Bienvenida

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Gael tira de mí como si fuese su saco de patatas personal mientras el gigante de Jaska me pisa los talones. Llevamos caminando con paso apresurado media hora y empiezo a cansarme, aunque mi pierna ya anda correctamente. Sin embargo, ellos parecen estar más descansados que nunca. Su respiración sigue siendo pausada y su velocidad no ha disminuido ni un ápice.

-¿Podríamos descansar?- pregunto con la respiración agitada.

-Qué poco aguante...-responde Gael- Se nota que no eres una deportista, precisamente.

-Pues no, lo siento, pero nunca pensé que me haría falta tener la resistencia de un atleta profesional- digo, con desdén.

-Ya queda poco- responde.

Nos callamos durante un rato hasta que me acuerdo.

-¡Mi libro! Lo he dejado con mis cosas, tenemos que volver atrás- digo, parándome. Gael pone los ojos y dice:

-¿Es tan importante?

Asiento con la cabeza y vuelve a poner los ojos en blanco.

-Jaska, ¿puedes ir a buscar sus cosas al árbol?- pregunta y Jaska hace una mueca y me dirige una mirada de enfado. Hace un ruido de afirmación y se gira para empezar a correr y, pocos segundos después, desaparecer entre los árboles.

Me quedo mirando hacia el lugar en el que antes estaba Jaska y Gael vuelve a tirar de mí.

-¡Eh! ¿No esperamos por él?- pregunto.

-Probablemente llegue antes que nosotros- responde y me mira haciéndome saber que vamos rezagados por mi culpa.

-Ay...- digo y vuelve a lanzarme una mirada para que me calle. “Podrías ser más amable”, pienso.

Vamos callados durante todo el camino hasta que se para en medio del bosque. Gael hace una señal a un gran árbol y un pequeño hombre, significativamente más bajo que nosotros, aparece tras este.

-Contraseña- dice y cruza los brazos con gesto amenazante. El hombrecillo tiene gracia, mientras se atusa su larga barba blanca arruga su puntiaguda nariz sobre la que reposan unas antiguas gafas de montura dorada. Un brillo asoma en la calva que está rodeada de unos cabellos canosos en punta. Su ropa, harapienta, desprende un olor tan desagradable que hace que me den arcadas.

Gael extiende sus manos para coger mi cabeza y taparme las orejas de modo que no puedo escuchar nada. “¿A qué viene tanto secretismo?”, pienso. Dice unas palabras y me destapa los oídos. Lo miro con cierta confusión pero hace un gesto para que ni pregunte. En resumen, tengo que confiar en alguien a quien acabo de conocer, sin preguntar, sin siquiera dirigir una mirada de desconcierto.

El pequeño hombre saca una especie de palo de un bolsillo de su pantalón y da tres golpecitos en el árbol, que suena hueco. El árbol se abre como si fuera una puerta doble y de él sale una luz cegadora durante unos segundos, después la luz se va degradando hasta llegar a ser una lucecita que alumbra un largo pasillo. Corro, incrédula, alrededor del árbol, pero no hay nada más que el tronco. “¿Cómo puede ser? Tiene que haber algo”. Cuando llego junto a Gael, me dice:

-Acostúmbrate, esto es magia, yunisia.

Entramos por la “puerta” y atravesamos el túnel. Es recto y las paredes parecen estar hechas de raíces y el suelo es todo tierra. Miro de un lado a otro, atenta a cada detalle, pero todo parece ser igual. Cuando empezamos a alejarnos de la luz de la puerta, de repente, una chispa de luz se enciende delante de nosotros y doy un brinco hacia atrás. Gael sonríe y me empuja hacia adelante. A medida que nos adentramos en el túnel las chispas se van encendiendo. El túnel se abre en una gran sala con las paredes igual a las del pasillo pero más altas que aquellas. Un puñado de gente que espera en una gran mesa redonda y rústica me observa detenidamente. Noto sus miradas posándose en cada centímetro de mi cuerpo y me quedo parada contemplándolos también. Una mujer se levanta y apoya las manos en la mesa. Su pelo rojo y liso parece arder como el fuego y sus ojos castaños imponen autoridad.

-Bienvenida, te estábamos esperando- dice. Lleva unos pantalones de color verde militar, una camisa blanca un poco manchada de tierra y un chaleco de cuero negro con varios bolsillos.

Gael me vuelve a empujar y me lleva hacia la mesa. Muevo la mano saludando temblorosamente y con una sonrisa forzada. Gael me sienta frente a la mujer pelirroja que de cerca parece rondar los treinta años. No me atrevo a preguntar nada ya que todos continúan mirándome inquisitivamente. Los observo uno a uno aleatoriamente. Me llama la atención un niño que parece tener no más de trece años pero me hace sentir un poco más relajada no ser la más joven.

-Supongo que quieres algunas explicaciones- dice la mujer pelirroja. Sin esperar mi respuesta continúa hablando-. Querida Abril, estamos en peligro. Según nuestra profecía, tú nos ayudarás.

Los cuatro elementos¡Lee esta historia GRATIS!