Capítulo 15.

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Joseph escondió una sonrisa al ver a Emmeline enfundada en sus pantalones y todo el resto de su ropa masculina. Ella parecía calzarse de manera natural en ese atuendo como en un pomposo vestido de noche, aunque si lo pensaba mejor, no dejaba de quejarse de lo molestos y apretados que eran estos últimos. El afán de su madre por conseguirle un esposo era excesivo, y estaba bastante equivocada si creía que Em cazaría a uno, solo por usar ropa que resaltara de una manera exuberante todas sus curvas. Ella no escogería a quien se fijase justamente en ese detalle.

—No entiendo porqué Beth dice que es un caballo peligroso y loco. A mí me parece bastante bonito —comentó Emmie acariciando el hocico de Fuego.

—Elizabeth tiene un serio problema con todas las monturas, pero por lo general Fuego no es tan amistoso con nadie —sonrió como un bobo mientras la observaba—. Quizá seas tú.

La joven se giró y lo miró interrogante.

—¿Qué quiere decir eso?

—Quizá lo has cautivado a él también, como a la mayoría de los hombres.

Em quiso acercarse y preguntarle si eso lo incluía a él también, quería que le demostrase de qué forma lo había cautivado, pero no estaban solos y lo único y más osado que podían hacer, era cuchichear y utilizar el arma de seducción que eran los ojos.

—Preguntaría si necesitas ayuda para subir, pero... —prosiguió.

—Quizá necesite ayuda para bajar, luego. Cuando estemos lejos de aquí —parpadeó con coqueteo—. ¿Me ayudará, milord?

El Marqués rió.

—Será un placer, milady.

Joseph se montó en el semental de Sebastian. Con la mirada atónita de todos los sirvientes que se encontraban cerca, ante la perfecta forma y la soltura de Emmeline para montar, Lord Thornehill los conduzco a los dos, unos dos kilómetros alejados de la mansión principal y también de la casa del administrador.

Cuando se detuvieron, las mejillas de Em estaban rosadas por la excitación y el movimiento.

—¡Wow! —Soltó entre risas—. Eso ha sido increíble. No me había dado cuenta de cuánto lo extrañaba hasta ahora.

—Eres una amazona excelente —compuso orgulloso.

—¿Lo dudabas? No presumo nada que no soy, mi querido Joseph —guiñó—. Ahora —suspiró—, si es tan amable, Lord Thornehill, ¿me ayudaría a poner mis pies en el piso?

Deslizó una pierna para juntarla con la otra y estiró los brazos hacia él, que ya estaba de pie. Se agarró de sus hombros y dejó que posara las manos en su cintura antes de impulsarse hacia abajo.

Pero sus pies nunca tocaron el pasto. Estaba flotando, su cuerpo escasamente cubierto con la camisa y el chaleco de montar, rozaba el pecho de él, y sus rostros se encontraban, de esa manera, a la misma altura.

Iba a decir algo divertido, pero cuando abrió la boca, no salió nada de ella. ¿Y qué podía decir si su cabeza había dejado de funcionar? Quiso reír, pero tampoco lo consiguió.

Entonces, una sola cosa se instaló en esa mente en blanco que tenía.

Sin dejar de mirarlo a los ojos acercó su boca y no se detuvo hasta que sintió los labios de él debajo de los suyos.

Joseph había estado aguardando aquello, porque cuando se tocaron, no se supo cuál de los dos fue quien inició el beso. Emmie subió sus manos para acariciar ese cabello que tanto le gustaba y lo sintió también desenredando el de ella con los dedos.

Inapropiadamente Hermosa (Confesiones en la noche #1)¡Lee esta historia GRATIS!