16 (Cenizas)

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                Diecisiete contempló, atónita, como Trece desaparecía entre las brumas. Ese fue el desencadenante final para que el caos estallara entre ellos; chillidos de pavor y grititos asustados se alzaron como un coro infernal. Gracias a la débil luz que se filtraba por aquella traicionera niebla, la chica pudo ver como uno de sus compañeros corría en un intento desesperado de aferrarse a alguien que se había perdido en el inmenso abismo que se ocultaba en la cortina de jirones de nube. El joven hundió el brazo en el mar de penumbras, gritando el nombre de su amigo, pero ella sabía que era inútil.

                “Es demasiado tarde…”, en sus ojos oscuros centelleó un destello de tristeza, sombra de un dolor que se había cansado de gritar y herirla. “Ya no se puede hacer nada… Así era desde el principio; una condena a consumirnos como volutas de humo o despeñarnos en lo desconocido.”

                La luz espectral bañó los rasgos del chico. Gracias a ello pudo reconocer a Catorce, la pareja de laboratorio del desaparecido Trece. La preocupación y angustia se reflejaban en él, pero a pesar de la tenue y enfermiza iluminación que lo había teñido todo de un gris mortecino, la determinación estaba grabada en su mirada. En el gesto de su brazo extendido, aferrado inútilmente a jirones de brumas, no había sitio para la derrota. Con una sacudida, su mano se cerró en un puño capaz de golpear todas las barreras existentes hasta poder escapar. Con Trece.

                -No puede haber desaparecido.-gruñó con la voz ronca, a medio camino entre un llanto desesperado y un grito de rabia.-No…

                Con la pericia de un detective, el muchacho se arrodilló, tanteando la pasarela mecánica que se perdía en la niebla. Una risa amarga se le escapó después de un rato examinando el camino perdido.

                -¿Qué pasa?-murmuró alguien.

                -No hay suelo… La salida de emergencia ha desaparecido… Simplemente se ha caído…

                Diecisiete le contempló con extrañeza. Le resultaba inimaginable pensar que todavía podía aferrarse a una brizna de esperanza. Aun cuando esa teoría fuera cierta, no dejaba de ser una caída a un lugar extraño e inhóspito.

                Pero para su sorpresa, las locuras de Catorce no habían hecho más que comenzar.

                -Voy a bajar.-sentenció. Una calma inquietante reinaba ahora en sus palabras, alimentando esa determinación que la chica no pudo sino tachar de suicida.

                -¡No puedes!-chilló Tres, aferrada todavía a su inútil móvil.

                Los cientos de argumentos lógicos murieron ante la mirada del chico; serena y calmada, pero decidida al mismo tiempo. Y nada de lo que dijeran le iba a detener.

                -Espera.-murmuró otro de sus compañeros.

                El muchacho se deshizo de la bata, estirándola como si fuera un voluminoso trapo. Catorce asintió al comprender la idea. Después de vaciar los bolsillos, se quitó también la prenda, estirándola para que el otro la pudiera anudar en la suya. Solo cuando las dos estuvieron fuertemente anudadas, el resto comprendió lo que estaban intentando hacer; una especia de cuerda, como la que usaban los prófugos de los tebeos de su infancia para escapar de la cárcel, que sirviera como seguro en la travesía en la niebla.

                Diecisiete se quedó semioculta en su rincón. Una parte suya seguía confusa por la decisión, pero al mismo tiempo envidiaba a Trece. Si hubiera sido ella la que se hubiera caído por el vacío, ¿también se habrían unido para intentar ayudarla o la habrían dejado a su suerte?

Hija del humo ©Read this story for FREE!