Narra Harry

Después de haber estado por más de cuatro horas en urgencias, por fin, llegamos a casa. Estaba exhausto. Nunca pensé una excursión al bosque podría resultar tan agotadora, física y mentalmente. No sabía porque diablos habíamos decidido ir, casi me había costado la relación con Eli. Deberíamos haberle hecho caso y habernos quedado en casa.

En fin, cuando salimos del cementerio, que por cierto fue gracias al majo guarda de seguridad que al ver el tobillo hinchado de Eli, se asustó tanto que nos dejó salir sin ni siquiera preguntar porque diablos estábamos dentro y hasta nos llevó en su coche al hospital. Éramos sólo Eli, Liam y yo, ya que los chicos se habían ido a recoger las tiendas y los coches al bosque.

Cuando llegamos al hospital, la señora de recepción revisó el tobillo de Eli por encima y dictaminó que no era tan importante como para hacerla pasar inmediatamente, así que nos tuvo esperando por más de dos horas. Yo ya estaba de los nervios y ver el tobillo de Eli tan hinchado no me relajaba, así que cuando la jodida cincuentona mandó callar a Eli porque gimoteaba, según ella, demasiado fuerte, casi me abalanzo sobre ella. Menos mal que Liam, al ver mis intenciones, me agarró del brazo y me tuve que resignar a sólo asentir.

Mi princesa tenía el tobillo hinchado, pero mis cojones lo estaban más.

Eli estaba inquieta, muy inquieta. No dejaba de revolverse en la sala de espera mientras se pellizcaba constantemente su labio inferior. Sabía que no le traía buenos recuerdos estar un hospital y cada vez que veía una enfermera o un médico, se acurrucaba más cerca de mí por miedo a que la volvieran a ingresar. Yo la abrazaba y trataba de darle seguridad, susurrándole patéticos chistes para que sonriera, pero eso no lograba calmarla.

A las cuatro y cuarto de la mañana fue cuando llamaron a Eli. Dando saltitos, Liam y yo la acompañamos hasta un box donde una enferma la revisó, esta vez más concienzudamente y le preguntó como se lo había doblado. Eli mintió, claramente. No podía decirle que se había torcido el tobillo al caer sobre un ataúd con un viejo medio descompuesto dentro por estar jugando a los cazafantasmas con sus amigos.

El médico de turno fue quién dio el diagnóstico final. Leve estiramiento de los ligamientos del tobillo. Por suerte no era muy grave.

Vendaron su tobillo y le dieron una serie de instrucciones que debía seguir al pie de la letra si quería volver pronto a caminar. En teoría, si hacía reposo, se ponía hielo intermitentemente en la zona afectada y tenía el tobillo en alto, en una semana ya podría quitarse la venda y probar a caminar. También le recetaron unas pastillas por si tenía mucho dolor y una pomada para la hinchazón.

Ahora eran las once y media de la mañana. Todos se encontraban durmiendo, menos el padre de Eli, que se había ido a trabajar hacía unos cuarenta minutos.

Me encontraba haciendo el desayuno para mi princesa. Era mi patética forma para tratar de pedirle disculpas por haberme comportado como un cretino. No tendría que haberle gritado y mucho menos, haberle dicho que no la necesitaba. Sí que la necesitaba, más que la harina al pan o más que el agua a cualquier animal marino.

Había reaccionado de esa forma porque quería protegerla a toda costa, quería resguardarla de todo lo malo que había en el mundo. Pero debía asumir de una vez que ella era una chica independiente y testaruda, y prohibirle hacer algo peligroso sólo le haría aumentar el deseo de hacerlo.

Deposité la taza con el batido de chocolate junto al plato de tortitas que yo mismo había preparado sobre la bandeja y me dirigí hacia la habitación de mi princesa. Me fue bastante difícil llegar a mi destino sin derramar nada, ya que había tenido que abrir y cerrar tres puertas y había tenido bajar un tramo de escaleras sin poder ver mis pies.

Mi príncipe azul |H.S|¡Lee esta historia GRATIS!