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Y ahí estaba ella, con sus bellos ojos almendrados perdidos en algún punto fuera de esta galaxia, mantenía la boca tan abierta que hasta se podían apreciar sus jugos gástricos disolviendo la rebanada de pan que acababa de comer, cuyos restos de migas, por cierto, decoran graciosamente sus labios y parte de su barbilla.

Ha congelado completamente sus movimientos y ha permanecido así desde que, luego de llegar a mi casa y de encerrarnos en la seguridad de mi habitación —lejos de los curiosos en mi hogar—, le narrase mi secreto, eso quiere decir que no ha cambiado de posición por un largo tiempo, pero eso sólo es exageración. Supuestamente, aún está asimilando toda la información de la que sólo Dylan y Zaray tenían conocimiento, bueno y ahora también ella.

Tanto ha prolongado la duración de su perpleja expresión que ya está empezando a enervarme. Temo por lo que dirá y también por cuan dolida pudiera llegar a sentirse producto de no haberle contado la verdad sobre Theo desde un principio, pero después de nuestra reconciliación en la playa hace unos días atrás, creí oportuno confiarle la primera y última locura de mi vida.

—No puedo creer que me lo estés contando recién hasta ahora —masculla, recuperando así la compostura que ya parecía perdida.

Y yo no puede creer que te lo haya contado.

—Lo siento, Sophie, es sólo que no hallaba el momento adecuado para decirte la verdad.

—¡Pero Dylan y Zaray lo saben!, ¿cómo crees que me siento después de saber que soy la última en enterarme?, ¿y de algo tan impactante como eso? —Expulsa las palabras en tono enfurecido—. ¡Pensé que yo también era tu amiga, Azú!

Rayos.

Ahora me siento una terrible persona, y más que eso, una horrible amiga.

—Sophie, no te lo tomes personal. No fue nada contra ti, ya te lo dije, sólo no encontraba el momento para contarte —explico con un deje de arrepentimiento sincero—. No quería molestarte con una tontería como esa cuando tú tienes otras amistades aparte de nosotros y pasas gran parte de tu tiempo con ellos.

Y en fiestas.

—¿Realmente es sólo por eso? —cuestiona lagrimeando—. ¿No fue porque no me tuvieras confianza?

Su voz quebrada casi me rompe el corazón. Supe de inmediato que mi error de no contarle antes le generó ese temor a la soledad que ya hace un tiempo le ayudamos a ahuyentar. Lamento de inmediato ser la responsable de los recuerdos dolorosos que deben de asaltarle en estos instantes.

Tomo sus manos y las aprisiono entre las mías.

—Sí, amiga. Perdóname por no contarte antes.

Sonríe en respuesta, gesto que al menos logra aliviarme pero que no es capaz de disolver del todo la culpa que ya comienza a pesarme y es que, justo ahora que observo su rostro humedecido por el llanto, es cuando la memoria de su persona en el mismo estado, hace ya tiempo atrás, sucumbe mis recuerdos.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora