La larga cabellera rojiza de Alexandra descansaba en mi regazo. Aunque no podía ver su rostro, sabía que algunas lágrimas seguían saliendo de sus ojos grises.
  Después de aquel sorpresivo abrazo, me pidió disculpas por haber sido tan arrogante y orgullosa como para no aceptar que mi relación con Billy había terminado. Se sentía terrible, una pésima amiga. No pude más que abrazarla y decirle que todo se había terminado. Que volveríamos a ser lo que éramos.
―Michelle... ―susurró, aún recostada sobre mí.
―Dime.
―¿Crees que estará bien?
―Claro que sí ―la tranquilicé―, Sam es una chica muy fuerte.
―Supongo... ―suspiró.
―Alex, ¿no te acuerdas cuando se cayó borracha de las escaleras del departamento? No obtuvo más que raspones.
  El recuerdo no tardó en llegar. Pronto nos vimos inmersas en risas al evocar el momento en que Samantha decía ser un ángel caído del cielo. Habíamos decidido irnos de un bar porque ella ya comenzaba a generar disturbios en el lugar y eso nos incomodaba bastante. Nunca pude olvidar los intentos de Alex por hacer entrar en razón a su hermana para que deje de hablar tonterías. Fue en un instante, un descuido de mi amiga, que Samantha gritó "¡Ahí te voy, Jesús!" y saltó... pero no dedujo que no tenía alas y que había escaleras frente suyo. Rodó por los escalones hasta chocarse con las piernas de un hombre que custodiaba la entrada del bar. La gente que pasaba por allí la observó, preocupados y algunos riéndose de ella, pero cada uno siguió con lo suyo. Estaba tan preocupada por Samantha que con Alexandra la llevamos lo más rápido que pudimos al hospital, para que finalmente nos dijeran que sólo se había raspado un brazo y que debían limpiarle el estómago por todas las porquerías que había ingerido. A partir de aquella noche, Samantha prometió no beber más, promesa que no duró nada.
―Ella es inmortal, Alex. Estará bien.
  El ventanal que tenía detrás dejó de mostar un bello atardecer para dar lugar a una luna que recién salía. Estuvimos vario tiempo esperando por la respuesta del médico que se llevó a Samantha en cuanto la vio ingresar. Me estaba preocupando el estado de mi amiga. Alexandra se acomodó en su silla y eso me permitió levantarme para caminar. Estaba nerviosa, necesitaba calmarme un poco. Daba vueltas, mientras veía cómo pasaban enfermeras y pacientes que caminaban a duras penas o en sillas de ruedas.
  Luego de una larga y tediosa espera, un hombre de pelo canoso y barba recién afeitada se nos acercó. Llevaba en sus manos sus anteojos, que los limpió con su bata blanca para colocárselos. Alexandra estaba tan ansiosa por saber cómo estaba su hermana que se lo preguntó sin esperar ni un segundo más.
―¿Cómo está Samantha, doctor?
―La señorita Martin se encuentra fuera de peligro. Tuvo muchos golpes en sus extremidades, algunos más graves que otros, pero pudimos curarlos. Estaba muy adolorida, por lo que tuve que propiciarle un calmante para que pudiese descansar sin dolor alguno.
  Ambas suspiramos y nos miramos con alegría. El doctor nos miró con seriedad pero nos sonrió, compartiendo con nosotras la felicidad de saber que Samantha estaba bien.
―Por cierto, ¿alguna sabe qué fue lo que le sucedió?
―No, doctor. Pensé que le diría algo a usted...
―No, lo siento. Minutos después que le dije que estaba bien, que fueron unos golpes, se desmayó. Espero que pronto pueda saberse algo.
―Muchas gracias por todo ―le agradeció Alexandra―. No sé qué haría si esto hubiese pasado a mayores...
―Todo está bien, señorita. Si quieren, pueden pasar a verla, está en la habitación 241. Eso sí, les ruego que la dejen descansar.
―Claro que sí, doctor. Muchas gracias.
―Es mi trabajo. Disculpen. ―después de esto, se perdió de vista al meterse en un asensor.
  Abracé a Alex con tanta felicidad que hasta ella me suplicó que dejara de hacerlo. Me encogí de hombros y me eché a reír. Estaba contenta, mis nervios se habían disipado y no podía hacer nada más que sonreír. Samantha se recuperaría y pronto podríamos volver a ser ése trío de amigas que fuimos. ¡Sí! Estaba ansiosa por ello.

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―Mierda, otra más que se rompe ―maldije al aire.
 Iba la cuarta cuerda de mi guitarra que terminaba a la basura. ¿Qué demonios me estaba sucediendo? Joe me miró con curiosidad pero no se arriesgó a decirme nada. Creo que notaba lo irritado que estaba aquella noche.
―Amigo, deberías serenarte un poco.... ―intentó Pete.
―Déjame en paz, ¿quieres? No necesito tus consejos.
―Si tú lo dices... ―dijo, enojándose por mi respuesta y yéndose para la cocina. Tenía razones para hacerlo.
  Desde la mañana que me sentía molesto con todo el mundo. Quise reanudar mi rutina de tocar la guitarra en el balcón, pero no obtuve más que dos cuerdas rotas que me habían costado trabajo alinear. Todo estaba en mi contra, todo me salía mal. Pensé que era porque soy un estúpido que no sabía lo que quería.
  Pero pensaba en Michelle... y el enojo se iba. Por la mañana, dirigí mi vista hacia su ventana. Ella no estaba allí. Tenía que acostumbrarme porque, ¿cómo haría cuando me fuera? Tocaría en otro balcón y por más que divise una ventana, en ella no estaría Michelle para mirarme. Me di cuenta que ella es una mujer que me conoció de una forma excéntrica. ¡Por una caída del sofá! Y sin embargo, desde ese día, no he podido quitármela de la cabeza. Podría atreverme a decir que me enamoró... aunque luego me resignaría a tener que dejarla ir.
―Patrick... no te sientas mal―me aconsejó el valiente de Joe―. Pase lo que pase, todo saldrá bien. No te preocupes.
―Eso espero...
―¿Por qué no la invitas a salir y ya? ―preguntó, irritado, Andy―. Me molesta tu cara de adolescente deprimido y tus sollozos sin consuelo.
―¡Andrew, eres todo un genio! ―le grité, corriendo hacia el jardín de la casa en la que se hospedaban los chicos para llamar a Michelle.
  El teléfono comenzaba a sonar y su voz pronto resonó en mis oídos. Procuré ocultar mi nerviosismo.
―¿Hola? ―dijo ella.
―¿Michelle?
―¿Sí? ¿Quién es? ―preguntó. Apenas podía oírla, escuchaba muchas voces detrás de la suya.
―Ni más ni menos que Patrick Stump, señorita.

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 ―¡Patrick! ―exclamé, nerviosa.
  Alexandra me miró, extrañada por mi reacción. Estábamos en camino hacia la habitación de Samantha y toda la gente que estaba en el pasillo me observó. Me sentí incómoda, por lo que le dije a Alexandra que iría al baño un segundo. Con el rostro encendido, corrí hacia un lugar donde nadie fuese testigo de mi conversación por celular con Patrick Stump. Luego, apoyada tras una pared, tomé aire y le hablé con tranquilidad.
―Hola.
―¿Cómo estás?
―Feliz, podría decirse.
―¡Eso es estupendo! Me alegro mucho, Michelle.
―Gracias.
―Disculpa por molestarte, quería preguntarte si estarás libre mañana por la noche.
―Claro que sí... ¿para? ―mordí mis labios, imaginando lo que Patrick estaría a punto de decir.
―Bueno... quería hablar contigo, ¿y qué mejor que yendo a cenar por ahí?
―¡No me digas! ―exclamé, emocionada.

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―Te lo digo ―le dije, con una sonrisa en mi boca―. Entonces, ¿qué te parece a las ocho de la noche? Voy a buscarte a tu departamento.
―Genial. Te estaré esperando, Patrick.
―Nos veremos mañana, Michelle.
―Hasta entonces ―se despidió.
  Al cortar la llamada, me apoyé en una pared, observando al cielo nocturno ya estrellado. No podía tener tanta felicidad y ansias a que llegara el momento de ir a buscar a Michelle para ir a cenar. Después de tanto pensar, necesitaba de las palabras bruscas de Andy para reaccionar. Volví a la sala y allí ya se encontraba Pete, quien tenía un par de cervezas en sus manos.
―Bien, Stump, mejor ponte cómodo con nuestra anteúltima noche en la ciudad de Los Ángeles porque... ¡VAMOS A FESTEJARRR! ―gritó con emoción Pete.
 Lanzó una lata de cerveza hacia Joe y este festejó por ello. Andy los miró como si nada, levantando su vista del cómic para luego volver a adentrarse en la vida de Spider Man. Capté que esbozaba una sonrisa. ¿Habrá visto que me salí de la habitación? En fin, ya no importaba.
  Éramos únicos en nuestra especie. En cuestión de minutos, tras ver las idioteces que decían y hacían mis compañeros de banda, olvidé el odio que sentía con el mundo y comencé a reírme con ellos. Olvidé las cuatro cuerdas rotas, enfocándome en la velada que tendría con Pete, Joe y Andy. Llegué a la conclusión de que no podría cambiarlos por nadie, nunca.

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―¿Quién era ese tal Patrick? ―preguntó curiosa Alexandra, en cuanto volví a reunirme con ella.
―Ya te contaré después. Tenemos todo el tiempo para hacerlo. Me alegra saber que lo tenemos.
  Le sonreí y ella hizo lo mismo. Subimos unos cuantos pisos hasta dar con la habitación de Sam. Abrí la puerta y, para mi sorpresa, descubrí que ella no estaba sola. Un muchacho vestido de negro le hacía compañía, sosteniendo una de sus manos pálidas. Retrocedí.
―¡Hermano! ―dijo Alexandra, corriendo hacia Billy. Él se volteó y le sonrió. Ambos se cerraron en un cálido abrazo puesto que, por lo que sabía, no se veían hace semanas.
―Gabriel me avisó. Vine lo más rápido que pude...―sus ojos dejaron de mirarla y persiguieron a los míos―. Oh, hola Michelle.
  Estaba detrás de la puerta. No me atrevía a ingresar. Mi corazón se paralizó al escuchar mi nombre con la voz de Billy Martin.

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Muchas gracias por leer, espero que les haya gustado el capítulo. Ante cualquier cosa ya saben, me comentan. ¡Saludos! 

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