Capítulo 7: La mejor tarde de mi vida

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Cuando llegamos a la playa, Mario quedó sorprendido de lo hermosa que era, se lo notaba en la mirada, la tenía muy expresiva.

- Bonita, ¿eh? -aunque la respuesta ya la sabía.

- Hermosa. -estaba completamente sorprendido.

- Valencia es hermosa. Ya te la iré enseñando a lo largo de este mes.

- Estás diciendo que quieres volver a quedar conmigo.

Me hizo gracia la forma en que hablaba.

- Solamente estoy diciendo que te enseñaré como es la cuidad.

Pero él sabía perfectamente que quería volver a quedar con él y él conmigo.

Me apasiona la forma de ser de Mario, es muy parecida a la mía.

-Miranda, quitemonos los zapatos así podemos andar por la orilla.

Le hice caso.

Me cogió de la mano y me condujo hasta la orilla.

- Sabía que serías una chica agradable, tienes cara de rebelde pero lo cierto es que no lo eres.

¡Pero bueno! Que se había creído.

- Perdona, de buena yo ni un pelo.

No pudo contenerse la risa.

Le salpiqué con el agua del mar.

Su risa paró de golpe.

¿Sabeís lo que hizo?

¡Agarrarme de la camiseta y me tiró enterita al agua!

- Buah, de esta no te salvas.

Salí corriendo del agua y le empuje a él, pero tenía demasiada fuerza.

Me subí a sus hombros y conseguí tirarle.

Por desgracia yo también caí al agua.

¡Estabámos empapados!

Me cogió del brazo y me tiró dos o tres metros hacia dentro.

-Vaya, si que estas fuerte.

- Y tu si que pesas poco.

- Como mi madre me vea así me va a matar.

- Somos adolescentes, hay que vivir la vida.

-Tienes toda la razón.

Y nos pusimos a jugar en el agua, no parabamos de reírnos ni un segundo.

Se subí a sus hombros y me llevó hasta la segunda boya.

Al llegar a la boya, me dejó caer

Así que cuando saqué la cabeza del agua le hice una aguadilla.

-Tendríamos que ir saliendo, quiero enseñarte la plaza mayor y comerme un helado.

-Buena idea. -dijo con cara de deseo.

Fuimos nadando.

Tendriaís que haber visto las caras de la gente que paseaba por la calle. Una abuela nos preguntó si no teníamos frío.

Le contestamos que no y no pudimos parar de reírnos hasta llegar a la heladería.

Miré el reloj, marcaba las siete y cuarto.

¡Todavía nos quedaba un montón de rato!

Lo verdadero siempre perdura¡Lee esta historia GRATIS!