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El destino ha tomado su curso.

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El destino ha tomado su curso...

Adolf Hitler, Canciller de Alemania, dejaba caer lágrimas lentamente por su rostro. Su esposa, Eva Braun Hitler, estaba tendida a su lado, las convulsiones provocadas por el cianuro acabaron finalmente con su vida. Él no lloraba por ella, aunque sentía su ausencia profundamente. No, él lloraba por la muerte de Alemania, por la total devastación que había estado visitando al país y a su gente.

Parecía una señal, las paredes se estaban estremeciendo como si golpeasen la tierra que él había dominado completamente por más de 12 años. Arriba, los hombres y mujeres de su país estaban siendo sacrificados brutalmente. Todo era horrible. Si tan solo Gran Bretaña hubiese visto el valor de la alianza, si tan solo sus Generales hubiesen acabado con los soviéticos, si tan solo...

Las manos de Hitler se agitaron violentamente y dejó caer la cápsula de cianuro y una pistola. Su cuerpo estaba deteriorándose, la enfermedad le estaba derrotando.

La mente del Canciller vagó entonces, sus pensamientos viajaron a su pasado en Viena. Su precaria existencia, las vistas y los sonidos, los olores y los periódicos, los niños en las calles...

Las cuencas negras de sus ojos clavándose en él como cuchillas...

Como si tropezase con algo en una habitación oscura, un recuerdo le sacó de sus reflexiones. Horrorizado por la macabra y antinatural imagen ardiendo en su subconsciente, se sacudió de nuevo al presente. Estaba temblando,estaba empapado en sudor. El cuerpo de su esposa aún estaba caliente. Los soviéticos parecían estar dejando caer todo lo que podían sobre su cabeza, los golpes y los estruendos no paraban en ningún momento. El arma estaba en su regazo, la cápsula de cianuro estaba a su lado.

El destino ha tomado su curso. Intentando fortalecer sus nervios, Hitler tomo cada objeto en una mano. Respiró profundamente y miró alrededor en el búnker que sería su tumba.

En la esquina más sombría, estaba él. Vestía un traje negro, tenía la cabeza inclinada hacia un lado. Aunque Hitler no podía distinguir los rasgos faciales de la criatura, sabía que no tenía ninguno.

Aquello era Slenderman, un nombre que Hitler conocía, pero no recordaba de dónde o cuándo. Slenderman no se movía, su cuerpo extrañamente alargado se balanceaba como las ramas de un árbol. La criatura llegaba perfectamente al techo del búnker, pero Hitler sabía que podía llegar a ser mucho más alta. Aunque el ser no tenía ninguna forma ni contorno en su cabeza, el Canciller supo que le estaba mirando. El bombardeo parecía parar, el aire en la sala comenzó a espesarse, la criatura iba a hablar.

"Desconocido. No viste como vi que ibas a acabar con tu vida". La voz del monstruo era como tres seres que hablaban al unísono: Una mujer sensual, un niño pequeño y un anciano. El anciano mantuvo la primacía de los tres en este momento. Hitler supo que la criatura usaba esas voces para expresarse en lugar de los movimientos faciales.

Hitler se sentó congelado, con los ojos muy abiertos. Intentó hablar, pero su boca estaba seca y su mente en blanco. Los temblores volvieron de nuevo a sus manos, pero esta vez no dejó caer ni el arma ni el cianuro. El ruido exterior pareció cesar y el único sonido que el Führer podía percibir ahora era su aliento estremecedor.

Recuerdos, imágenes de pesadillas y pensamientos que creía olvidados inundaron su mente. Aunque las imágenes eran diferentes, siempre habían niños con las cuencas de los ojos negras y siempre Slenderman estaba presente. Momentos del pasado de Hitler eran revividos en su mente, la criatura estaba allí, en el 33, en su toma de posesión. Siempre había estado ahí. Mirando.

El monstruo volvió a hablar, esta vez con la voz femenina. "Vaya, estás recordando ahora. Eso fue algo inesperado".

El Führer finalmente recuperó la voz: "¿Qué quieres decir?".

"Has sido un fracaso, como Hess, Göring y Himmler. Que tú puedas hablarme y verme a mí podría significar que las cosas ahora han cambiado".

Las voces parecían causarle dolor a Hitler, pero su ira aumentó cuando oyó mencionar los tres nombres. "Ellos me abandonaron, abandonaron Alemania cuando más falta hacía no hacerlo. ¡Ellos nos venderían a los Estados Unidos, a los eslavos y a los sucios judíos, ellos...!".

"Te equivocas. He estado a tu lado todo este tiempo. Estoy al tanto de sus fracasos".

Hitler se quedó en silencio, con la vista clavada en el arma y el cianuro. "Ellos me han fallado. Alemania me ha fallado".

La voz masculina volvió. "Eres un hombre patético, gobernante de un Imperio moribundo. Tu arrogancia ha hecho que todo acabe así".

El Führer enfureció, no podía creer lo que oía, sus oídos no estaban acostumbrados a oir críticas hacia él. "Supones..."

El aire de repente sabía a metal, y las luces parecieron atenuarse. La voz del niño tomó la primacía y Hitler volvió a sentir verdadero pánico. "No supongo, humano. Tu final ya estaba predicho".

Hitler no respiraba, no se movía, solo observaba. Slenderman dirigió sus brazos hacia él. A pesar de que estaba en una esquina, a varios metros de distancia, sus manos llegaron sin dificultad hasta la cama del Canciller. Hitler no se resistió, no se inmutó mientras le quitaba la pistola y la cápsula de cianuro de sus manos. El Führer pudo apreciar como se fundían en la niebla que ahora invadía la esquina.

Después de un momento, el aire parecía volver, la oscuridad volvió a Slenderman y la voz de la mujer volvió a ser la más fuerte de las tres. "Este no era el resultado esperado, Adolf Hitler. Esto es una grata sorpresa, tanto para mí como para mi Maestro. Usted ha cumplido la profecía, usted es realmente el Mesías".

El destino ha tomado su curso.¡Lee esta historia GRATIS!