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Pen Your Pride

Capitulo 4

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Abrí los ojos llena de miedo, tenia el cuerpo frio y mi corazón palpitaba tan rápido que podía sentirlo chocar contra mi pecho. Ha sido un sueño, solo eso. Me tranquilicé pero cada vez me resignaba a la verdad. Quizás había heredado el don de mi madre y nada de lo que veía era un sueño en realidad.

-       ¿Estas bien? – preguntó alguien a mi costado.

 Giré la cabeza rápidamente, cayendo en la cuenta que no estaba sola. Sebastian estaba a poca distancia, aun recostado, mirándome con esos ojos plomizos como si realmente estuviera preocupado por mi.  Asentí con la cabeza sin poder decir nada aun.

-       Un mal sueño es todo.- susurré mientras giraba para mirar el reloj de la mesita de noche. Eran a penas las 5 de la mañana. Me eché nuevamente en la cama.

-       Susurrabas un nombre. – dijo después de un rato. Lo miré sin aun levantar la cabeza de las almohadas. – decías Theon. – mi cuerpo se tensó en ese momento.

-       Por tu bien, no vuelvas a mencionar ese nombre. – hablé con seriedad mientras me quitaba a Theon de la cabeza.

No paso mucho tiempo para que nos levantáramos y a listáramos. Me puse mi traje negro de siempre, guarde dos de mis dagas en mi cinturón. Sintiendo que algo faltaba en el tercer bolsillo de mi cinturón. Mi daga principal se había perdido en aquel edificio. Suspiré mientras me hacia la promesa de regresar por ella en cuanto tuviera las agallas.

Esperé a que Sebastian se terminara de poner la ropa de Max, un polo desteñido gris y unos pantalones oscuros para explicarle todo lo que tenía que saber de Lord Byron. Le dije como no debía mirarlo directamente a los ojos y como odiaba ser interrumpido. Y por alguna razón, Sebastian entendió eso a la perfección, tal vez su padre era muy similar o era realmente bueno acatando ordenes. El tiempo que nos restó lo utilizamos para que el me recitara su nueva identidad una y otra vez.

-       Soy Sebastian Deudelus. Hijo de un fontanero, soldado desde los 16 y reasignado como armero a los 17 por ser malo con las pistolas. Me prestaron el dragón en mi primera salida y me abandonó. 

-       No entiendo por  qué eso es cierto. Por qué no te compraron uno. Digo, te pudres en plata. - hable restándole importancia mientras recogía mi cabello en una trenza. Lo vi a través del espejo, vi como se encogía de hombros y hacia una pequeña mueca. Descubrí entonces que el tampoco entendía la razón. Le sonreí. - ¿por qué no vas a l puerta y cambias la clave? 

Asintió con la cabeza y camino vacilante hasta la puerta. Observándola con extrañeza. Entonces  comprendí  lo que pasaba y no pude parar de reír.

-       ¿No sabes hacerlo verdad? - pregunté estudiándolo con la mirada. Se encogió de hombros y negó con la cabeza.

-        En el castillo me lo daban listo para poner la clave. - Volví a reír ahora con más ganas.

-       Eres un inútil -  dije cariñosamente. El sonrió 

-       Un poco, si.

-       Yo te enseño. 

Me acerqué y le enseñe la simplicidad de poner una nueva clave a la cerradura. Y mientras le enseñaba me pregunté que cosas más no sabía hacer o que cosas más le había privado de hacer. Ya era demasiado no tener un dragón. 

Al acabar salimos de la habitación y nos dirigimos directamente al comedor de Lord Byron. Ya habría tiempo de enseñarle las demás estancias luego, no era bueno hacer esperar al líder.

-       Valentina- dijo antes de entrar al ascensor. Lo miré de soslayo mientras él se quedaba parado, tan solo tomando mi muñeca. 

-       Si salgo de esta vivo. ¿Me enseñarías la ciudad y la gran muralla?

Valentina y los Carontes¡Lee esta historia GRATIS!