dedo índice—. Pero no asaltaremos al primer fulano que veamos. Tengo una invitada muy especial. Permítanme por favor.

Cruzó la calle adoquinada, dejando al grupo solo en la acera frente al aparador del restaurante, y llamó a la puerta de una casa de dos pisos cuya planta baja era de ladrillos y la alta estaba recubierta con estuco bajo y un entramado marrón que pretendía imitar vigas de madera. "¡Hey! —gritó hacia una ventana del piso de arriba— ¡Ya están aquí!". Momentos después, una pelirroja pecosa pero muy atractiva, que tal vez tendría unos quince o dieciséis años, salió de la vivienda. Vestía unos shorts bastante cortos con sandalias y una blusita de tirantes. Regresaron juntos.

—Ella es Lucy Fharb. —El profe la presentó al grupo

 —El profe la presentó al grupo

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—Hola. —Saludó al grupo agitando una mano. El rubor de sus mejillas acentuó sus pecas, que antes apenas se notaban—. ¿Les... ha gustado el reino? —su voz temblaba ligeramente.

Algunos chicos silbaron. Otros soltaron piropos y alguno exclamó un sonoro "¡nos gustas más tú!". Una de sus compañeras, de ojos marrones y cabello largo, castaño, en ondas, cruzó los brazos y rodó los ojos. "¡Qué vulgares!", masculló ésta.

—Controlen esa testosterona, muchachos, que Lucy está comprometida.

—No con usted, ¿verdad profe? —dijo una estudiante trigueña, de hoyuelos y barbilla partida, mientras se enrollaba el cabello en un dedo.

—Por suerte para ella. Bueno, Lucy, ¿a dónde pensabas invitarnos?

—Esteeee —La pelirroja se tocaba los labios con el índice mientras parecía mirar al cielo, luego se volvió para encarar al grupo—... ¿Ya fueron al festival de Fruhling?

—¡De veras! —El profe chasqueó los dedos— ¡Olvidé que hoy empezaba!

—O sea —la alumna de ojos marrones y cabello en ondas se llevó las manos a la cadera—, que no sabían ni a dónde llevarnos.

—¿Quién se tiró un pedo? —El profe frunció la nariz y el entrecejo al oír la queja.

Entonces, Lucy se le acercó a preguntarle en voz baja si llevaba suficiente dinero encima para todos. Él respondió que no se preocupara pues traía consigo dos tarjetas rúnicas del efectivo infinito que ganó el sábado jugando al póker con Churrispi y la muerte. Sabía que los juegos mecánicos y casi todos los eventos del festival eran gratis; el problema en realidad lo constituían los puestos de comida o de baratijas, así que con eso debía bastar.

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